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Segunda realidad

Autora: Laura Prati 
 Editorial: Palabrava

Laura Prati utiliza una fina ironía y un humor sutil para narrar cada uno de estos breves relatos de Segunda realidad. Hay encuentros, desencuentros, miradas cómplices, reuniones literarias y reuniones de pacientes psicoanalizados, stilettos que compiten entre ellos, silencios que se van llenando de susurros y, sobre todo, una segunda realidad, más allá de la que percibimos.


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La paciencia, las construcciones inacabables, los vínculos, el calor… todo está visto por la narradora con una agudeza extrema. Ella avizora circunstancias diferentes a través de sucesos cotidianos.

Este conjunto de relatos nos hace sonreír –y reflexionar– en cada vuelta de página. Y nos quedamos pensando sobre la manera en que estos personajes singulares impactan sobre nuestra visión del mundo.

Laura Prati nació y vive en Santa Fe, Argentina. Es diplomada en Políticas Editoriales y Culturales (Facultad de Filosofía y Letras-Universidad de Buenos Aires e Instituto Sholem). Se desempeña como correctora editorial para Ediciones UNL (Universidad Nacional del Litoral, Santa Fe) y anteriormente, fue correctora periodística en un diario local.

Integra equipos de trabajo de publicaciones periódicas, es coautora de textos sobre escritura académica y desarrolla cursos respecto de esta escritura en el ámbito universitario. Obtuvo premios y menciones en diversos certámenes literarios nacionales e internacionales.


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Su primer libro de cuentos, De realidades y prodigios, fue publicado en 1996 por El límite infinito Editorial. Además, sus relatos forman parte de libros colectivos y antologías.

Lanzamiento del libro de relatos ‘Segunda realidad’ de Laura Prati, editado en la Colección La punta del iceberg de la editorial Palabrava. Su delicado diseño en blanco y negro se completa con una fotografía de tapa de Oscar Dechiara.

Los invitamos a leer uno de sus relatos:

Anselmo y las paradojas

                Vivir en permanente contradicción no era sencillo. Despertarse sabiendo que el día se desplegaría como una interminable sucesión de confusiones era una constante en la existencia de Anselmo Barrios.

                No lograba descubrir la causa de su particular alteración que volvía complejas las tareas cotidianas. Moverse en el absurdo era su modo de transitar el tiempo desde que tenía uso de razón. De niño solía colmar la paciencia de su madre cuando le decía que tenía pesadillas estando despierto y que veía fantasmas en su cuarto, de gente que luego comprobaban que seguía viva. Incluso sus ideas eran rebuscadas para las cosas simples, como cuando le preguntaba al dueño de la ferretería si vendía algún tipo de pegamento intermitente para unir piezas equivocadas.

                Una noche su padre, quien tampoco atinó a resolver las conductas de ese hijo tan difícil de entender, se cansó de escucharlo gritar que la única forma de estar tranquilo era en el silencio. Y apenas cumplidos los catorce años, Anselmo le había pedido a Magdalena, una compañera de secundaria que nunca le había interesado, que fuera su exnovia para luego rogarle que se reconciliaran.

                No le gustaba ser raro, o más bien le era raro gustarse. Ya adulto, entendía que para la gente no era fácil tratarlo, y por eso solía despedirse al llegar a un lugar, para que ya supieran cómo era él y no lo molestaran queriendo acomodarse a su incomodidad.

                En el trabajo le iba bien porque era sereno en una empresa de transporte, estaba solo en un recinto poco iluminado y pasaba la noche escuchando la radio o leyendo diarios en otros idiomas porque no comprender era la mejor manera de ver la realidad. Ignorar es de sabios, decía sonriendo.

                Había una sola cosa que le preocupaba y era que, a medida que vivía, estaba muriendo. Eso también lo advertía en los demás y casi nadie se detenía a pensarlo. Creía que cuando ya no tuviera presente tampoco tendría pasado. En futuros déjà vu iría acostumbrando a su memoria a olvidar cuando fuera necesario.

                A veces tenía miedo de ser valiente porque entonces se animaría a sospechar de su cordura, pero la verdad es que la coherencia le resultaba aburrida. Anselmo se sorprendía con su rutina, con su singularidad tan comentada, con sentirse aparte de ese todo que no le gustaba demasiado.

                 Casi no se lo veía durante el día, ya que usaba esas horas para dormir. En muy pocas ocasiones salía a la vereda con su gato negro, el que adoptó luego de que los vecinos lo espantaran como bárbaros por sus falsas creencias. Las supersticiones atraen a la mala suerte, decía, y se reía de los que cruzaban la calle para no pasar junto al felino.

                De lunes a viernes, cerca de las nueve de la noche, lo veían pasar en bicicleta o caminando hacia la parada de colectivo para ir a su trabajo. Se comentaba de él que era un tipo complicado, que tenía manías incomprensibles, como la de preferir andar bajo la lluvia porque odiaba tener que mojar el paraguas.

                Ser tan ilógico en ocasiones contrastaba con sus hábitos predecibles, porque la repetición de sus disparates solía dejar a todos los que lo conocían un poco más tranquilos. Sabían que no sería coherente, y eso los hacía sentir a salvo de la perplejidad.

Paradojas, contradicciones, absurdo... No es posible determinar si uno o todos estos elementos a la vez administraban su mente.

De todos modos, aunque lo negaran con los relatos pintorescos, aquellos que cruzaban su vida en algún aspecto temían que esos recursos que Anselmo dominaba les revelaran que el mundo razonable es solo un método de supervivencia.

Hoy solo algunos distinguen su cotidianeidad como un misterio. Más bien incorporan su extravagancia a las anécdotas de sobremesa. Pero cada tanto un sobresalto de incongruencia cautiva a los atentos, a los únicos que se molestan en saludarlo. Olviden recordar, les dice, mientras acaricia su gato negro apoyado en su ventana.

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