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Timbres en la madrugada

Miré el reloj. Eran las diez y era domingo. Recordé que habían tocado el timbre en la madrugada, no sé a qué hora. Qué fastidio. Nadie respondió al otro lado del portero eléctrico. Maggie había viajado a Tandil para pasar el fin de semana con su madre.

La soltería me sentaba bien, aunque más no fuera por un puñado de horas. Abrí las cortinas y la luz del otoño me

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blanqueó la cara. Al ver abierto el café de la esquina, decidí desayunar allí. 

Después de la ducha y los cantos gregorianos (me encanta imitarlos mientras me baño), me vestí, recogí el diario que el portero me desliza por debajo de la puerta cada mañana, subí al ascensor y bajé en completo silencio con el nuevo inquilino del 14 C, el señor Abounrad, según reza la chapita de su casilla de correos del palier. Un hombre demacrado y que parece no haber reído nunca. Da la impresión de que le doliera la cara. Extrañísimo.

La gota de café con leche manchó la espalda de Román Riquelme (hoy jugamos con Racing) y me engullí la última medialuna. El diario no traía nada, pura basura.

El tipo del 14 C hablaba en otra mesa con un hombre algo excéntrico: era gordo, vestía un traje príncipe de gales y su testa era coronada por un fez rojo, uno de esos gorros que usan en Marruecos. Llevaba más anillos que Ringo Starr. No los podía ver bien, se hallaban en el rincón más oscuro del lugar. 

Dejé la sección Deportes y empecé a hojear el suplemento literario. Me considero un buen lector de novedades, de modo que empecé a leer las reseñas. "Ditirámbico, Garand nos ingresa a las epifanías imaginadas por Jean Louis Trouchet en las últimas páginas de la novela, en una exagerada…". 

La sonrisa me hizo levantar la vista del diario: los críticos suelen ponerse muy cómicos. Y descubrí que el del 14 C y el turco del fez rojo ya no estaban en el bar. No los vi retirarse. Me cambié a las mesas de la vereda. Quería fumar y disfrutar del sol de abril, que animaba tanto a las palomas de la esquina. Le pedí al Gallego un cortado y prendí el cigarrillo. Volví a mi lectura, aunque la brisa despeinara las hojas del diario. Y me olvidé del personaje del fez rojo y del tipo del 14C.

Esa noche no demoré en dormirme. A mitad de la madrugada me despertó el timbre de abajo. Recordé vagamente a los dos turcos y el sueño me ganó. Ustedes tal vez creerán que les estoy haciendo un chiste, pero no: el timbre se repitió cada madrugada durante dos días más. 

Le hablé del asunto a Don Remo, el portero, y él no sólo no había escuchado nada, sino que ningún otro vecino se lo había comentado. Al tercer día, o mejor, a la tercera madrugada, decidí bajar en el caso de que tocaran el maldito timbre. Traté de no dormirme, vi la tele un rato, releí el diario del día, pero lentamente, llevado por la suave correntada del sueño, cerré los ojos hasta las siete de la mañana. Esa noche el timbre no sonó. 

Pasé las horas de oficina con un extraño sentimiento de paz y alegría. Pensé que se lo debía al hecho de que el timbre no había sonado. Me sentí un tonto. Hablé con Maggie y me adelantó que llegaba el día siguiente. OK, ya la empezaba a extrañar. 

Salí muy tarde de trabajar y hacía un frío polar. Cuando cerré la puerta cancel de mi edificio me sentí a salvo. Busqué en los casilleros mi correspondencia, pero sólo había ofertas de gasistas y plomeros. Vi que el casillero del señor Abounrad, del 14C, estaba semiabierto. Y la curiosidad pudo más. 

No fue difícil distinguir la culata de una pequeña pistola en la que se apoyaba una carta. Aterrado, no paré hasta mi departamento, me serví un coñac, prendí un cigarrillo y me fui a la cama sin cenar. En plena madrugada, me despertó un disparo. 

Temprano, salí hacia Retiro para buscar a Maggie. Esperé el ascensor. Cuando abrió su puerta, quedé congelado. El turco del fez rojo, abrigado como un oso, me acompañó hasta la planta baja. Don Remo, plumero en mano, cuando vio al turco grandote lo saludó con una reverencia y le dijo: Buen día, señor Abounrad.

Nunca volví a ver al otro señor Abounrad. Cuando David me dijo que el turco del fez rojo siempre había vivido en el 14C y que no había otro señor Abounrad, decidí que jamás le prestaría tanta atención a mis vecinos.

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