Stéphanie
Con ocho años, Stéphanie ya sabía cambiar pañales y preparar un biberón. Sus gestos eran seguros, y pasaba la mano, sin que le temblara, por debajo de la frágil nuca de los bebés cuando los levantaba de la cuna de barrotes. Sabía que había que acostarlos boca arriba y no zarandearlos. - Por Leïla Slimani*

Los bañaba, con la mano sujetando firmemente los hombros del crío. Los gritos, los vagidos de los recién nacidos, sus risas, sus llantos mecieron sus recuerdos de hija única. Todos estaban encantados con el cariño que les dedicaba. Veían en ella una fibra materna y un sentido de la entrega insólito en una niña tan pequeña.
En esa época, su madre, Louise, cuidaba a bebés en su propia casa. O más bien, en casa de Jacques, como se obstinaba este en corregir. Por la mañana, las madres les dejaban a sus hijos. Stéphanie recuerda a aquellas mujeres, apresuradas y tristes, que al salir pegaban la oreja a la puerta. Louise le había enseñado a oír sus pasos angustiados en el corredor. Algunas volvían a su trabajo enseguida, después del parto, y depositaban a sus minúsculos bebés en los brazos de Louise. También le entregaban en unas bolsas opacas la leche que se habían extraído de los senos durante la noche y que ella guardaba en la heladera. Stéphanie recuerda los frasquitos ordenados en los estantes de la puerta con los nombres de cada niño.
Una noche se levantó y abrió uno que llevaba el nombre de Jules, un bebé de mejillas coloradas que la había arañado con sus uñas puntiagudas. Se lo bebió de un trago. Nunca olvidó el sabor a melón podrido, agrio, que se le quedó en la boca durante varios días.
Los sábados por la noche solía acompañar a su madre, que hacía de niñera en unas casas que a Stéphanie le parecían inmensas. Aquellas señoras, bellas e importantes, dejaban en las mejillas de sus hijos una huella de carmín antes de salir por el pasillo. A los maridos no les gustaba esperar en el salón, molestos por la presencia de Louise y Stéphanie. Daban zancadas de un lado a otro, con una sonrisa estúpida en los labios. Reprendían a sus esposas mientras las ayudaban a ponerse el abrigo.
Antes de salir, la mujer se agachaba, haciendo equilibrios sobre sus finos tacos de aguja, y secaba las lágrimas de las mejillas de su hijo. "No llores más, cariño. Louise te va a contar un cuento y te va a mimar, ¿sí, Louise?". Louise asentía. Retenía enérgicamente al niño que se resistía, gritaba, reclamando a su madre. Había veces en que Stéphanie los odiaba. No aguantaba que le pegaran a Louise, que se dirigieran a ella como pequeños tiranos.
Mientras Louise acostaba a los pequeños, Stéphanie registraba en los cajones, en las cajas. Sacaba los álbumes de fotos, ocultos en las mesas bajas. Louise se ponía a limpiar. Lavaba las ollas, pasaba un trapo por la mesada de la cocina. Doblaba la ropa que la señora había descartado para salir esa noche y dejado en desorden sobre la cama. "No te pagan para lavar las ollas —le decía Stéphanie—. Ven a sentarte conmigo". Pero a Louise le encantaba. Le encantaba ver el rostro feliz de los padres que al regresar observaban que, además de hacer de niñera, les limpiaba la casa gratuitamente.
Los Rouvier, para los que trabajó durante varios años, las llevaron una vez con ellos a su casa de campo. Louise trabajaba y Stéphanie estaba de vacaciones. Pero ella no había ido allí, como los niños de los dueños, a tomar sol y a atiborrarse de fruta. No había ido allí para incumplir las reglas, acostarse tarde y aprender a andar en bici.
Si Stéphanie estaba allí era porque nadie sabía qué hacer con ella. Su madre le decía que se mostrase discreta, que jugara en silencio. Que no diera la impresión de que se estaba aprovechando. "Por mucho que digan que en cierto modo estas son también nuestras vacaciones, no les gustará que te diviertas demasiado". En la mesa, se sentaba al lado de su madre, lejos de los señores de la casa y de sus invitados. Recuerda que la gente hablaba, no paraba de hablar. Su madre y ella bajaban la vista y comían en silencio.
A los Rouvier les costaba aceptar la presencia de la niña. Les molestaba, era un malestar casi físico. Sentían una vergonzante antipatía hacia aquella niña torpe, de rostro sin expresión y con aquella malla descolorida. Cuando se sentaba en el salón, junto al pequeño Héctor y a Tancréde, para ver la televisión, los padres no podían evitar sentirse incómodos. Siempre acababan pidiéndole algún mandado —"Stéphanie, linda, ve a buscar mis anteojos, que me los dejé en la entrada"— o le decían que su madre la esperaba en la cocina. Por fortuna, Louise prohibía a su hija acercarse a la piscina, sin necesidad de que los Rouvier intervinieran.
La víspera del día en que acababan las vacaciones, Héctor y Tancréde invitaron a unos amiguitos vecinos a jugar con el trampolín recién estrenado. Stéphanie, que les llevaba muy pocos meses, hacía unas piruetas impresionantes. Saltos mortales, acrobacias que suscitaban gritos entusiastas de los demás niños. Madame Rouvier no tuvo más remedio que pedir a Stéphanie que se bajara para dejar jugar a los demás.
Se acercó al marido y con una voz compasiva le dijo: "Mejor es que no le propongamos más que venga. Tiene que ser muy duro para ella. Le debe de entristecer ver todo lo que no está a su alcance". El marido sonrió, aliviado.
*Fragmento de "Canción dulce".










