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El libro impreso se resiste a desaparecer

"El mundo será del que lea". La frase se repite desde tiempos inmemoriales y alentó a millones de personas a superarse y aprender. - Por Ricardo Ambrosig

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La experiencia de buscar un libro no se compara con la de navegar por Internet con el mismo objetivo; leer las solapas, apreciar la portada, sostenerlo en las manos, eso es lo que los lectores más aprecian.

Cuando se acuñó, era obvio que la frase estaba referida a los libros y los diarios. Hoy, con la urgencia de los tiempos modernos, youtubers, blogs y trabajos de dudosa procedencia pretenden reemplazar la sabiduría de los libros y no lo consiguen.

Hubo un momento en que parecía que lo digital iba a borrar del mapa el formato tradicional. Ese papel con siglos de vigencia que había moldeado la transmisión de conocimiento desde la Edad Media -cuando Johannes Gutenberg inventó la imprenta en Maguncia- estaba amenazado por los formatos digitales, pero seguía resistiéndose.

En 2006 parecía que la profecía de "el libro ha muerto" se haría realidad. La aparición del Kindle o los lectores PRS de Sony, sin teclado, causaban furor y prometían hacer realidad algo que siempre fue el argumento fuerte de lo tradicional versus lo nuevo: se podía llevar al baño.

Los dispositivos para leer en pantalla copaban las listas de venta de electrónica y se convertían en el regalo más recurrente de las Navidades, pero algo amenazaba su superioridad relativa. Las editoriales alquilaban el contenido: ¡era como comprar un libro y que a los 30 días desapareciera de la estantería! 

Pese a todo, en 2010 Amazon anunciaba con bombos y platillos que, por primera vez, los títulos vendidos para el Kindle superaban a los comercializados en tapa dura. Si hasta el gurú fundador del MIT Media Lab, Nicholas Negroponte, vaticinaba por la misma época que para 2015 el libro pasaría a ser una rareza para coleccionistas, asegurando que la misma digitalización que estaba terminando con soportes de música y de cine como el CD o el DVD, también cambiaría para siempre la lectura física, en papel.

Cuestión de confianza

Las profecías no se cumplieron. El libro está recuperando espacios en las ventas, mientras la credibilidad de las redes sociales y blogs va cayendo en picada, con el público abrumado por la contradicción que plantean las "fake news" y los "expertos" salidos de la nada.

En EEUU, uno de los mercados donde más han avanzado los eBooks, las últimas cifras también muestran que hay papel para rato. Allí, y según una encuesta de Pew Research Center realizada antes de la pandemia, las ventas de libros en papel multiplicaban por cuatro las de obras en formato electrónico. Y un 37% de los estadounidenses aseguraba que solo leía en papel, frente a un 7% que únicamente recurría al formato electrónico.

El sector editorial se volcó al formato electrónico precisamente porque hay una parte de los lectores que lo demandan. "Las editoriales tenemos e-books porque no podemos permitirnos no tenerlos. Pero obviamente vendemos más en papel", precisó Verónica Vicente, responsable de comunicación de "Capitán Swing", una editorial española                nacida en 2009, con la mira puesta en el papel. "A la gente le gustan los libros, le gusta tenerlos. Es un mundo muy fetichista", agrega.


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Un lector Kindle supera los $ 80.000 en nuestro país, y depende de la conectividad, la carga de su batería y la suscripción pautada con el proveedor de contenidos.

Perfecto y gratis

Jaume Balmes, especialista en edición que enseña en la Universitat Oberta de Catalunya y que trabaja con el Grupo Planeta, siempre sostuvo que el libro impreso no tenía rival. Balmes dice algo que, por obvio, no vemos: leer un libro es gratis, no hay que comprar un lector especial para su contenido, ni cargar sus baterías, y si se cae no hace falta un técnico para repararlo.

Balmes resume a la perfección lo que sucede: "El libro impreso en papel y encuadernado es un objeto tecnológicamente avanzadísimo y que roza la perfección. Acceder a su contenido necesita de una fuente de luz, que tenemos de forma gratuita varias horas al día, y saber leer, que es algo que la educación pública nos proporciona también de forma gratuita a la gran mayoría de las personas. Es un objeto ligero, duradero, resistente, muy barato de producir, y que tiene un precio final relativamente económico. Además, puede ser "usado" cientos de veces sin más intermediación que dicha luz y la alfabetización hoy en día masificada. Además, la tecnología que hace posible el libro impreso también ha avanzado mucho en las últimas décadas. "La impresión cada vez emplea mejores tintas, los papeles cada vez necesitan de menos recursos naturales para lograr una calidad excepcional, la encuadernación cada vez es más rápida y fuerte. Son evoluciones silenciosas para el lector, pero no paran y se hacen enormes inversiones de forma constante", añadió Balmes.


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Los libros pueden ser olvidados por años, pero siempre estarán disponibles, haya o no electricidad.

Nada nuevo

El sector del libro físico también es pionero en modelos de negocio que hoy están plenamente vigentes, como el de la suscripción. "Las bibliotecas existen casi antes del libro que conocemos hoy en día, y eso es lo que copian las empresas de suscripción a sus contenidos. El libro primitivo, el códice, era accesible únicamente en bibliotecas, únicamente en modo streaming y de suscripción. Si bien la alfabetización era algo anecdótico y reservado a las clases ilustradas, el mercado editorial era 100% en ese modelo", explica Balmes.

Y del buen momento de la lectura se están beneficiando las pequeñas librerías, un tipo de comercio amenazado en las últimas décadas por la venta online, por las grandes superficies y por la piratería. Hay libro para rato.

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