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Castillos de arena

"El amor es una catástrofe natural" (Betina González)

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Llovía sobre el arco de la bahía, el verano estaba terminando.

Hacía media hora que caminaba por la playa, mojándome, dejando que silbara en mis oídos el eterno viento del mar. Mis lentes de sol mostraban un horizonte rojo-nuclear. 

Era la segunda vez que la encontraba. Corría detrás de su galgo, le arrojaba una pelotita para que se la regresara. La escena se confundía con alguna imagen difusa del pasado. ¿Cuánto de ese día ya lo había vivido? No era un déja vu, no, era algo indefinible que se me figuraba como un episodio real, existente en mi memoria desde siempre como si fuera un recuerdo ajeno.

Cuando nos cruzamos, me sonrió mientras se quitaba de la frente el pelo arrebatado por el viento. El galgo emergió de entre la espuma de las olas con la pelotita en la boca. Me rozó y alcancé a acariciar sus largas orejas. Es difícil abandonar algo que no se recuerda…

Fue en Iquique, entonces tenía trece años, la playa de Huantajaya vacía, el viento salaba el aire. Los últimos calores del verano amanecían. Alborotado, no podía dormir. Salí a caminar. Fosforecía el mar. Los pelícanos se lanzaban en picada y emergían con un pescado en el pico.

Papá y mamá se estaban separando. Una cosa horrible. Y estaba sucediendo en vacaciones. Los portazos y los gritos. Caminar por la playa solo era lo mejor que me podía pasar. 

Primero fue una manchita, después dos. Era una chica de pelo oscuro que corría con su perro. El Pacífico estaba cambiando de humor y sus olas rompían contra la cadena de rocas negras. Más allá, todavía titilaban las luces chatas del caserío que había crecido casi al borde de los Andes.

 Una y otra vez la veo venir hacia mí, en ese amanecer, junto a su perro. Una y otra vez trato de tenerla tan cerca como la tuve después del primer baño de mar que nos dimos. Fue mi primera chica. No solo para mí, sino para mi corazón. Nos empezamos a encontrar en la playa a las seis de la tarde.

En realidad, por primera vez, la besé y la besé en la sala donde proyectaban Goldfinger. La rocé con mis manos asustadas, y así nos fuimos alejando de lo que nos rodeaba. Cierta vez leí que "en la oscuridad del cinematógrafo todos estamos muy solos, como sin Dios…" y esa era la impresión. Que, besándonos, acariciándonos, nos podíamos entregar a esa oscuridad íntima, dulce y húmeda en la que se había convertido la sala del cine.

Sabía que yo tenía las horas contadas, me iría de Iquique dos días después para que mis padres le pegaran el mazazo final a su matrimonio.

La adolescencia es un tiempo eterno y feliz solo interrumpido por las desgracias filtradas por el mundo adulto. Algo de esto pensaba cuando, tras dejar a Sean Connery atrás, fuimos a tomar una cerveza en nuestro barcito de la playa. Tan dulce y suave ella. Tan desesperado yo. Recién en la larga noche que siguió supe que ella tenía diesisiete años. Yo le había confesado (y mentido) quince cuando en realidad apenas había cumplido los catorce. Y me besó y me dijo sos un niño y me gustás mucho y te voy a extrañar. Dejo que me brillen los ojos. ¿Vas a volver el próximo verano?, me dice al oído. Digo que no con la cabeza. Digo que es una macana no ser Neruda y quedarme en Chile y escribirte poemas toda la vida. Me besa. Está desnuda, cubierta de mar y arena. Los chillidos de las gaviotas será lo último que recordaremos de ese verano.

La llovizna parece cansarse, está aflojando. El galgo regresa en su torpe galope sobre la arena y deja un río de huellitas tras de sí. Ella me mira y me dice: es como un botija, no deja de jugar… ve el mar y se enloquece, creo que todos los perros aman el mar. Sonrío y me pregunta si soy argentino. Le digo que sí. Yo soy uruguaya, y sonríe. Hola, encantado, me llamo Eric. 

Le paso la mano, me la estrecha y está empanizada de arena. Tenés pinta de pediatra, me dice. Pego una carcajada, niego con la cabeza, reparo en sus pies pequeños semihundidos en la arena y le respondo que no soy pediatra, que soy un ladrón de ilusiones, soy abogado. Ahora es ella la que larga una carcajada, no seas malo con vos mismo, dice. ¿Conociste Puerto Vallarta, te gustó?, me pregunta. Mucho, le digo, y ahora mucho más. 

El galgo me mira, apuntándome con su hocico rosado y la lengua jadeante. Ella tendrá treinta y pico, calculo. Cómo te llamás, le pregunto. Elvira pero me dicen Elvirita. No soy abogada, sonríe, soy kinesióloga. Había dejado de llover y las gotas nos resbalaban por la nariz y los pómulos. La luz del sol creció como una fiebre.

Fue un lindo verano, comento por comentar algo. ¿Ya te volvés?, pregunta Elvirita. En un par de días, siempre uno se marcha hacia algún sitio en un par de días. Uy, un abogado-filósofo, me dice. No, mi estimada, lo que digo es lo que siempre me sucedió. El día que encuentre una mina de oro, casi con seguridad me van a faltar cuatro o cinco horas para irme. Y para siempre.

El galgo corre, ladra, chapotea en las olas. Todavía caen gotitas frescas. Nos miramos. Elvirita súbitamente dice qué bueno, ya me tengo que ir. Un gusto, Eric, hasta siempre. Me da un beso salado en la mejilla. Jamás sabré si son brillos o lágrimas lo que resplandece debajo de sus párpados. Sale trotando perseguida por el galgo.

Hasta siempre, le digo, y pienso que esa es una frase inútil.

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