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Sergio Schneider

Director periodístico

Había una vez una militancia

La coronación de la militancia ya no es el triunfo de los ideales sino el pase a planta. El sueño procaz pero rendidor detrás del cual van desocupados, obreros, abogados, periodistas, talabarteros, intelectuales, chapistas y acróbatas.

El jueves pasado, el peronismo celebró en todo el país el Día de la Militancia. Una fecha curiosa, porque mostró a miles de personas celebrando una condición de la que casi todos carecen. Al menos si se le tiene un poco de respeto a la palabra militante y se tiene en cuenta su peso en la historia de nuestro país.

Se puede hacer, de todos modos, la salvedad de que el término "militancia" tiene márgenes difusos y ocupa un espacio amplio. Si uno se ajusta exclusivamente al origen etimológico de la palabra, el militante es alguien que defiende de una manera activa una idea, una posición, una causa que trasciende lo individual.

Pero si asociamos el significado al contexto, en nuestro país el concepto de militar creció vinculado a la idea de defensa de los intereses colectivos, al bien común, a la resistencia frente a los autoritarismos. Y aunque ningún diccionario lo diga, la militancia también era entendida como una entrega generosa, una elección personal en la que se da más de lo que se recibe y en la cual la gran compensación es que la victoria no es la victoria de uno, sino la de muchos. Idealmente, la de todos.

Es ese último aspecto el que convierte a los militantes de la política en una especie en vías de extinción. A medida que la democracia recuperada en 1983 fue andando su camino, la figura del militante –sobre todo en los grandes partidos- pasó a ser reemplazada progresivamente por la del puntero. Y allí los ideales quedaron subordinados al interés.

La coronación

La realidad actual de lo que se insiste en llamar militancia queda expuesta de un modo inmejorable en los actos que en teoría la congregan. La costosa logística para trasladar hacia los lugares de esas convocatorias a hombres y mujeres que se supone que deberían acudir espontáneamente a ellas por amor a sus banderas, desnuda que algo no es como se lo cuenta en los discursos. Este año llegó a suceder que el servicio de colectivos de Resistencia quedó resentido alguna noche porque gran parte de los ómnibus habían sido alquilados y puestos a disposición de movidas partidarias. ¿Personas que dicen estar dispuestas a dar la vida por su partido, su caudillo y su patria, no pueden caminar veinte cuadras en vez de hacerles pagar su traslado a los demás ciudadanos?

El otro detalle, en esas movidas, son los palcos, colmados de dirigentes que llevan años -en muchos casos, décadas- viviendo del Estado. Si uno se pone a observar las fotos de esos encuentros, y coteja nombres y rostros, ve a representantes de todo el sector público. Exitosos pescadores de peceras. En la concurrencia no es muy distinto. Porque la degradación de la acción política también provocó esa modificación: la coronación de la militancia ya no es el triunfo de los ideales sino el pase a planta. El sueño procaz pero rendidor detrás del cual van desocupados, obreros, abogados, periodistas, talabarteros, intelectuales, chapistas y acróbatas.

Una pérdida del sistema

Esa virtual desaparición de la actividad militante verdadera no solo recarga las nóminas estatales y rebaja la acción de los partidos, sino que además priva a las construcciones políticas de actores que eran valiosas conexiones de los dirigentes –y finalmente, del poder público- con la gente común. Los militantes amasaban sus ideas en el contacto directo con el vecino, el compañero de laburo, la gente que iban conociendo en cada recorrida.

El empleo estatal como tierra prometida y la instalación vitalicia de los dirigentes en cargos y conchabos también públicos, hacen que la mirada de los gobiernos sobre la realidad esté totalmente influenciada por una sola perspectiva, la del Estado. 

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Las expresiones de funcionarios que periódicamente asombran a los ciudadanos sobre una situación supuestamente floreciente del país o de la provincia tienen que ver, en gran medida, con una circunstancia muy concreta: los gobernantes no viven el día a día de quienes no tienen estabilidad laboral perpetua garantizada por la Constitución (como la del Chaco asegura a los trabajadores del Estado provincial), ni tampoco lo conocen quienes los rodean. Son dos mundos diferentes, y esa ausencia de puentes no se compensa ni recorriendo redes sociales ni consumiendo medios de comunicación. Por el contrario, es común que en los despachos se hable de los artículos periodísticos que retratan el derrumbe nacional como de claras operaciones de prensa surgidas de intereses conspiratorios.

Nuevas reglas

En definitiva, el microclima de la burbuja estatal en la que se cobija el poder de turno no llega a invisibilizar problemas gravísimos como los de la pobreza, la inseguridad o la inflación, pero sin dudas que los vuelve, para quienes deberían resolverlos, en dramas bastante ajenos. 

Por si no bastara con esos efectos negativos de la profesionalización de la militancia, hay otro más, nada menor: los oficialismos tienen cada vez más chances de renovarse en el poder. Las campañas, la retención del caudal electoral, el empequeñecimiento de la oposición, se afrontan con una ventaja inicial demasiado grande cuando se tiene el manejo de la caja estatal.

La hazaña electoral de Acción Chaqueña en 1991, cuando con poco y nada capitalizó el descontento de gran parte de la población para con el bipartidismo peronista-radical y se quedó con la gobernación, sería muy difícil de repetir hoy. Si el gobierno justicialista de aquel momento (concluía la gestión de Danilo Baroni) hubiera tenido todos los elementos de control social que hoy posee cualquier gobernador argentino, hubiera sido casi imposible que el PJ perdiera por un puñado de votos, como sucedió aquella vez.

Es esa descomunal dependencia del Estado por parte de una porción inmensa de la población, el principal factor para que se mantenga como un interrogante la suerte de las elecciones del año próximo en todos los órdenes. Gestionar mal no necesariamente implica perder. Se pierde cuando se gestiona mal y no hay suficiente astucia para convertir gasto oficial en maquinaria electoral.

A la par, los partidos que buscan llegar al gobierno no saben exactamente a qué parte de la sociedad hablarle ni con qué propuestas. Un sector de la clase media pide un mayor realismo en la asignación del gasto público, y más incentivos al trabajo genuino y a la producción, aunque eso deba hacerse a costa de un ajuste en las erogaciones estatales. ¿Pero cómo proponer eso si hay millones que tienen su subsistencia atada a remuneraciones y asistencias de ese mismo Estado?

El principal desafío, por eso mismo, es –para oficialistas y opositores- el de siempre pero más urgente: integrar al país en una sola propuesta que sea capaz de hacer sentir a la mayor cantidad posible de argentinos que los sacrificios que se les pidan serán impuestos con criterios de equidad y que redundarán en una recuperación integral del país, no en una redistribución de pobreza y privilegios. Es el camino largo. El corto es hacer afiches sonriendo y videos emotivos.

Esa propuesta de fondo es lo que no asoma hasta ahora en el horizonte del 2023. No significa, sin embargo, que no vaya a suceder. La historia a veces toma curvas suaves y en otras ocasiones pega un volantazo. Se lo merece la gente del montón. También los militantes de verdad, esos bichos raros que todavía existen y que, desde cualquier posicionamiento político, trabajando en la calle, en una oficina privada o en una del Estado, de verdad creen que la bandera colectiva importa más que la suerte individual.