Nafta
"Las cosas no son lo que parecen". (Jim Thompson) - Por Miguel Ángel Molfino 

De modo que así eran las mañanas de mala suerte.
Sin nafta, dejó el Jeep en la banquina y comenzó a caminar por el borde de la ruta. Siempre tenía un bidón vacío en el baúl y era eso lo que llevaba bailoteando en la mano derecha.
Se maldecía por no haber llenado el tanque al salir de la ciudad. Error de cálculo: pensó que Villa Iribarne no quedaba tan lejos y que con la nafta que tenía le alcanzaría para llegar.
Como se dijo, no era un buen día para él. Había dormido mal, su mujer estaba engripada y debió atender en la madrugada a su pequeño hijo. Tampoco era un devoto de las caminatas por la ruta o por donde fuera. No hacía calor, una brisa tibia hamacaba las pajas quebradizas que se doblaban sobre la ruta.
A las cansadas, a los dos kilómetros más o menos, divisó una Shell abandonada y un Taunus, limpio y brillante, plantado en la banquina. Lo curioso era que tenía el motor en marcha y no había nadie en su interior. Ni en los alrededores.
Por la mañana los campos estaban mortalmente pálidos bajo la luz gris y fantasmal del sol de otoño.
Casi no se oían pájaros; caballos y vacas pastaban inmóviles como si el paisaje fuera una fotografía.
El planeta estaba en paz.
Rozó una larga rama de pino y asustó a una araña que pendía de un hilo. Al pie de ese árbol advirtió un pequeño rectángulo azul que se asomaba tras una mata de pasto.
Se agachó y lo tomó en sus manos. Era una tarjeta Visa internacional y no se veía manchada por el paso del tiempo. Alguien la había extraviado, sin duda. Se incorporó con el plástico en la mano y miró en derredor. No dejaba de ser extraño que alguien perdiera la tarjeta de crédito en mitad de la nada. Como si la hubieran arrojado por la ventanilla.
El auto solitario y lustroso en marcha y ahora la Visa, de pronto, le vaciaron el estómago. Vértigo y mareo. Tiró la Visa y siguió caminando. No reparó en el nombre del titular de la tarjeta de crédito.
El silencio y la soledad del paisaje empezaron a parecerle adversos, como si algo monstruoso estuviera por abalanzarse sobre él. Pensó en Bruno, su hijito, en Elena, su mujer, y con un movimiento brusco buscó el celular en el bolsillo de su jean. No tenía señal. Puteó y estuvo a punto de estrellar el teléfono en el pavimento. ¿De que serían esos perezosos cables que unían los palos inclinados como cruces cristianas? ¿Teléfonos? ¿Luz eléctrica?
La estación de servicio ya era un muladar poblado de ratas y pequeños escorpiones.
Se detuvo frente al único surtidor que quedaba en pie, un monumento al óxido. O al tétanos.
Se acercó al auto misterioso. Se escuchaba una voz afónica.
No había nadie en el Taunus, y la voz que se escuchaba nacía de un celular abandonado en la butaca del conductor.
Una voz de mujer gritaba Hola, hola, hablame, contestá algo, hola... Y cuando iba a tomar el teléfono para responder a la llamada, se escuchó cómo colgaban del otro lado.
Las ventanillas estaban totalmente abiertas. Sus ojos recorrieron los asientos vacíos y se sobresaltaron ante un enorme coágulo de sangre en el piso del asiento trasero. La sangre goteaba hacia fuera del auto: parecía de plástico, de utilería.
Un poco asqueado, se agachó y tocó con un dedo ese chorro que ya manchaba el pavimento de la ruta. La sangre estaba coagulando. Se incorporó y miró en dirección de la ruinosa caseta de la que fuera la estación de servicio.
Tomó el celular. Era un modelo viejo de Motorola, uno de esos plegables. ¿Qué es todo esto?, se preguntó, quitándose los anteojos de sol.
Revisó el interior del Taunus y, excepto la sangre coagulada y el celular, todo parecía recién salido de un lavadero de coches.
Una tormenta de ladridos de perros lo hizo retroceder.
Dos perros enormes, uno negro y otro manchado, mostraban su desordenada ira y sus dientes a medio metro de su cuerpo tembloroso. Había perdido la voz y solo atinaba a decir no con su mano derecha. Presintió que estaba parado en el día de su muerte.
Vio al viejo fuera de foco, las lágrimas del miedo le velaban la vista, lo vio aproximarse en cámara lenta, estoqueando la tierra con una larga rama de árbol.
–¡Juiiira, perros! –gritó.
Los animales se retiraron, gruñendo, la cola entre las patas, sin dejar de mirar de reojo al recién llegado.
–¿Qué anda haciendo por aquí? -la voz resonaba como si hablara dentro de una catedral- ¿Se perdió?
–No, amigo, no, me quedé sin nafta a unos kilómetros de aquí…
–¿Cómo se llama?
Silencio.
–Kasper, Guillermo Kasper, soy de la Nueva Berna, para allá, cerca, nomás.
–Ahá…
–Y nada… -dijo Kasper-
–Nada ¿qué?
–Digo, nada, que solo quiero comprar nafta en algún lugar.
–Esta es la única estación de servicio que usted puede encontrar en muchos kilómetros a la redonda y hace añares que está abandonada. –dijo el viejo.
–¿Y ese auto? –dijo Kasper, señalando el Taunus, que seguía con el motor en marcha.
El viejo se pasó un dedo por el bigote gris, quedó observando el vehículo como si recién lo descubriera, y dijo:
–¿Le gusta ese auto?
Kasper se sentía enyesado por el terror.
–No, no, digo que tal vez tenga nafta en su tanque.
–Olvídese de ese auto, amigo, venga, sígame, allá está mi casa, tengo un tractor con algo de combustible.
–Pero, señor –balbuceó Kasper- en ese auto hay sangre…
–¿Sangre? Es muy raro…
–Y está en marcha…
El viejo sonrió y agregó mostrando sus dientes amarillentos:
–Y tiene un celular que llama y llama… -volvió a sonreír.
Kasper estaba a punto de gritar.
–Cálmese, jovencito, cálmese, sígame hasta mi casa y allí le daré un poco de nafta.
Kasper divisó una casa de techo de zinc bajo un árbol frondoso.
En la puerta, sentados, esperaban los dos perros, el negro y el manchado.
A la semana, el ingeniero Laguna detuvo su camioneta al ver detenido un Jeep al borde la ruta. Estaba en marcha. Bajó de su Hilux y no halló rastros del dueño de ese vehículo misterioso.
Saliendo de la nada, un viejo apoyado en un palo lo saludó y le dijo:
–¿Algún problema amigo? ¿Se quedó sin nafta?










