El funeral del lobo
Odio los funerales. Me alegro de no tener que ir al mío. Prefiero las cenizas arrojadas al aire, al agua, o a un inodoro.

Éramos pocos, no conocía a la gran mayoría; solo dos mujeres sesentonas y vestidas de rafia negra tomaban café, indiferentes, sin siquiera largar una sola palabra. El resto eran hombres: trajes oscuros, camisas blancas, corbatas grises y el comisario Booth y su segundo, el cabo Méndez, seguían las reglas del luto ataviados con camisas grises cruzadas por el correaje que sostiene la pistola reglamentaria, los cargadores de repuesto y las esposas a la espalda.
De los que conozco: Orellana, el prestamista de Villa Luisa; Saúl Moreno, el abogado del muerto; y Don Sixto Cáceres, un extraño hombre que se afincó entre nosotros después de comprar la Modelo, fábrica de amortiguadores que hace más de 25 años no funciona. Son todos jóvenes de no más de cincuenta años. Hablan en voz baja, bebiendo el vino tinto que sirvió la viuda, Amancia Chorvath.
El comisario no quita los ojos de los dos automóviles estacionados a la salida del cementerio. El auto negro, un Audi A8, lustrado para que su brillo se vea en Júpiter, tiene a dos muñecos de anteojos negros y camisas tropicales que fuman un cigarrillo tras otro. El otro, una Hilux blanca –modelo ya viejito- tiene al volante al Tapón Morales, hombre bajito y dueño de la armería del pueblo.
La mañana húmeda y nublada le pone ojeras a la escena. El comisario ventea en el aire un aroma desagradable, indescifrable. El cabo Méndez comenta, casi para él: Qué raro, una mañana sin pájaros… El comisario asintió, puso los brazos en jarra y miró para uno y otro lado. Ni siquiera sirven whisky, comentó en voz baja. Prendió un cigarrillo.
¿No había dejado de fumar, jefe?, preguntó el asistente. El comisario lo miró como un volcán mira a un gatito que quiere entrar a las llamas.
La viuda Chorvath, callada, pasaba del sopor a la vivacidad de los ojos abiertos. Se la veía alerta, más no nerviosa, como si estuviera empastillada. Llevaba un ramo de magnolias en la mano, que olía a cada rato.
La muerte del Lobo –en verdad se llamaba Filippo Moretti- había sido siempre una muerte esperada. En aquella zona nordestina se le conocían sus negocios: el juego, la trata y la provisión de camiones para mandar al Paraguay la carga de mariguana cosechada en la zona. También, muy ocasionalmente, traficaba armas largas para los carteles paraguayos.
Decían por ahí que debía una fuerte suma a unos jugadores rosarinos que apostaban en grupo.
Pero no murió ajusticiado de ninguna manera, solo se le detuvo el corazón.
El coche fúnebre de Bonifacio Hnos. arribó con una carga desigual de coronas. Creo que nadie quería apostar un pleno por Filippo Moretti, nadie quería quedar pegado.
Una camioneta Hammer color arena irrumpió ampulosa y se detuvo a las puertas de la parroquia. Bajó un chico de unos diez años de la mano de su bronceada mamá, Carla Moretti Chorvath, hija del Lobo. Al rato descendió Enzo Salerno, esposo de Carla, quien ya manejaba buena parte del negocio de su suegro. Se prendió el saco no sin antes dejar ver una Glock 9 mm en la cintura.
El yerno entró en la casa acompañado por la Lora Aguilar, lugarteniente de Moretti que, como en un acto de magia, bajó de un coche de la funeraria, un Dodge largo y brillante.
El vestíbulo estaba decorado al estilo español, con alfombras hindúes, sillas con asientos claveteados y cojín de gamuza con borlas en las esquinas.
Salerno se instaló junto al féretro cerrado y lo abrió lentamente. Murmuró unas palabras y emergió, dificultoso, el cuerpo de Filippo Moretti. Sonrió y besó la mandíbula huesuda de su yerno.
En ese instante se cerraron las puertas y ventanas de la estancia.
Se escuchó un griterío de mujeres en las afueras. Moretti pidió calma con ambos brazos.
Se abrieron las puertas y dos médicos ingresaron el cuerpo desvanecido de la señora Chorvath de Moretti. La colocaron sobre el piso alfombrado –un tapete mullido persa- y uno de los médicos, flaco y de camisola celeste, peinado con un impresionante jopo, la auscultó, preparó una inyección y le hundió la aguja en el cuello. La viuda gimió, lejana, como un gatito.
En ese momento, Enzo Salerno salió a la galería exterior de la casa y anunció que se suspendía el funeral por malestar de la señora viuda. Que la ceremonia terminaría de desarrollarse en la intimidad.
Y nuevamente se cerraron las puertas.
Los dos médicos terminaron de acomodar a la señora Moretti de Chorvath dentro del ataúd y lo cerraron. Temblaban. El sudor les brillaba en la frente y humedecía las camisolas de médicos que llevaban.
El joven Enzo Salerno indicó la salida a los dos médicos. Uno de ellos lloriqueaba con hipos molestos. Salerno los detuvo. Les entregó veinte mil dólares a cada uno y les dijo, con voz dura y seca:
—Doctores, ustedes jamás estuvieron aquí. Son ustedes demasiado jóvenes para morir… Vamos y los acerco.
Una camioneta Lincoln negra esperaba en la parte trasera de la casa, debajo de una frondosa morera. Al volante esperaba uno de los muchachos de camisas tropicales y anteojos negros, ésos que custodiaban a distancia.
Subieron los médicos y Salerno se sentó junto al chofer. Solo se oía el jadeo de la respiración de los médicos.
Tomaron uno de los caminos de tierra y se adentraron en una zona boscosa.
Se escucharon dos disparos.
Luego se vio reaparecer al Lincoln solo, con el chofer de camisa tropical y Enzo Salerno a su lado, fumando mientras observaba el distraído follaje de los árboles.
Cuando arribaron a la casa del funeral, no encontraron a nadie.
Salerno, parado en el centro del salón principal, miró su reloj.
En dos horas su suegro, el Lobo Filippo Moretti, muerto oficialmente, estaría volando en un avión privado rumbo a Brasil.
El yerno tomó su celular y tecleó en su Whatsapp:
Cuídese, suegro, las garotas son peligrosas. Buen viaje.










