No es oro todo lo que reluce
Este año la ciudadanía volverá a ejercer su derecho al voto para elegir presidente, gobernadores, legisladores, intendentes y concejales municipales, entre otros cargos electivos.
Habrá que prepararse, entonces, para analizar las distintas narrativas electorales y discernir qué propuestas se ajustan más a las reales necesidades y justas aspiraciones de los distintos sectores de nuestra sociedad. Aunque la tarea no será fácil.
Quienes trabajan en el diseño de campañas electorales y en comunicación política tienen en claro que los tiempos han cambiado y que hoy no tiene ningún sentido redactar largas plataformas electorales para distribuirlas entre el electorado, como se hizo en 1983 en los albores de la democracia.
Saben también del papel que desempeñan las emociones a la hora de depositar el voto en las urnas y que la idea de electores racionales que dedican un par de horas para leer sesudas propuestas económicas y políticas es solo un mito. Ya lo dijo Jaime Durán Barba que, aunque no es santo de devoción de muchos, de estos asuntos sabe bastante. Los electores, dijo, "cuando votan se fijan más en los rostros que en los programas".
"La mirada del candidato quita o da más votos que sus discursos. Votan ante todo por alguien que les cae bien, que les transmite la sensación de que se puede confiar en él. Si alguien les parece pesado, no hay programa de gobierno que les convenza de apoyarlo. Tienen bronca y eso les hace actuar", observó.
Es por eso que, desde este lado del mostrador, es decir, del lado del ciudadano de a pie, del elector, es importante saber de antemano sobre qué bases se apoyarán la mayoría de las campañas de este año, para poder esquivar viejas prácticas muy comunes en el mercado electoral como es la venta de espejos de colores. Y, sobre todo, teniendo en cuenta que, como enseña el popular adagio, no todo lo que parece ser maravilloso resulta serlo realmente.
Es probable que, como ocurre en todo el mundo democrático, se tenga que elegir no al mejor candidato, como todos quisiéramos, sino al menos malo. Y frente a esa realidad habrá que promover -como decía Umberto Eco- una sospecha permanente frente a los discursos cotidianos.
Eso sí, habrá que hacer un esfuerzo extra, salir de cierta comodidad del pensamiento y dejar de lado prejuicios, para poder separar lo superfluo de aquello que creemos que realmente afectará el bienestar y el futuro de la comunidad chaqueña.
Habrá que exigirles a quienes aspiran a representarnos que respeten las reglas de juego de la democracia, que se comprometan a generar espacios para buscar puntos en común entre las distintas corrientes de pensamiento, a hacer bien lo pequeño, a diseñar grandes proyectos y al mismo tiempo estar preparados para adoptar medidas simples, fáciles de ejecutar, que faciliten la convivencia ciudadana y no que la hagan más difícil.
Citábamos días atrás en esta misma columna, al reflexionar sobre campañas políticas, una observación del especialista en comunicación política, Mario Riorda, quien advertía que la metamorfosis del discurso político en la Argentina revela tres componentes destacados en las últimas décadas: simplicidad, pobre argumentación y descontextualización.
Este año se cumplen 40 años del regreso de la democracia, tiempo suficiente como para comenzar a demandar a nuestros representantes una mayor capacidad para pensar procesos de mejora a largo plazo. Argentina es uno de los pocos países del mundo que tiene más pobres que hace un cuarto de siglo. Eso habla de un fracaso de buena parte de nuestra dirigencia, pero también de toda la sociedad.
Lo peor que nos puede pasar es que, a la hora de concurrir a las urnas, la ciudadanía se conforme con candidatos que hacen promesas vagas y presentan argumentos pobres. Eso puede valer para otras experiencias de la vida personal, a nivel individual, pero no para transformar una sociedad.
Por último, hay que reconocer que el escenario internacional es muy inestable y que la situación del país está lejos de ser la mejor. Por eso es necesario una dirigencia que esté preparada para las tormentas. Porque, como dijo alguna vez el escritor de la antigua Roma, Publio Siro, cuando el mar está en calma cualquiera puede ser timonel.










