La interminable adolescencia
Aunque 2023 tiene una agenda política densísima, en la que casi todos los cargos públicos electivos deberán ser renovados, las definiciones sobre candidaturas están marcadas por la confusión y, sobre todo, por el desinterés ciudadano.
En la carrera más importante, la presidencial, las idas y vueltas del oficialismo y de las principales fuerzas opositoras son una cantera de novedades que interesa exclusivamente a la dirigencia, a la masa militante, a la prensa y a muy pocos más.
Esa circunstancia no tiene que ver con una evolución ciudadana positiva en la manera de vivir la política, como sucedería si la apatía hubiera surgido de una manera más civilizada y tolerante de convivir con el clima electoral, sino más bien con factores para nada dignos de ser festejados.
La razón, básicamente, es que para los habitantes de la Argentina real los días son una aventura de subsistencia que cada jornada arranca de cero, y esas urgencias tornan irrelevante a todo lo demás.
Para emprendedores, trabajadores del sector privado, productores, cuentapropistas de todos los rubros y niveles, familias dependientes de ingresos generados por proyectos propios o relaciones laborales fuera del Estado, el país es como un videojuego: una sucesión de adversidades crecientes.
La adaptación De alguna manera, la persistencia de la crisis logró que las expectativas de millones de argentinos se adaptaran a las condiciones que la decadencia nos obliga a firmar cotidianamente.
El riesgo de un estallido, del que se viene hablando desde hace años, terminó desembocando en algo que tiene el mismo origen –la frustración- pero una manifestación diferente: la resignación. Por supuesto que no se trata de una realidad homogénea.

Hay sectores de la sociedad argentina que continúan resistiéndose de distintos modos y con objetivos hasta antagónicos a aceptar que nada cambie: desde los beneficiarios de ayudas sociales gubernamentales que reclaman un incremento de esas asistencias hasta agricultores o empresarios pyme que demandan que el Estado deje de agregarle paredes al laberinto.
Pero son reacciones puntuales e inconexas, que están lejos de equiparar a la ebullición de los años del "que se vayan todos", más de dos décadas atrás.
En aquella estación sensible de nuestra historia reciente, la decepción con la clase política era amplia y profunda, pero la expectativa por el recambio institucional de 2003 era de todas maneras alta. Incluso pese a la atomización de las intenciones de voto que marcaban las encuestas y que confirmaron las elecciones de ese año.
Esta vez no es así. Una razón podría ser, justamente, aquella experiencia. El derrumbe de 2001/2002 parecía ser una gran lección de la que todos aprenderíamos, pero aquí estamos de nuevo.
También debe haber una incidencia nada menor de la expansión digital. Hay cosas que antes se decían en las calles y que ahora se pueden expresar, con mucho menor desgaste físico, en las redes sociales de la revolución con usuario y clave.
Además, en 2001 la democracia nacional recién estaba alcanzando la mayoría de edad. Hoy ya es una adulta que en diciembre cumplirá cuarenta años y que en su escenario principal muestra figuras repetidas y desgastadas.
En esa primera línea de nuestra política, los dirigentes de mejor imagen son aquellos que tienen el mérito de contar en los sondeos con niveles de reprobación ciudadana inferiores al sesenta por ciento. Los principales referentes del Frente de Todos y de Juntos por el Cambio, Cristina Kirchner y Mauricio Macri, son rechazados por siete de cada diez encuestados.
Trompas ligadas
Los dos expresidentes, sin buscarlo pero también sin poderlo evitar, expresan con mucha nitidez la incapacidad que fueron adquiriendo los grandes partidos para la producción de liderazgos nuevos y auténticamente renovadores.
Por el contrario, quienes llegan a los roles de mayor estelaridad tienen el hábito de hacer todo lo posible por vestirse de imprescindibles. Y allí van, repitiendo candidaturas al infinito mientras –discretamente- le ligan las trompas a la evolución dirigencial.
Esa ausencia de recambios sería más comprensible si al mirar el contexto nos encontráramos con una sociedad marchando sin sobresaltos por un rumbo de desarrollo, prosperidad y convivencia armónica, pero en vez de eso nos deslizamos desde hace al menos quince años sobre una curva que sutil pero implacablemente solo ha logrado redistribuir pobreza y alimentar la confrontación.
Recientes expresiones de hombres encumbrados del poder, entre ellos el mismísimo presidente Alberto Fernández, no ayudan a sostener la esperanza en que se produzca un golpe de volante hacia un plan con consenso político que ponga al país en otra sintonía.
Sostener que la inflación es un fenómeno provocado por la ansiedad de la población o que las filas en los restoranes de Mar del Plata valen más que los datos del Indec sobre pobreza e indigencia, no solo son memes envasados en origen, sino que además –y es lo que más importa- provocan un enorme desaliento, porque ¿qué respuesta a los problemas de fondo se puede esperar de quienes ni los viven ni los ven?
Un síntoma
Con ese marco, no puede sorprender que lo más disruptivo de la campaña sea un candidato que capitaliza todo eso presentándose como algo completamente ajeno a la política y que propone patear todos los tableros de la actual organización del Estado nacional.
Javier Milei ocupa un lugar creciente en las encuestas por los méritos de su estrategia comunicacional pero más aún porque la turbina central de su ascenso es el fracaso y la falta de autocrítica de las dos principales coaliciones del país.
Es seguro que una altísima proporción de quienes dicen que lo votarán no tengan idea de cuál es el efecto que sobre ellos mismos tendrán las ideas del libertario en caso de ser aplicadas. Les basta con saber que ese señor del peinado estrafalario está en contra de casi todo. Milei no es un fenómeno en sí mismo.
Milei es un síntoma del fenómeno, y el fenómeno es el inmenso hartazgo de una porción inestimable de la ciudadanía por el fracaso del proyecto de país que pudo ser la Argentina y no fue.
Un proyecto que -también hay que decirlo- pocas veces estuvo claro y que en ninguna de esas ocasiones logró sobrevivir a los banquinazos y tragedias de nuestra historia. Pese a tanta pérdida de energías, de vidas y de tiempo, ningún partido termina antes del pitazo final.
Las adversidades y el empecinamiento de nuestros gobiernos en esperar que el mundo se adapte a la Argentina -en vez de intentar lo inverso- indujeron en los habitantes de este territorio una capacidad de reinvención que es parte de las matemáticas de la existencia.
Y así como en el conocido chiste Dios compensó las riqueza naturales adjudicadas a nuestro país con una clase política apta para malograrlas, también puso de pie sobre nuestro suelo hombres y mujeres que a esta altura ya saben respirar debajo del agua. Eso sí, justo ahora que hay sequía.
Pero ésta, finalmente, es apenas una ironía más de nuestra falta de fortuna. Lo que vale, todavía, es que hay argentinos que están dispuestos a seguir poniendo el alma en la pelea diaria por sus sueños, pero sobre todo por los de sus hijos y por esas cosas que nos enseñaban las maestras antes de las fechas patrias.
Falta que quienes deciden tengan la grandeza de bajarse de sus monumentos, ser menos de bronce y más de carne y hueso, y proponerse un entendimiento en serio que nos haga egresar de la interminable adolescencia. Bien mirado, no es mucho pedir.
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