El voto desesperado
El crecimiento sorprendente de la figura de Javier Milei en las encuestas puso a las dos principales coaliciones políticas del país al tanto de una novedad: hay una franja significativa de la sociedad argentina que está dispuesta a beberse los remedios de peor sabor tras la esperanza de que con ello se abra la posibilidad de una recuperación económica y social que, mientras tanto, parece ya inalcanzable por las vías conocidas.
Esa porción del electorado es imposible de medir. También lo es saber si, sea cual fuere su dimensión, seguirá creciendo en número, se limitará a mantener un peso propio discreto pero significativo, o se licuará casi por completo en una eventual polarización furiosa entre el Frente de Todos y Juntos por el Cambio.
Haciendo la salvedad de esa incertidumbre, la presencia de Milei en la escena nacional ya produjo efectos. El principal, que tanto el oficialismo como la oposición se comenzaron a plantear de qué modo frenar la expansión de los libertarios y captar para sí los votos que potencialmente podrían ir hacia el legislador del peinado extravagante.
Giro
El "giro a la derecha", del que tanto se habla, es finalmente eso: el descubrimiento por parte de la dirigencia clásica de una cuestión disruptiva. Hay gente dispuesta a apoyar ideas que antes convenía mantener ocultas para evitar una muerte electoral prematura.
Aquella célebre frase de Carlos Menem, en la que confesaba que, si hubiera dicho antes de los comicios de 1989 qué era lo que realmente pensaba hacer, "no me hubiera votado nadie", hablaba de un contexto que hoy es totalmente diferente.
Al menos –vale tenerlo en cuenta- en una parte de la población. Milei no promete asado, heladeras llenas, pobreza cero ni salarios y jubilaciones que le harán pito catalán a la inflación. Por el contrario, su propuesta hasta podría considerarse temible. Ajuste duro, restricciones para la protesta sindical y social, machetazos al gasto público con un previsible costo en el empleo estatal, mano dura en todos los terrenos, la con[1]versión de la ley de oferta y demanda en algo casi tan determinante como la mismísima Constitución Nacional.
El combo, que en otros tiempos hubiera causado espanto, ahora entusiasma. Hay, no obstante, un elemento más que considerar. La adhesión de quienes apoyan a Milei, ¿es el resultado de un análisis de su propuesta o una posición disparada por la bronca y la frustración frente a la realidad del país?
La Rabia
La pregunta puede ser hasta irrelevante pensando en las elecciones del año próximo, pero no lo es mirando más allá. La rabia puede generar muchas cosas, incluso entronizar a un gobierno, pero tan pronto se consuma el castigo aparece la necesidad de respuestas a todo aquello que permitió el nacimiento y desarrollo del malestar.
El punto no es menor, porque la curva ascendente de Milei notificó al peronismo y la alianza entre el PRO y la UCR de que en una cantidad nada desdeñable de electores la honestidad brutal paga bien.
Y se dio así un fenómeno curioso, el de dirigentes de los partidos tradicionales que ahora buscan que se les note que en caso de llegar a estar en el gobierno que asumirá a fines de 2023 pueden ser tan o más malos que el candidato ultraliberal.
Aparece allí otro asunto a dilucidar: a quién le quitará más votos Milei en caso de que la ola sobre la que viene surfeando no se desinfle. Una mirada guiada por la lógica más básica puede dar por seguro que el libertario crece principalmente a costa de votantes más afines a Juntos por el Cambio que al Frente de Todos.
Eso se nota también en el hecho de que es en la primera de esas sociedades donde más se percibe la influencia de JM en declaraciones y discursos. El peronismo parece más impermeable a esas tendencias. Pero tampoco se puede considerar tan inamovible esa ecuación. Parte de lo que asombra en el crecimiento mileisista es que tiene seguidores en los barrios más exclusivos de la ciudad de Buenos Aires, pero también entre remiseros, cuentapropistas precariza[1]dos y otros postergados del derrumbe.
Esa diversidad es otro dato que calienta las mentes de los dirigentes que observan el derrotero del muchacho revelación de la política argenta, porque logra un tipo de adhesión que no habían conseguido otros fenómenos de la derecha nacional, como Álvaro Alsogaray –que llegó a convertir a la Ucedé en tercera fuerza política del país-, que tuvieron su cuarto de hora pero gracias a votos levantados por arriba de la línea de la clase media acomodada.

Entonces, ¿cuáles son los límites ideológicos hoy, cuando lo que empuja es la bronca?
En el Chaco, Aurelio Díaz logró ser diputado provincial del Partido Obrero, con el PO yendo a las elecciones en soledad y sin aliados, gracias a un estado de cosas que lo convirtió en catalizador de la frustración de una cierta cantidad de gente con el bipartidismo local. Lo votaron personas que lo conocían y otras que no tenían ni idea acerca de qué pensamientos guían al troskismo. Muchos, incluso, se molestaron luego con posiciones públicas del nuevo legislador que eran históricas de su sector político. Lo votaron no por conocer su propuesta, sino porque les parecía que era el distinto.
Visita al Chaco
Milei, de alguna manera, reproduce ese tipo de historia. En su entorno, por caso, se tiene muy presente lo hecho por Acción Chaqueña en nuestra provincia. Lo toman como un ejemplo alentador, y los chaqueños que hablaron con los operadores libertarios para las alianzas con fuerzas y dirigentes del interior se sorprendieron al escuchar cuánto saben de aquella experiencia que arrancó en 1988, con la fundación del partido provincial por parte del coronel José Ruiz Palacios, y que siguió en 1991 con el batacazo electoral que le permitió quebrarle el invicto al peronismo y ganar la gobernación.
Posiblemente por eso, los libertarios incluyeron en sus conversaciones a referentes del partido del exgobernador militar fallecido, más otras figuras y partidos que consideran afines. Pero los contactos comenzaron a tener ruidos en las últimas semanas, por diferencias entre los dirigentes locales y entre algunos de estos y los contactos nacionales.
La situación habría frustrado una visita de Milei a Resistencia, que estaba prevista para este mes o diciembre. Las conversaciones siguen.
Más allá de la coyuntura de los acomodamientos de las estructuras y sus responsables, la cuestión de fondo es –qué duda cabe la decepción colectiva con una democracia que hasta aquí no resolvió los grandes problemas generados por la dictadura concluida en 1983. Bajísima productividad de la economía nacional, pobreza, inflación descontrolada e inseguridad son parte de la agenda que quema.
De alguna manera, Milei capitaliza una lectura directa de ese fracaso que es difícil de rebatir: llevamos 39 años eligiendo gobiernos que se van, dejándonos peor que cuando llegaron.
Y las escasas excepciones dejan de serlo cuando se descubre que las supuestas mejorías eran fruto de maquillajes que luego obligaron a pagar precios más altos en materia de retroceso del bienestar social. Quienes apoyan recetas no convencionales no tienen la certeza de que vayan a servir. Simplemente intuyen, no sin razón, que ya no hay lugar para más de lo mismo. Un voto desesperado que nadie sabe hasta dónde puede llegar.










