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¿La solución para todos los males?

Con cada crisis que enfrenta la Argentina no faltan quienes proponen la dolarización de la economía como remedio para todos los males.

Pero la idea de eliminar el peso y adoptar la moneda norteamericana como instrumento para todas las transacciones es tan ilusorio como creer que en Bangladesh, por el sólo hecho de tener cada vez más simpatizantes de la Scaloneta, la selección de fútbol de ese país tendrá mayores chances de disputar la final de la próxima Copa del Mundo.  

El genuino entusiasmo de los hinchas de fútbol bangladesíes que celebraron cada gol de Messi en el mundial de Qatar, lamentablemente, no hará el milagro de transformar al seleccionado de ese país, de la noche a la mañana, en un equipo con posibilidades de clasificar y llegar a los cuartos de final del próximo Mundial de Fútbol. Tampoco la confianza que el argentino con capacidad de ahorro deposita en el billete norteamericano hará que la sola tenencia de la moneda estadounidense transforme, de un año para otro, nuestra vapuleada economía nacional. No. Las cosas no funcionan así donde se entrecruzan intereses y hay mucho en disputa. Ni en el fútbol ni en los mercados internacionales.

Cualquiera que analiza las particularidades de la economía argentina se da cuenta que estamos muy lejos de la economía de un gigante como Estados Unidos, donde rigen otras regulaciones, otro tipo de relaciones laborales y otro sistema tributario. Por lo tanto, sería ilusorio pretender tener una moneda común. El economista canadiense Robert Mundell (Premio Nobel de Economía 1999) aportó desde lo académico una serie de conceptos para abordar lo que denominó las "áreas monetarias óptimas", es decir, qué caminos seguir para generar las condiciones básicas que permitan mejorar las economías de una determinada región, en el supuesto caso de que esa región adoptara una divisa única. Según Mundell, un requisito indispensable para compartir la misma moneda consiste en compartir las mismas reglas para el funcionamiento de la economía. Y como todos sabemos, Argentina y Estados Unidos tienen, en ese sentido, muy poco o nada en común. Si bien es cierto que con una eventual dolarización lo más probable es que se logre controlar la inflación en el corto plazo (es lo que ocurrió en Ecuador, por ejemplo, que tiene dolarizada su economía), el costo a pagar sería muy alto: se pulverizarían salarios y jubilaciones, Argentina perdería la capacidad de manejar su política monetaria y aumentaría su dependencia de los vaivenes de los mercados internacionales. Para evitar situaciones de ese tipo, muchos países prefieren mantener su soberanía monetaria, es decir, conservar la potestad de elegir cuándo tener una política económica expansiva (emitiendo dinero) y cuándo contraer la base monetaria (reduciendo la circulación de la moneda local). Para dolarizar la economía argentina se necesitan, justamente, muchos dólares y eso es algo que hoy falta en el país. No hay reservas suficientes en el Banco Central, de manera que el tipo de cambio al que se podría convertir todo el sistema implicaría una devaluación tan alta que traería aparejadas consecuencias catastróficas para quienes perciben sus ingresos en pesos, es decir, para la gran mayoría de los argentinos. La propuesta de atarse a la moneda de un país del tamaño y la importancia geoestratégica de EEUU con cuya economía no nos podemos comparar es contraproducente porque, entre otras cosas, cada vez que sea necesario la potencia del norte ajustará sus políticas monetarias y cambiarias de acuerdo a sus propias necesidades y no a las de Argentina. Es más que obvio que Washington no tendría motivos para tener en cuenta nuestras urgencias y necesidades.

Lo que nuestro país necesita es generar un crecimiento sostenido con mayor producción, más exportaciones y distribución de riquezas. Es cierto que hoy nuestra moneda no es resguardo de valor. Pero si se dolariza y se sigue sin resolver los problemas estructurales, como el déficit fiscal crónico, se ingresará en un callejón sin salida porque no se podrá emitir moneda para financiar ese déficit. La propuesta de dolarización, en un contexto de campaña electoral, puede funcionar como un tranquilizante para la ansiedad de muchos, pero la complejidad de los problemas económicos que desde hace varios años aquejan nuestro país requieren otras medidas, que no pasan necesariamente por atarse a las decisiones del Tesoro de los Estados Unidos.

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