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Al oeste del Guairá

Editorial: Caligrama 
 Autora: Gimena Campos Cervera

Como nos relata su autora, Gimena Campos Cervera, la novela cuenta la historia de una chica española bibliotecaria que, desesperada por la falta de perspectivas de trabajo en su país, decide cambiar de vida y se embarca en un proyecto científico algo estrafalario en América del Sur, en un rincón del continente inmerso en la selva -en la Amazonia paraguaya- y con una cultura local que tiene una visión del mundo muy original.

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El proyecto se revela muy distinto a lo que ella esperaba, y la lleva a desenmascarar la corrupción y los engaños que hicieron de entretelón a los negociados de la desaparición de los Saltos. Es una historia sencilla y, al mismo tiempo, compleja, en donde una chica y un chico se adentran, casi sin prever las consecuencias, en una hazaña que desenmascara las ambiciones humanas, tan desmedidas que hacen que los poderosos pasen por encima de los derechos de la población y de la naturaleza. Todo eso lo descubren estos chicos y, al hacerlo, sus vidas se transforman. 

Gimena Campos Cervera nació en Argentina y se crió en Paraguay, en el seno de una antigua familia de poetas, pintores e inventores algo excéntricos. Actualmente vive en Italia. Sus primeras incursiones en el mundo de la ficción datan de la niñez, cuando componía relatos como escritora fantasma en la escuela para sus compañeras de clase. En el año 1993 ganó su primer premio literario, con el cuento Los días de Amanda. Al oeste del Guairá es su primera novela publicada. 

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Al oeste del Guairá, Novela: publicada por Editorial Caligrama, 2019, 170 páginas. 

Compartimos con ustedes las primeras páginas de la novela: 

"Era una tarde de septiembre, de esas que obligan al verano a retirarse; el viento del otoño arrastra las hojas de los árboles en remolinos y las veredas se cubren de un manto ocre que cruje bajo las pisadas. Paloma Echeverría miraba a través de la ventana. Tenía la punta de la nariz enrojecida por el frío. No había calefacción en la biblioteca. Afuera se deshojaba un viejo plátano de tronco retorcido, y cuando la última hoja amarilla revoloteó en el aire y se depositó ligera en el suelo, la joven bibliotecaria pensó que había llegado la hora de cambiar de vida. Solo que no sabía cómo. En aquel instante, tampoco era consciente de que el azar se iba a ocupar pronto de alterar su rutina del modo más inesperado. 

«El tiempo vuela —se dijo, pensando en los últimos cuatro años pasados en la biblioteca—, y una no pasa sentada diez horas al día sin consecuencias», sentenció mientras sentía que el raído tapizado de su vieja silla le rozaba la piel con aspereza. En realidad, lo que hacía durante esas diez horas no dejaba de gustarle, pero, aun así, temía que sus mejores años se esfumaran si seguía con esos contratos de trabajo, cada día más cortos e intermitentes. La vieja biblioteca del barrio quedaba en la periferia de Buenviento, una ciudad descolorida, empotrada entre los Pirineos y la costa cantábrica española. Inviernos crudos, escasez de fondos y un edificio desvencijado eran el marco diario de Paloma, pero la joven tenía buen carácter, y además era muy curiosa: le gustaba ayudar a la gente a encontrar información, ya fuera un panfleto callejero o una obra del Siglo de Oro español. Cuando buscaba datos, se sentía un verdadero sabueso. Lo tomaba como un desafío, y «sin distinción de color de piel, credo o clase social», como rezaba en el estatuto. «Sin embargo —pensó frunciendo el ceño—, una distinción sí hay y no hay vuelta que darle». Y es que, aunque quisiera rescatarlos, no lo lograba. Los más ingratos solían ser aquellos que, nacidos con una buena estrella, daban todo el resto por sentado. «Tal vez para no desentonar con esa entrada triunfante en el mundo —ironizó—. Por suerte, son una minoría, ¡pero qué notable minoría!». 

De los otros, los agradecidos, conservaba una disparatada colección de recuerdos: cartas de gratitud de dudosa ortografía, postales con dedicatorias y hasta invitaciones para unirse a asociaciones improbables como el Club de Yoguis. Pero entre esos recuerdos extravagantes también conservaba algunos que le hacían palpar el verdadero significado de la expresión «tender una mano». Como el de aquella mujer asiática a la que ayudó a encontrar y rellenar decenas de formularios hasta conseguir que una fundación internacional operara a su hija. La niña, que antes de la cirugía no hablaba porque tenía el labio superior partido hasta la nariz, visitaba ahora la biblioteca sonriente, charlatana y coqueta. Paloma le había regalado un ejemplar de su libro preferido de niña: Pippi Calzaslargas.

Inmersa en esas reflexiones, concluyó que su trabajo podía ser pobre, pero no rutinario. «Puede ser —insistió, acomodándose en la silla— que mi labor se asemeje más al trabajo de una asistente social que al de una bibliotecaria erudita, de esas con rodete y gafas elegantes colgadas de una cadenilla, pero, a pesar de todo, esta biblioteca, aunque modesta, es indispensable para el vecindario». «Sí», determinó segundos después. Era, sin duda, el lugar al que la gente del barrio acudía con confianza, sabiendo que allí encontraría la tan preciada información y —lo que no era poco— un rostro amable detrás del mostrador. Mientras reflexionaba sobre todo esto, la vieja silla crujió. El ruido hizo que resbalara y la sacó bruscamente de su ensimismamiento. Ya. Allí estaba su biblioteca: pobre, rotosa, fría. Sin recursos nuevos... salvo por la apenas inaugurada conexión a la novedosa red en línea que llamaban World Wide Web. «¡En fin!», se dijo, frotándose las manos heladas y acomodando la silla. Luego, tomó el ratón con avidez y se adentró en los meandros virtuales de Internet". 

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