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El volar es para los pájaros

Las amas de casa enloquecen entre los cuarenta y un viaje de ultramar, leo en la novela de mi amigo Aarón Céspedes. Cierro el libro, reclino la butaca, trato de dormitar.

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Dos butacas más adelante, un ama de casa viaja con su marido a Portugal. ¿Cómo sé que es un ama de casa? Pues no cesa de comentarle a su esposo los mil y un problemas que crean los platos sin ser lavados a tiempo, el polvo en las arañas, el placard, Julito, el hijo adolescente que jamás tira la cadena después de mear, la ropa tirada en cualquier lugar.

Es la primera vez que cruza el océano. Escucho la voz del marido por encima del rumor de las turbinas. Vas a morir de placer cuando pasees por la Rua Augusta, no te imaginás los comercios que hay allí, le dice, hojeando un folleto turístico. Lo deja hablando solo. Abandona su asiento y camina tiesa por el pasillo. Tiesa y con los ojos claros muy abiertos. Como si hubiera olvidado qué cosa era pestañear. Debe rondar los cuarenta y cinco, lleva un jean ajustado y una camisa suelta color vainilla, calza botas de cuero color ciruela, algo muy incómodo para un vuelo largo.

Habla en el fondo con una azafata y vuelve con un jugo de naranja y un whisky sin hielo. Se sienta, tu whisky, le dice al marido. Empieza a contarle que Susi, su prima por parte de los Alonso, está deprimida y se quiere suicidar. Está en la edad del suicidio, anda por los cincuenta, imagínate, sola con cuatro chicos, uno más mal educado que el otro, Tito el mayor se droga, está todo el día dado vuelta…

-¿Dado vuelta? – dice el marido después de un sorbito del etiqueta roja.

-Ay, Dardo, sos un antiguo. Dado vuelta quiere decir re-puesto de merca.

-¿Re-puesto de merca?

-Drogado, Dardo, drogado.

Suspira, mira el cielo, las nubes, una plancha de sol en el lomo de unos cirrus lejanos. Lagrimea, se apoya en el hombro de su marido. Ahora llora con hipos, quiere hablar y no le salen las palabras.

-¿Qué te pasa, Doris?

La inesperada escena que tengo frente a mis narices se ha puesto tan interesante como inesperada. Siento una pequeña bola de congoja por las lágrimas de la mujer.

-Ahora entiendo a la Susi –dice, entre pucheros.

-Qué entendés -le dice Dardo, mientras le arregla un mechón rebelde que le cierra un ojo.

-Lo del suicidio…

-¿Qué cosa del suicidio?

-Que se quiera suicidar. Yo también, Dardo, yo también estoy en la misma.

-¿Qué misma, Doris? ¿Qué te chifla en la cabeza? Relajate, cerrá los ojos, hacé respiración yoga y relajate. El viaje te está haciendo mal. Pensá en la Rua Augusta…

De pronto, la mujer, de un brinco, sale al pasillo, camina con pasitos rápidos hasta llegar a la estación del personal de a bordo, y en voz alta, les dice:

-¿A qué hora van a servir la cena? Todos los condenados a muerte tienen derecho a una última cena, cuyo costo no exceda los ciento veinticinco dólares. Tengan piedad. En media hora, o a más tardar, cuarenta minutos, voy a suicidarme.

-Vuelva a su asiento, señora, ya le servimos la cena.

-¡Mi última cena, dirán!

Taconeando, Doris regresa a su butaca. Se sienta ante la mirada absorta, temerosa, de su marido, y escudriña el cielo, la lenta noche que ya casi roza el fuselaje del avión.

-¿Ya estás mejor? –pregunta Dardo, en un hilo de voz.

Silencio. 

Se abren los altoparlantes del avión y después de soplar un raro sonido, se escucha la voz del comandante.

-Amigas y amigos, les habla el comandante de la nave,  William Rocha… Vamos a atravesar una zona de tormentas eléctricas y turbulencia, por lo que recomendamos que tomen sus asientos, ajusten sus cinturones, ¡empieza el baile!

-¿Dijo que empieza el baile, ese tarado? –pregunta Dardo al pasajero que se sienta al otro lado del pasillo.

-Sí, creo que es un piloto colombiano. – responde, parco, el vecino.

-Empezó mi muerte, te lo dije, no llego a la última cena, el avión se cae antes. Se lo dije a las azafatas, pero no le dan bola ni a los futuros muertos. ¡Voy a morir cagada de hambre!

-No grités, belleza –murmura el marido.

-¿Desde cuándo me decís belleza, eh? ¿Quién es esa belleza que te empuja a los furcios? ¿Ya me tenés reemplazante? ¿Está precalentando en el banco de suplentes?

El avión empezó a sacudirse de costado y abruptamente cayó un sinfín de metros al vacío, logrando que estallaran a coro doscientos treinta alaridos. Volaban maletines, carteras femeninas, vasos de whisky y vino; hombres de traje se desabrochaban los cinturones de seguridad y se paraban y gritaban ¿dónde están los paracaídas?

De pronto, saltar desde el techo al unísono las mascarillas amarillas de oxígeno y renovaron el griterío a niveles insoportables, como si estuviera a punto de cantar  Ricky Martin a mitad del pasillo.

-¡Tranquilícense, carajo! –gritó desde los parlantes el comandante William Rocha.

Una nueva marejada de gritos rebotó en el fuselaje, hasta que el avión retomó el vuelo sereno.

De a poco, todo se calmó. Los relámpagos centelleaban en un precipicio del cielo.

-Pero ¡qué pasajeros cagones traigo hoy!

El comandante William Rocha parecía estar buscando roña.

Un grupo de pasajeros de las últimas filas empezaron a tomarse a puñetazos, se ahorcaban con las corbatas, se pegaban maletazos, patadas en los huevos, gritaban ¡Viva Perón!, ¡Maradona, Maradona!,  un desquicio.

A mi alrededor, unos gordos se juramentaron para entrar a las patadas en la cabina para romperle la jeta a ese William Rocha.

El avión ahora se movía por la creciente turbulencia de los ánimos. Uno de los gordos me cayó encima y me hundió la butaca (pesaba mil kilos el tipo). Fue entonces que escuché el grito de mezzosoprano de Doris.

-¡Basta, basta, no quiero morir, por favor, vamos a hacer caer el avión!

-¿No te querías suicidar, vos? – dijo su irritado marido.

-¡Ahora no! ¡Quiero vivir! ¡Vos me querés ver muerta!

El vuelo llegó a horario al aeropuerto de Lisboa. Cuando se abrieron las puertas para pasar a las mangas empezaron a fluir decenas de pasajeras y pasajeros golpeados, rengos, mujeres despeinadas como guacamayos, adustos ejecutivos canosos con los ojos en compota, un gordo con la gorra del comandante William Rocha, y entre esa turbamulta, Doris trataba de calmar a su marido, que avanzaba, flojo de rodillas, macilento, exhausto.

-Ánimo, querido, llegamos al hotel y nos vamos a pasear a la Rúa Augusta.

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