El poder de las expectativas
Se conoció ayer la lista de los productos que forman parte del programa Precios Justos que puso en marcha el gobierno nacional y que deberán mantener sus precios congelados por los próximos cuatro meses. El anuncio mantiene expectante a buena parte de la población que padece los efectos de una inflación que no da respiro. Pero la economía de un país es un gran rompecabezas que incluye una amplia diversidad de agentes económicos. Y los buenos resultados solo llegan cuando se logra generar expectativas similares en el mayor número posible de esos actores económicos.
¿Qué rumbo tomará la economía nacional en los próximos meses? ¿Avanzará en línea recta, en un camino que nos llevará a un crecimiento sostenido por varios años, tal vez décadas? ¿Lo hará en forma zigzagueante, con marchas y contramarchas? Nadie puede señalar con certeza que ocurrirá una cosa u otra. Pero hay un factor que tiene una gran influencia en las decisiones que toman los distintos actores económicos: la expectativa, es decir, lo que los distintos sectores creen que va a pasar. No es lo mismo creer que un programa de control de precios funcionará en forma razonable en los próximos meses, que desconfiar de la efectividad de esa medida. No es lo mismo que la gran mayoría de los responsables de las empresas y buena parte de los ciudadanos crean firmemente en esa política económica, que predomine la desconfianza en las medidas de control entre unos y otros. Y eso tiene impacto directo en los bolsillos. Es que eso que genéricamente llamamos "economía" funciona en un gran recipiente que mezcla incentivos, interacciones y especulaciones de todo tipo. Es la autoridad económica la que debe hallar la fórmula y promover los consensos y las expectativas necesarias para que en medio de ese caos se generen las condiciones que permitan cierto ordenamiento.
En mayo de 2005, el entonces presidente del Banco Central de Inglaterra, Mervyn King, desarrolló una teoría sobre las tasas de interés que luego fue aplicada por otras autoridades monetarias en distintos países del mundo. Para sorpresa de propios y extraños, King bautizó a su teoría como "de las tasas de interés de Maradona". La llamó así porque se inspiró en las jugadas del astro argentino frente al equipo inglés en el partido disputado en el Mundial de México de 1986, cuando se produjo lo que es considerado el mejor gol que recuerda la historia del fútbol. King observó que si la autoridad monetaria logra mantener una inflación constante moviendo la tasa de interés ante cada cambio brusco, "los hogares y las empresas sabrían que nunca surgirán posibles movimientos en la inflación porque todos los shocks futuros serían compensados instantáneamente por cambios en las tasas de interés". En cambio, "si la gente espera que el Banco Central se comporte de forma aleatoria, entonces el comportamiento de los hogares y las empresas cambiaría, y la inflación dejaría de ser estable", agregó. "Esto es lo que yo llamo la teoría de tasas de interés de Maradona", sostuvo, para explicar después que el segundo gol del argentino contra Inglaterra en la Copa de México "fue un ejemplo del poder de las expectativas en la teoría moderna de tasas de interés: Maradona corrió desde su propio campo chocando con cinco jugadores antes de vencer el arco inglés. Lo notable es que Maradona corrió prácticamente en línea recta. ¿Cómo puedes vencer a cinco jugadores corriendo en línea recta? La respuesta es que los defensores ingleses reaccionaron a lo que esperaban que hiciera Maradona que era moverse hacia la izquierda o hacia la derecha. Pero Maradona pudo seguir en línea recta", señaló. En conclusión: según King, en el caso de la política monetaria las expectativas son un factor porque los agentes económicos actúan en base a lo que se espera que haga un Banco Central. Claro que esa capacidad de las expectativas para influir en el contexto económico va más allá de la relación que pueda tener con determinada política monetaria. En rigor, la mayor o menor estabilidad de una economía está estrechamente ligada a las expectativas de los agentes económicos. Por eso, la clave está en generar confianza en las instituciones y, fundamentalmente, en las políticas públicas que se impulsen para promover el bien de todos.










