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A destiempo  

El pasado ya fue y el futuro aún no llegó. Sin embargo, viven con nosotros.A destiempo

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Ya comenzaban a agotarse los días de un verano incandescente pero que todavía ardía y, a pesar de ello, yo cumplía trabajosamente con mi habitual trote alrededor de la plaza 12 de Octubre. Era apenas el tercer o cuarto giro y ya me sentía extenuado. Había comenzado muy rápido, a un ritmo que, claramente, no era el mío. 

En algunas ocasiones, la breve rutina aeróbica se transformaba en una lucha impiadosa contra el cansancio, los dolores y el desánimo, mas siempre, o casi, terminaba imperando la voluntad y la experiencia, que dictaba que en algún momento los malestares se diluían o, al menos, se morigeraban hasta volverse suficientemente tolerables como para continuar con la faena hasta el final del tiempo programado. 

La tarde empezaba lentamente a declinar, pero no obstante se podía avizorar sin esfuerzo a la pequeña comunidad de corredores y caminantes que transitaban sin apuro por la vereda, mientras otra de padres y abuelos se acumulaban en torno al sector de los juegos infantiles, controlando a los pequeños que retozaban en el arenero.

Al aproximarme a esta zona, una media cuadra antes, vi a lo lejos, parado en la vereda, frente a los juegos, a un hombre de camisa a cuadros negros y blancos que me resultaba conocido. Cuando me aproximé un poco, lo distinguí con nitidez. Se trataba de Solveyra. 

Observé que prendió  un cigarrillo y que miró para todos lados, especialmente hacia los juegos. Conjeturé que vigilaba que su nieto no se escapara hacia la calle o invadiera el recorrido amenazante de las hamacas.

Era un buen tipo, Solveyra. Tenía más de cincuenta años y había sido un chofer eficiente de los tribunales penales de Resistencia. En ese entonces, coincidíamos en el lugar de trabajo, nos veíamos casi a diario y hablábamos a menudo. Lo conocía bastante bien y su estampa me resultaba inconfundible, a pesar que ya hacía casi dos años que nuestros rumbos se habían distanciado.

Me preparé para saludarlo, disminuí mi marcha y ensayé una sonrisa amistosa, observándolo fijamente mientras me acercaba. Pero, cuando estuve a tiro de él, a unos tres metros, me miró sin verme. Me sobrevoló con un vistazo giratorio que recién se detuvo cuando enfocó al arenero, donde quedó inmóvil. Yo crucé a su lado, sin decir nada. Patéticamente guardé mi sonrisa, ya desdibujada, y luego, aceleré, frustrado, alejándome rápidamente del lugar y de la situación, hacia la próxima esquina.

Me quedé preguntándome si sería él, aunque no tenía demasiadas dudas; o si no me había visto, o no me había reconocido por mi atuendo deportivo, aunque me resultaba difícil creerlo, por más que mi aspecto fuera diferente al de la formalidad del saco y la corbata.

Tampoco recordaba que pudiera haber quedado entre nosotros algún rencor oculto de aquellos tiempos, guardado en las entrañas del alma, que por respeto él haya mantenido silenciosamente adormecido. Pero de esas cosas uno nunca puede saber. El pasado vive con uno para siempre.

Yo nunca había creído que fuera cierto eso de que solo tenemos el presente, que el pasado ya fue y el futuro aún no llegó, como muchos repiten. Siempre pensé que el pasado sigue viviendo en los recuerdos y el futuro ya lo hace en los proyectos. Tal vez por ello a Borges le gustaba decir que cada momento del tiempo contiene el pasado y el futuro. 

Por mucho que uno trate de olvidar su pasado, es improbable no recordar aunque sea algunos fragmentos, los más significativos. Incluso, inconscientemente, vivimos con él a cuestas, inserto en nuestras acciones y decisiones, en las precauciones, en las alegrías y las tristezas recónditas. Nuestro bagaje empírico está hecho de pasado. Forma parte nuestra. Igual que el futuro, que ya está en nosotros aun cuando todavía no haya arribado, desde el mismo momento en que lo programamos, aunque finalmente no sea. Planificar es vivir por adelantado. Es vivir hoy el porvenir.

En medio de esas cavilaciones, llegué a la esquina, doblé, y enfilé hacia la próxima. Al levantar la cabeza vi aproximarse a un hombre, caminando por la vereda de la plaza, en dirección contraria a la mía, desde el lado opuesto al sector de los juegos infantiles, trayendo de la mano a un pequeño, de unos seis o siete años. No me costó reconocer el tranco cansino de Solveyra. Y tampoco me resultó extraña la camisa a cuadros negros y blancos.

No podía ser posible, mas lo era. Lo miré con recelo, esta vez sin ninguna sonrisa preparada, esperando que pasara sin mirarme. Solveyra levantó la mano derecha, unos cinco metros antes, y me gritó: "¿Cómo anda, mi amigo?". Solo atiné, atragantado por la turbación y la sorpresa, un "¡Hola!", corto y seco, que en otro tiempo y circunstancias a mí mismo me habría parecido mezquino y descortés. 

Continué mi marcha, sumido en un desconcierto total, pensando en posibilidades disparatadas, como que tuviera un hermano gemelo y nunca me lo hubiese contado, o que su nieto se hubiera escapado y el corrió a buscarlo por el camino abreviado del centro de la plaza, y en ese momento se encontraban retornando a los juegos. 

Mientras tanto, seguí girando, y luego de recorrer el resto del circuito de la plaza, nuevamente me encontré próximo al sector de los juegos. Y lo vi a Solveyra, con su camisa a cuadros negros y blancos, parado en la vereda, fumando un cigarrillo y mirando para todos lados. Y temblé, no de miedo, de incertidumbre. Pero esta vez me miró, sonriente, con los brazos en jarra; y cuando pasé a su lado, me gritó: "Vaya más despacio, mi amigo, no sea cosa que llegue antes de tiempo", y lanzó una carcajada que yo festejé con una sonrisa algo inflada. 

Terminé esa vuelta y no pude seguir. Volví a mi departamento con la certeza de que Solveyra me había dado una lección, sin poder discernir claramente de qué se trataba. Solo estaba seguro de que el primer Solveyra y el segundo eran el mismo. En  tiempos distintos.

 Ahora creo que el futuro lo estaba esperando en la plaza. Era él, pero aún no había llegado, y mi presente se topó con su futuro. Lo que no sé es quién de los dos estuvo a destiempo, ni si la causa fue mi apuro o su demora. Él tenía su opinión y me la había hecho saber. Lo cierto es que, finalmente, Solveyra se fundió en uno: su presente y ese futuro. El que a mí me incluía. Fue solo un instante. Luego, todo se desplomó en el pasado. 

*Abogado. Autor de la novela judicial "El Jurado Siete (7)". 

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