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Colores patrios

Recordamos hoy el paso a la inmortalidad del general Manuel Belgrano, creador de la bandera nacional, uno de los tres símbolos que nos identifica y nos representa como Nación ante la comunidad internacional.

Desde aquel 27 de febrero de 1812, cuando nuestra enseña patria se enarboló por primera vez en las barracas de Rosario, a orillas del río Paraná, los colores celeste y blanco se han convertido en el símbolo que nos hermana a todos los argentinos.

Citamos ayer, en esta misma columna, una reflexión del catedrático español de filosofía política Daniel Innerarity que, en un ensayo titulado "La campaña permanente", observa las dificultades que existen en todas las democracias modernas para alcanzar acuerdos básicos entre las distintas fuerzas políticas. Según esta hipótesis, en los países de Occidente los acuerdos entre adversarios no es algo bien visto por la ciudadanía y eso se debe, en gran medida, a que el ejercicio de la actividad política se convirtió en una campaña electoral que nunca se detiene, con discursos confrontativos que continúan, independientemente de que en lo inmediato se celebren elecciones. "El hecho de que hayamos convertido la política en una campaña permanente es una de las razones que explican que en nuestras sociedades se haya fortalecido la mentalidad contraria a los acuerdos", sostiene el filósofo español.

Imaginemos, por un momento, que hoy la ciudadanía -y quienes la representan- se enfrentaran a la tarea de elegir los colores para una Bandera Nacional. ¿Sería un desafío relativamente sencillo o el ingreso a un interminable camino de enredos y discusiones bizantinas? Hay quienes afirman que, en nuestro país, el último gran acuerdo político desde la restauración de la democracia fue el llamado Pacto de Olivos, que tuvo como protagonistas centrales a Ricardo Alfonsín y Carlos Menen y que derivó en la reforma de la Constitución Nacional de 1994. El economista Jorge Remes Lenicov, ministro de Economía de la presidencia interina de Eduardo Duhalde tras la crisis de 2001 y autor del libro "115 días para desarmar la bomba. Historia íntima de la última vez que se sinceró la economía: cuáles fueron las lecciones de la crisis de 2001 que la política no quiso aprender", dijo hace poco que la mayor diferencia entre aquella situación crítica y el escenario actual de la economía y la sociedad argentina es que en 2001, a pesar de todo, en el ambiente político se podía dialogar y coincidir. En cambio en estos días, sostiene el economista, existe una marcada tendencia a la confrontación en detrimento del diálogo y los acuerdos que son, de alguna manera, la base para articular y superar las tensiones generadas por la debilidad de la economía. Uno de los ejemplos que ofrece Remes Lenicov son los puentes que tendieron, en el marco de la crisis de 2001, Raúl Alfonsín y Eduardo Duhalde tras la renuncia de Fernando De la Rúa. El economista recuerda que en una reunión que se llevó a cabo el 31 de diciembre de ese año en Lomas de Zamora, en la que participó junto a su colega Juan Vital Sourrouille (ministro de Economía desde 1985 hasta 1989), con la presencia de Alfonsín y Duhalde, éste último le pidió al líder radical que explique cuál era el programa económico que tenía pensado llevar adelante para salir de la Convertibilidad. Remes Lenicov recuerda que sólo necesitó diez minutos para describir la dura tarea que le esperaba. Después, Alfonsín preguntó a Sourrouille si estaba de acuerdo con la propuesta esbozada, a lo que el economista cuya gestión estuvo marcada por el Plan Austral dijo que sí. "Nos levantamos, nos dimos la mano y así se selló el acuerdo. La reunión duró 20 minutos", recuerda Remes Lenicov, brindando detalles de aquel encuentro que, a partir del diálogo entre dos figuras relevantes de las principales fuerzas políticas de aquellos años, quedó allanado el camino para tomar las medidas que se necesitaban para sincerar la economía. La recuperación del orden democrático, en 1983, se apoyó en pilares aceptados por todos los partidos políticos: el respeto a los derechos humanos y la defensa de la democracia. Esa coincidencia básica fue lo que generó anticuerpos suficientes para rechazar cualquier intento trasnochado de golpe de Estado. Asistimos a un reordenamiento a escala global de la política y la economía. Por eso, resulta fundamental trabajar unidos, bajo los mismos colores patrios, para retomar la senda que nos lleve a la construcción de una gran Nación que incluya a todos.  

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