El taimado
Garmendia bajó sin prisa del tren que lo dejó en la estación Resistencia del Ferrocarril Central Norte Argentino —hacía poco el gobierno de Perón lo había nacionalizado y renombrado como Manuel Belgrano, pero lo seguían llamando así— y se fue caminando despacio por la calle 3 hasta llegar al Bar Americano.

Entró y se acodó en el mostrador corto de madera gastada, a unos dos metros de Benítez, que apuraba una ginebra. Sacó el paquete verde y negro de tabaco, el librito de papel, y se lió un cigarrillo mientras le hacía una seña a Gomecito para que le sirviera una igual. El cantinero llevó la botella cuadrada y el vaso de martona y lo cargo sin mezquindad. El otro ginebreaba mirando la ventana, acertando la bocanada de humo en la abertura.
Dos ferroviarios, que se cargaban unas cañas sentados en torno a una mesita de madera desvencijada, afirmada contra una pared mugrienta, no entendían bien qué pasaba, pero olfateaban el aroma a sangre hirviendo y miraban disimuladamente a uno y otro, esperando el derrame.
Garmendia y Benítez tomaron con parsimonia y en silencio, mirándose de soslayo, hasta que apenas, en medio del humo espeso, se escuchó decir a Garmendia:
—Usted juega sucio, Benítez.
— ¿Por qué lo dice, mi amigo?
—Me despabilaron que primero le dio a probar mi verijero a Almirón.
—Y sí, Garmendia. Es un cuchillo casi nuevo, con vaina y empuñadura de plata y detalles en oro. Tenía que ver quién pagaba mejor. Antes también lo tanteé a Vázquez. ¿Cuál es el problema?
—Usted sabía que se lo iba a comprar y me dio su palabra que estaba hecho –le recordó Garmendia.
—Quería saber qué me ofrecían los otros. Así trabajo yo. Al mejor postor.
—Con razón me anduvo dando vueltas —advirtió Garmendia.
—Pero, ¡qué importa!, si al final se lo vendí a usted, lo elegí a usted —dijo Benítez.
—¡A mí me importa! —gritó Garmendia—, no me gusta que otros anden metiendo sus manos sobre lo mío.
—No era suyo, todavía —alegó Benítez.
—¡Era!, yo también le di mi palabra… ¡mierda!, y usted estuvo de acuerdo –se enojó Garmendia, y agregó:
—Y no me eligió a mí, yo le cuadré mejor que los otros, nomás.
Garmendia metió la mano entre sus ropas, de la faja que tenía sobre la ingle sacó el cuchillo, lo hizo tronar sobre el mostrador y le dijo:
—¡Tenga!
—Pero… es del 45, ya lo habían usado antes —se defendió Benítez.
—Ya sé, pero esa era historia vieja. Ahora ya era mío –dijo Garmendia, y siguió:
—Se lo devuelvo, así no me sirve ni para acanalar un churrasco, su agachada lo amarga y me cae mal. Se siente en la boca pero revienta en las tripas. Lléveselo. Ya habré de encontrar uno limpio, sin huellas y sin memoria.
—Usted no entiende, Garmendia, porque le va bien, tiene una posición ganada, pero yo estoy hundido, tengo que salir a pelearla todos los días, a patear la calle, tengo los tamangos gastados de tanto andar.
—No se haga el otario, Benítez. Guárdese nomás mi dinero —respondió Garmendia.
De un trago terminó su ginebra, dio un soplido largo, aliviando la quemazón, y enfiló hacia la puerta. Antes de salir, se detuvo, puso un billete convincente sobre el mostrador, y le gritó a Gomecito:
—Esta vez yo pago la vuelta.
Después, lo miró a Benítez y le dijo:
—Tengo palabra, Benítez, la gente me cree. Por eso me va bien. Usted es taimado, bellaquea... La suya no vale un carajo. —Y se fue.
Tras él salieron los dos ferroviarios y, decepcionado, uno le dijo al otro:
—Al final, pura charamusca nomás…
—Vaya a saber, compadre —dijo el otro—, a veces la verdad te bandea, igual que un puazo.
*Abogado. Autor de la novela judicial "El Jurado Siete (7)".










