La experiencia democrática
"Sigo pensando que con la democracia se come, se cura y se educa. Pero no se hacen milagros. Hay transformaciones que llevan tiempo", reflexionó Raúl Alfonsín, el primer presidente electo por el voto popular después de la larga noche de la dictadura. Lo dijo en 1992, cuando su figura ya comenzaba a ser reconocida por dirigentes de todo el arco político como una pieza clave de la continuidad democrática.
Hoy se cumplen 39 años del día en el que el líder radical juró como presidente. Tras casi cuatro décadas de vida democrática sin interrupciones, poco queda de aquellas genuinas ilusiones y esperanzas que en diciembre de 1983 animaron a millones de argentinos a salir a las calles para festejar el regreso del régimen democrático. La polarización de la discusión de los asuntos públicos, lamentablemente, gana terreno en una sociedad atravesada por el crecimiento de la desigualdad. Por eso vale la pena recordar en esta fecha algunas de las ideas que compartió Raúl Alfonsín en su primer discurso ante el Congreso Nacional.
"La democracia aspira a la coexistencia de las diversas clases y actores sociales, de las diversas ideologías y de diferentes concepciones de la vida. Es pluralista, lo que presupone la aceptación de un sistema que deja cierto espacio a cada uno de los factores y hace posible así la renovación de los partidos y la transformación progresiva de la sociedad. La Argentina pudo comprobar hasta qué punto el quebrantamiento de los derechos del pueblo a elegir sus gobernantes implicó siempre entrega de porciones de soberanía al extranjero, desocupación, miseria, inmoralidad, decadencia, improvisación, falta de libertades públicas, violencia y desorden. Mucha gente no sabe qué significa vivir bajo el imperio de la Constitución y la ley, pero ya todos saben qué significa vivir fuera del marco de la Constitución y la ley", dijo el flamante presidente.
Sondeos realizados por distintas consultoras para medir el estado del humor social revelan que la ciudadanía hoy no está desencantada con el sistema democrático sino con los dirigentes de los partidos políticos que se sucedieron en el poder en los últimos años y que no lograron revertir la debilidad de una economía que no muestra indicadores robustos de crecimiento en, al menos, los últimos diez años y, para colmo, ahora con una inflación que distorsiona todo y golpea con mayor dureza a los sectores vulnerables que están más abajo en la escala de ingresos. Hay que reconocer que Argentina es un país atípico en muchos sentidos: es una de las pocas naciones del mundo que genera grandes riquezas pero que en lugar de invertirse a nivel local se depositan en el exterior. Según un informe del Centro Estratégico Latinoamericano de Geopolítica, titulado "Argentina, tan rica afuera como pobre adentro", en 2020 los activos de los argentinos en el exterior sumaban unos 400.000 millones de dólares, una cifra ligeramente superior al PBI de ese mismo año y unos 120.000 millones de dólares más que los activos que los inversores extranjeros confían al mercado local. Los datos, según explican los autores de ese documento, proceden de una publicación del Fondo Monetario Internacional (FMI) sobre inversiones internacionales que toma como muestra a 140 países. La misma fuente observa que nuestro país, además, es uno de los mayores acreedores netos del mundo y el único en América Latina. "En el planeta, la mayoría de países son deudores (105); los acreedores son solo 35. Entre estos últimos, Argentina ocupa el puesto 16. Prácticamente no hay países en desarrollo que sean acreedores netos del resto del mundo, solo Argentina, Sudáfrica y Tailandia", agrega en análisis y observa que poseer una gran riqueza en el exterior puede ser una buena noticia para un país desarrollado. "Significa que tras hacer las mejores inversiones en su país y alcanzar el pleno empleo, se comienzan a buscar alternativas afuera" añade el informe. Pero ese no es el caso de Argentina. Aquí ocurre exactamente lo contrario: los gobiernos de uno y otro signo que se sucedieron en la gestión desde 1983 a la fecha siempre tuvieron que administrar la escasez. Es de esperar que la experiencia democrática y el acuerdo tácito de la mayoría de la ciudadanía y de los representantes de las distintas fuerzas políticas para respetar las reglas de sucesión pacífica del poder ayuden, en algún momento, a resolver también ese problema.










