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Una Nación libre e independiente

Se cumple hoy un nuevo aniversario de la Declaración de la Independencia realizada por el Congreso reunido en Tucumán en 1816.

A 207 años de aquel acontecimiento clave de la historia argentina, el complicado momento social y económico que atraviesa nuestra sociedad obliga a reflexionar sobre los liderazgos que necesita el país para ser fieles a la voluntad de independencia.  

Los diputados del Congreso de Tucumán comprendieron que el momento histórico que les tocó protagonizar no ofrecía muchas opciones. Eligieron el camino para ser "una nación libre e independiente del rey Fernando VII, sus sucesores y metrópoli" y "de toda dominación extranjera". Algunos historiadores rescatan también de aquella encrucijada un dato, que no es menor: acordaron que el acta de la declaración fuera traducida al quechua, aymará y guaraní con el objetivo de sumar a los pueblos originarios al proceso emancipador que se había puesto en marcha. Este asunto nos da pie para una breve observación: en la actualidad las sociedades que mejor funcionan en el mundo son aquellas que tienen un grado mínimo de conflictividad social. Son comunidades democráticas que respetan la diversidad y se preocupan por el bien común, es decir, se respetan las leyes y todos tienen los mismos derechos y obligaciones. En esas comunidades se comparte, de alguna manera, la definición de nación que ensayó el pensador francés, Ernest Renan, en una conferencia que brindó en París en 1882, cuando dijo que "como el individuo, una nación es el resultado de un largo pasado de esfuerzos, sacrificios y desvelos. Es, pues, una gran solidaridad, constituida por el sentimiento de los sacrificios que se ha hecho y aquellos que todavía está dispuesto a hacer". ¿El conjunto de la dirigencia actual de nuestro país, y en especial la dirigencia política, tomará como válida esa definición? ¿Cómo debe ser el perfil de quienes aspiran a asumir un liderazgo en nuestra sociedad en este siglo XXI? ¿Necesitamos caudillos que ponen de relieve nuestra inmadurez como comunidad política o verdaderos líderes democráticos? En 1983, con el regreso de la democracia, la sociedad entendió que la única vía posible para el ejercicio del poder debe darse a través de elecciones periódicas, libres y transparentes. Hubo, además, un acuerdo no escrito para que todos los gobiernos elegidos por la voluntad popular concluyan sus mandatos, entendiendo que es una forma de mostrar respeto unánime por las reglas de juego.

Hoy, lamentablemente, nuestra sociedad padece una nueva crisis económica que empuja a muchos argentinos a la pobreza. Como hemos señalado ya en otras oportunidades, las promesas con las que comienza cada ciclo chocan, una y otra vez, con la dificultad que pone de manifiesto nuestra dirigencia para ponerse de acuerdo en las cuestiones más básicas, sobre todo en lo relacionado a la economía.

La existencia de una Nación, dice Renan, es un plebiscito de todos los días. La ciudadanía argentina participará este año de nuevos comicios con la esperanza de acertar en la elección de una fórmula que permita encontrar el rumbo perdido de la economía y dejar atrás un ciclo condicionado por la fuerte deuda contraída con el Fondo Monetario Internacional que, lamentablemente, seguirá imponiendo duras condiciones que repercutirán en los bolsillos de la gran mayoría de la población, por un largo tiempo más. En realidad, lo que la mayor parte de la ciudadanía espera no es otra cosa que condiciones para que las empresas generen trabajo digno, una razonable estabilidad económica y un mínimo de certidumbre. Nos queda esperar que el respeto por las reglas de juego de la democracia se imponga por sobre cualquier intento de aprovechar el malestar de la sociedad para proponer salidas de corte autoritario. Ojalá que la participación ciudadana y la acción política se complementen de la mejor manera posible para salir del círculo vicioso que lleva de la ilusión al desencanto, recuperar el optimismo colectivo y, lo más importante, para sumar esfuerzos en la construcción de una sociedad con menos desigualdades. La declaración de la Independencia en 1816 fue, sin dudas, una decisión que tuvo una gran dosis de audacia que sentó las bases de nuestra nación. Hoy, con una economía que parece haber encontrado su límite, se impone la necesidad de liderazgos democráticos pongan de pie a un país productivo, con capacidad para generar suficientes divisas genuinas (que no provengan de préstamos de organismos internacionales) para consolidar esa nación libre e independiente con la que soñamos todos.

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