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Sembrar la esperanza popular

Hace una vida, cuarenta años atrás, disputábamos palmo a palmo para arrancar la apertura democrática a la dictadura. Desde nuestra perspectiva no había nada que discutir ni transigir con quienes habían instaurado el terrorismo de estado y sus ideólogos, la democracia que soñábamos debía albergar una ciudadanía movilizada y participativa en la recuperación de sus derechos, y en la conquista de la soberanía política, la independencia económica y la justicia social.

Eran los ochenta, y ese programa debía dar cuenta de los logros del pasado y de las tareas pendientes, con el respaldo ético de la entrega de la generación que marcó un quiebre abismal en las prácticas políticas del siglo 20, era posible proyectar una gran nación fundada en el trabajo, la inclusión igualitaria, y el desarrollo productivo.

La política real, emergente tras la tragedia nacional, hizo, en su gran mayoría, como si aquello fuera un simple cambio de gobierno, y trabajó para perpetuar los factores que habían contribuido a la coexistencia con dictaduras y gobiernos ilegítimos. Roscas, mesas chicas, burocracia partidaria, trabas a la participación, falta de formación, pasaron a ser los rasgos salientes detrás de cada defección de los gobiernos constitucionales.

La incorporación esperanzada de muchos jóvenes durante el período comprendido entre 2003 y 2015, la expectativa creada en torno al desendeudamiento del FMI, al trabajo nacional, a la recuperación de herramientas claves para el desarrollo autónomo, demostraron que la vitalidad del pueblo estaba intacta, más allá de las cíclicas y limitadas marchas de tipo reivindicativo sectorial.


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Aquella historia conocida se muestra hoy con todas sus falencias, las pocas virtudes son atributo de un pueblo que no baja los brazos y vuelve a elegir democracia antes que odio y disolución. Poco tiene para agregar una dirigencia que sonríe y que, como dice el tango, "en el fetiche de un afiche de papel, se vende la ilusión, se rifa el corazón".

Nombres sin programa, coyuntura sin proyecto, asistencialismo sin justicia social, convivencia cultural con el neoliberalismo sin impugnación, modelo extractivista y ecocida sin alternativas, son algunas constantes que anticipan futuras frustraciones.

De un lado y sin disimulo, la derecha erige el atraso de los próximos treinta años. ¿Podremos hacer renacer a la democracia para enfrentar ese desafío y para sembrar la esperanza popular?

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