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Después de todo

Lo que sucedió ese verano nunca lo hablé con nadie, ni con El Chino, que lo vivió conmigo. Ni siquiera con Virginia, que es mi prima preferida, aunque algo le di a entender, ella que lo entendía todo. - Por Alberto Solís Bonastre

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Y si he de ser sincero, creo que no pensé mucho en ello, hasta hoy. El Chino y yo no éramos amigos de la infancia ni nada parecido, y en cualquier caso no era mucho de hablar, el Chino, era más bien de hacer cosas, con lo cual no resultaba muy fácil ser su amigo íntimo. Ni siquiera sé si había algo remotamente íntimo en él; era más bien un tipo de puertas afuera, enredado en una multitud de tareas a las que se entregaba con gran entusiasmo. 

Montaba a caballo, iba de caza, esquiaba, practicaba eso que se hace con una cometa y una tablita de surf y que no sé ni cómo se llama. Era lo que se dice un hombre de acción. Con las chicas le iba de maravillas, eso sí, y le encantaba contarlo, pensaba que sus aventuras íntimas eran lo más interesante del mundo. Ahí sí que se le soltaba la lengua. Y no solo me lo contaba a mí con toda clase de detalles, sino que lo compartía con cualquiera que quisiese (o no) escucharle. En eso era la mar de generoso. En cuanto conocía a una chica le contaba lo que había hecho con otra, lo cual nunca me pareció apropiado, pero a él, en cambio, no le iba mal el método, nada mal. 

Los dos bebíamos y fumábamos muchísimo, pero lo de las chicas se le daba mejor a él. Todo resulta bien. Hasta que te ocurre algo malo con ese tema del amor. Vives como si nada hasta que algo se te clava, y después se trata de sacarse esa espina, más que de seguir viviendo.

Por eso me he despertado esta mañana sin ganas de vivir otro verano. No hay que darles tantas vueltas a las cosas. Siempre me lo digo y me lo repito, y luego no me hago ni caso, pero eso no quita que esté seguro de que no hay que darles tantas vueltas a las cosas. Si hay algo que no aguanto es que la gente te diga que ya sabe lo que te pasa y que hubo un tipo del siglo no sé cuántos que le puso a eso un nombre.

Cuando salimos de copas, y la verdad es que apenas hacemos otra cosa, siempre acabo pagando de más. Por alguna razón, la gente que tiene muchísimo dinero suele ser la que menos paga. Yo pago, y siempre pago de más.


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En fin, no hay nada más feo que pagar y quejarse luego de haber pagado, así que mejor me callo. Ahora parezco un niño mimado de un barrio elegante, pero no siempre fue así. Mi primera infancia transcurrió en un barrio de trabajadores normales, es decir, trabajadores que por mucho que se esfuercen no ganan mucho dinero, y aunque no pasábamos hambre ni nada parecido, tampoco sobraba para caprichos. 

No teníamos televisor en color, ni nosotros ni casi nadie en mi colegio, ni tampoco zapatillas de marca. El parque donde jugábamos al fútbol lo peleábamos a diario con los chicos de una barriada lindante, llamada Salsipuedes -buen nombre para un sitio como ese- al otro lado de una carretera moderna de dos carriles. Los chicos del otro lado, en general, lo pasaban aún peor. Normalmente las peleas no eran gran cosa, pero poco a poco la tensión desembocó en verdaderas luchas de bandas. Así pasé parte de mi infancia y adolescencia.

Les decía que salir de copas en busca de una mujer bonita nunca fue fácil al comienzo. El dinero no sobraba y el trabajo y la paga nunca fueron suficientes. Pero nos arreglábamos como para lucir como reyes al menos una noche por semana, cuando estábamos en los veinte y pocos años. Acudíamos a fiestas invitados por amigos con el Chino, que era un plus, ya que a él sí le resultaban más fáciles esas cosas.  Así fue que una noche conocí a la Magdalena, prima de una amiga de una amiga de El Chino, para mí una mujer inalcanzable por su belleza y su clase. Ya no vienen chicas de ojos azules así, lujosa sin ser vulgar y tamaña preciosidad. 

De todas formas, luego de ahorrar hasta el último céntimo de mi sueldo, y luego de haberme presentado y hablado de cosas banales, mediante mi buen humor y fortuna, pude conseguir una cita con ella en un restó bacán de la ciudad, con el solo pretexto de conocernos y conversar de todo y de nada. "Una noche, un buen vino, pero sin sábanas", me anticipó la Magdalena antes que nada. Antes de que se me ocurriera pensar la remota posibilidad de alucinar una intimidad con ella, algo en lo que pensé desde el primer momento en que la vi. Pero no podía desestimar tamaña oportunidad de conocerla, de estar cerca de ella. Sentir su olor, ver su piel, escuchar su voz. Una mesa apartada y discreta,  diálogos profundos, punzantes, y preguntas de vértigo como su escote se sucedieron durante nuestro primer encuentro en aquel restó del viejo y elegante hotel. Ya no quedan mujeres así, con tremendos ojos color cielo sin guerras, piernas infinitas y sin culpas y ganas de todo, sin temor a lo que ocurra luego. Nunca a la defensiva, siempre desafiante ante cada gesto, cada pregunta.

