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Un cuento de Luis Landriscina

Mi cupecita a piolín

¡ Hola! Aquí me tiene de nuevo sentado con usted a la mesa del domingo, o tal vez en una reposera en la galería, para compartir estos relatos. - Por Roly Pérez Beveraggi 

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"Hay uno, que ya narré para la gente de "A Todo Motor" y que tiene para mí una enorme vigencia. Tal vez lo que recuerdo en estas notas sean cosas comunes y corrientes para la buena memoria de los cincuentones, pero mi verdadera intención es rescatar la visión que teníamos los provincianos de los acontecimientos automovilísticos, a tanta distancia de los hechos. Pero, además, comentarles a los chicos y jovencitos amantes del deporte que nos convoca, cómo vivíamos, a la edad de ellos, esta pasión que no tiene explicación para afuera. 

"Por ejemplo, buscábamos en las publicaciones de ese entonces todo lo que tuviera que ver con los autos de carrera, y recortábamos fotos y artículos para pegarlos prolijamente en una carpeta. Como el Turismo de Carretera era la categoría estrella, nuestros ídolos provenían de ellas. Y nosotros, como los bonaerenses, nos dividíamos en hinchas de Ford y Chevrolet, de Fangio o de Gálvez, de Marcilla o de Petrini, de Rissatti o de Gulle, de Descote o de Bojanich, y así hasta el infinito. Lo único que importaba era que defendieran la marca de nuestros amores.


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"Todo esto, a más de 1.000 km de las carreras, de las que nos enterábamos por la radio (si teníamos, y había luz), así que imagínense lo que ocurría cuando se corría la Vuelta del Chaco. Un mes antes comenzaba la excitación, provocada con los pasos aislados de los corredores que venían a recorrer la ruta para familiarizarse con los caminos de la zona. Chicos y grandes se avisaban a los gritos, cuando alguna cupecita llegaba a cualquier estación de servicio para reponer combustible y, al momento, gran parte del pueblo rodeaba la máquina, como si fuera un plato volador, con el mismo asombro, con una admiración respetuosa que a veces se desbordaba con preguntas ingenuas, ojos inmensamente grandes, tratando de ver de cerca y en detalle ese aparato que tenía el misterio de los aviones y que solía pasar roncando a gran velocidad por las rutas de tierra, como una meta inalcanzable.

"Por la tardecita, en los puntos de reunión del pueblo, el motivo de conversación, por supuesto, era la cupecita de tal o de cual, que paró en la YPF o en el almacén de fulano: "¡No sabes el bruto tanque de nafta que tenía!"; "¿Y la bomba de reloj para mandar agua fría al radiador?"; "¿Sabés lo que tenía la que vi yo? ¡Cinturones de cuero para atarse a los asientos!".

"No le niego razón al que piense que esto que cuento es una total cursilería, pero trato, con no poca emoción, transferirles con fidelidad lo que vivíamos, en la simpleza del acontecer provinciano, como hecho extraordinario que nos sacudía y nos dejaba tema para largo tiempo. En tanto, los más pequeños canalizábamos nuestra pasión tuerca haciendo unas cupecitas de elaboración artesanal, donde se ponía en evidencia todo el ingenio creativo que teníamos en aquel entonces para fabricar nuestros propios juguetes.


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"Los costados de madera, el techo con chapas de latas de aceite, los elásticos con flejes de embalar cajones, las ruedas de madera o, en su defecto, de latitas de picadillo que hubieran sido abiertas con su propia llavecita y en dos mitades, las que al ser unidas hacían una rueda perfecta. A las ventanitas, luneta y parabrisas, para simular vidrio, le poníamos mica de resistencias de planchas eléctricas; no olvidábamos poner el nombre del pueblo sobre el parabrisas y la tapa del baúl la confeccionábamos en alambre y tela, "para alivianar peso", como las de verdad. Por supuesto que el motor consistía en un piolín de los fuertes, atado a la parte delantera, para tirarlo con la mano mientras corríamos delante de él, en las carreras que organizábamos con otros chicos alrededor de la plaza, para sentir por un momento que éramos los pilotos de esas cupecitas, réplicas burdas e imperfectas de las reales, pero que en definitiva eran la expresión apasionada de nuestra propia posibilidad de hacer, porque aún no se había instalado en nosotros la sociedad de consumo que, entre otras cosas, trajo los juguetes a pila, eliminando para siempre en los niños su capacidad creativa, porque mataron la fantasía de imaginar y fabricar sus propios juguetes.

"Mi auto a piolín no ganó muchas carreras (porque Lucho Rizotte era imbatible), pero ganó una muy importante: preservar la inocencia de mi infancia de cualquier tentación ajena a la edad, y me enseñó también que, si querés, podés. Porque nada agradezco tanto a ese tiempo como haber disfrutado tanto con tan poco. 
Y, la verdad, la verdad... si no fuera por el famoso respeto humano, ¿saben qué me gustaría hacer hoy con los años que tengo? Soltar el niño que vive en mí con una cupecita a piolín, para que salga corriendo por una calle cualquiera, soñando, como en aquel entonces, que era Fangio, Gálvez, Risatti o Carauni, que era un corredor de mi pueblo".

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