La vida es un enemigo grande
Me llamo Fredo Torani. Tengo veintidós años. Soy enano, mido 1,38 y tengo los ojos celestes. Es lo que admira de mí la gente: ¡un enano de ojos celestes! Nací en el hospital Perrando, soy el cuarto hijo de Julio y Dora Torani.

Soy el hijo anormal, mis hermanos son altos y flacos, excepto Chela, mi hermana, que es gorda y no me habla porque le desagradan los deformes, dice. Fui bautizado en una iglesia de Colonia Baranda, lejos de la mirada de vecinos y parientes. El cura, después de la ceremonia, le preguntó a mis padres si habían pecado, es decir, si habían asistido a alguna ceremonia vudú durante el embarazo, contaba mamá, indignada, a sus amigas.
Quiero evitarles mi infancia, lo atroz que fue ir a la escuela, cómo sangró mi corazón, cómo escupí a Dios por haberme vomitado tan monstruoso, cómo sufrí la falsa piedad de quienes me miraban. Un día, papá me encerró en mi cuarto y me dijo, con sus ojos saltones surcados por venitas rojas:
-Escuchame, Fredo, que le caigas mal a todo el mundo, que todos se metan contigo, no es una casualidad: vos mismo lo provocás.
No pude llorar. No encontraba una razón que llevara a la gente a pensar o a sentir eso por mí. Los bastardeos, los golpes en la cabeza (soy muy cabezón), que me llamaran enano como todo nombre, terminó por sumirme en un pozo de odio y de irreparable tristeza.
Me hubiera gustado suicidarme en la escuela frente a todos para resucitar un tiempo después, sólo para ver si alguien sufrió por mi muerte. Consideré que era una prueba inútil y peligrosa.
Dejé de estudiar a los once años y en vez de pensar en eliminarme, decidí seguir viviendo para vengarme. Pero esa venganza era inabarcable: ¿cómo liquidar los atardeceres, los árboles, el grito de los pájaros, la multitud de seres que deambulan por el planeta, los juguetes, los cines, los países, todas las nenas de las que me enamoré en los recreos y en las siestas del barrio y de las que solo recibí sus hirientes bromas? La vida es un enemigo demasiado grande.
Teníamos una hermosa casa con jardín muy cerca del río. De allí hui una noche de verano, a los trece años, antes de navidad, desesperado de tanto mirar el escote de Susana, una amiga de mamá a la que papá le rozaba las piernas por debajo de la mesa. Susana me calentaba porque también sabía que había besado en un pasillo a mi hermano Luis, y esa noche de verano mi hermana Chela no dejaba de llamarme enano y de reírse para atraer la atención de todos.
Salí de la casa sin decir nada y juré que jamás regresaría. Eso fue en agosto de 1974; dos meses me uní al Wilson Brothers, un circo rotoso, uruguayo, que recorría el país. Creí que estaría a salvo trabajando en un circo, porque había una pareja de enanos –un poco más altos que yo-, una ecuyere bizca, unos payasos aficionados en sus ratos libres a martirizar gatos, jaulas con un oso pardo flaco y enfermo, un gato onza, dos carayás y dos leones ancianos. Excepto los equilibristas, éramos una procesión de deformes y miserables de toda laya.
Al poco tiempo, todo cambió. Saxon el mago amaneció colgado de su corbata roja a lunares. Llegó la policía, nos interrogó a todos y se fue con el muerto. Una semana después, Tóbolo, el payaso azul, le clavó un cuchillo tramontina en la aorta al payaso Cascarón y luego se colgó, después de colocarse hojitas de afeitar en el lazo de la horca. Se hizo un lago de sangre en el piso de madera del carromato, y por las hendijas caían goterones empapando el pasto que crecía abajo.
Todos pasamos 24 horas detenidos, nos interrogaron y nos liberaron. Había sido un accidente de mierda, dijo el comisario, un tipo de panza hidrópica, un tonel de cerveza.
Peter Wilson, el dueño del circo, nos reunió a todos mientras rugían de hambre los leones. Ese atardecer nos anunció que había vendido el circo, ¡mal vendido! remarcó a los gritos, dada la serie de crímenes que veníamos atravesando. Nos echó sin darnos un solo peso. Caía la noche y fuimos a dormir.
Al amanecer, los rugidos de los leones se escuchaban temibles, salvajes, estaban enloquecidos.
Me preparé el mate a un costado del carromato y emergió de la nada la ecuyere bizca -bueno, seamos justos, se llamaba Otilia. Se veía asustada. Temblaba como una hoja seca en el camino.
-Tú eres el asesino –ella hablaba de tú, pero en ese momento tuve ganas de abofetearla, y siguió: Sólo un alma malhecha puede asesinar a tanta gente querida. ¡Te tengo miedo, maldito deforme!
Y se marchó. Ella logró que me acusaran de las muertes. Hasta me compararon con el Petiso Orejudo.
Hace ocho meses que estoy preso en la cárcel de Coronda. Es la primera vez en mi vida que los seres humanos me respetan: si bien me llaman enano, el trato es una bendición. Los otros presos no permiten que los guardias me verdugueen. Me cuidan, me invitan a matear con ellos, a jugar al truco o a las damas.
Yo no maté a nadie. Estoy acusado por ser alguien que, tal vez, no debió nacer.
Tengo pánico de que me liberen, que me arranquen de este mundo piadoso. Mi abogado, un tipo que me desprecia, me dijo que en poco tiempo más me darían la libertad.
Otilia, la ecuyere bizca, finalmente confesó que había sido ella la autora de los crímenes.
Le dije a mi abogado que quiero hacer una nueva declaración; quiero contar que hace ya muchos años mi mamá está enterrada en el fondo de nuestra casa. No pude evitarlo, fue en navidad, lo hice antes de marcharme para siempre.