-¿Qué es lo más triste que recuerdas? Dijo, sin rubor.

-Todo este tiempo durante el cual no había nada que tapase la tristeza. Quiero decir que la tristeza es algo constante. Las canciones tapan la tristeza igual que el ruido tapa el silencio. Cuando las canciones se acaban vuelve la tristeza. Ir sentado en el autobús por la noche. El sonido de los televisores en verano, que baja hasta la calle desde las ventanas abiertas, y la luz de los televisores en las mismas ventanas, la estupidez de los domingos, organizar tu propia fiesta de cumpleaños, los regalos que no te gustan hechos con verdadera ilusión, dejar de sentirte maravilloso para sentirte normal, no beber, no tomar nada, estar como al principio. Los trenes y aviones que pasan sin estar en ellos con alguien como vos. Que nada se parezca a algo que has leído. Lo peor es la tristeza. Arriba y abajo es mucho mejor que la tristeza, no importa lo violenta que sea la caída.


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-¿Y eso es bueno?

-Eso es algo, y algo siempre será mejor que la tristeza -respondí.

-Qué fuerte. Realmente es algo triste, tanto que lo siento… ¿No has pensado que con tu historia me podrían dar ganas de levantarme y huir de aquí y dejarte completamente solo?

-No lo pensé. Pero, de ser así, la soledad ya es algo. Y algo siempre es mejor que la tristeza, te lo dije.

Así eran nuestros momentos: charlas, besos, copas, preguntas inéditas y respuestas de abismos. Y algunas que otras caricias impúdicas que se escapaban de los límites del pacto.

No he vuelto a ver al Chino después de ese verano, ni ganas. A veces la vergüenza te impide mirar atrás y la gente que te recuerda algo malo se vuelve rara en la memoria y uno aparta toda la historia con las manos de dentro de la cabeza, como quien espanta moscas. Tampoco volví a ver a la Magdalena por mucho tiempo. Fue en febrero del año pasado, en la fiesta de despedida de mi prima Virginia, cuando por fin anunció que se iba de estudios a Europa y montó aquella bacanal gigante en pleno verano lo cual era, para empezar, una idea absurda, absurda para cualquiera menos para ella. Mi prima Virginia es tan encantadora que puede dar una fiesta cuando le dé en ganas y vendrán al menos cien personas, aunque sea en una avalancha del Aconcagua o en medio del Paraná, en plena creciente y tormenta de Santa Rosa incluida, para ser más  preciso.

Claro que de esas cien personas sólo diez serán gente a la que conocemos de verdad; el resto, como pasa siempre, serán amigos de conocidos de conocidos y conocidos, o sea desconocidos. La clase de patanes que caen por tu ciudad de vuelta de una playa y de camino a otra, y que presumen como locos de lo bien que les están yendo las vacaciones, y que después de dos copas meten la pata y se mean en una alfombra sin dejar de dárselas de importantes. En resumen, auténticos idiotas con autos caros y cerebros de oferta. 

El Chino dijo que no quería ir precisamente por eso, pero no me lo creí, y además yo nunca le he negado nada a mi prima Virginia (Gini, como le decimos), porque la adoro. Es muy simpática y muy lista y lee todo el tiempo libros rarísimos, pero no presume de nada. Ni de su belleza, y mucho menos de su sabiduría.

–Deja de liarte con esa mina. Lo sé, es muy bonita. Tan bonita como riesgosa para tu fragilidad de gentilhombre. Quedarás peor que el rostro de esos viejos boxeadores que les siguen pegando tanto que no ven ni piensan nada. Solo duelen y sangran por unos billetes de apuesta y el sueño de volver a la gloria.

-Gracias por el consejo. Tal vez lo tenga en cuenta.

El reencuentro con la Magdalena en la fiesta de Gini fue como morir de una sobredosis de placer y despertar en un Paraíso, pero sin dioses ni leyes. Nos sentimos como niños de los años ´80 en Disney, entre copas, sonrisas y besos en una habitación del mismo viejo y elegante hotel. Los besos no eran besos, eran una forma lujuriosa de caricias llenas de belleza y felicidad. Al final no me puedo quejar de nada, una buena he tenido ese verano.

Luego el futuro llegó y, a mi manera de ver, tiene forma de recuerdos. De los confortables y de los otros. Los recuerdos no son buenos ni malos. Son como fotos de algo que ya sucedió. No es resignación: es el placer de ver esas viejas imágenes, rememorar momentos, personas y comprobar que ella, finamente mordaz, levemente filosa y por demás implacable, hizo siempre lo que quiso sin importarle nada ni nadie. Y aunque nunca jamás la volví a ver, pensar en la Magdalena me pone de buen humor. Tanto, que hasta algunas veces también me atrevo a sonreírle al patético destino.

(Dedicado a mi amigo Horacio Cogollo Fernández, in memorian. Partió esta semana sin romper el pacto, sin develar nunca el secreto de eso que ya sabés).

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