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Basado en hechos reales

Almas en pena  

Vicente arribó sin entusiasmo a Buenos Aires y se dirigió instintivamente a un hotel habitual de la zona de Recoleta, a la vuelta del departamento que había sido de su madre.

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Lo acompañaba Agustín, su hijo mayor, para ayudarlo con la limpieza última, antes de ofrecerlo en alquiler. No le quedaban cosas por llevar; lo que le interesaba, y lo que no, ya lo había dispuesto en un viaje anterior. Solo le restaba revisar un placard con ropas y otros trastos del dormitorio secundario y poco más. 

Al día siguiente se levantó temprano. Le urgía empezar cuanto antes, ya que apenas contaba con dos días. A Agustín le costó erguirse, pero para las diez de la mañana llegaron al departamento. Al ingresar, la conmoción fue leve aunque perceptible. Casi no había objetos personales de su madre pero permanecían los muebles y los cuadros y, de algún modo, sintió aún su presencia, acompañada de una tristeza agria, desvaída por las vicisitudes de una relación poco armoniosa, plagada de actitudes recónditas e incomprensibles. El desenfado de Agustín lo ayudó a salir rápidamente del momento e iniciar las tareas.

El dormitorio secundario contaba con una pequeña cama, una mesa de luz, una cómoda baja, una silla y un placard grande, que llegaba hasta el cielorraso y ocupaba por completo una pared de la habitación. Fue sacando las ropas de las perchas mientras Agustín las guardaba dentro de unas inmensas bolsas negras de consorcio. 

En los estantes superiores se apilaban frazadas, mantas de lana y varias cajas de cartón que fue bajando y colocado sobre la cama, revisando su contenido para decidir el destino. Al llegar a la última, halló en su interior tres pequeñas urnas funerarias de madera laqueada. Le corrió un súbito escalofrío, pero trató  de disimular. No dio resultado. Desde el otro lado de la habitación, Agustín lo detectó y puso en evidencia:

-¿Qué pasa, papá?

-No sé, bah… Sí sé. Lo que no sé es por qué mi madre tenía esto acá -respondió turbado.

Agustín se acercó y  quedaron en silencio, examinando las urnas. Después de un rato, las sacó de la caja y ubicó sobre la cómoda. Luego, las fue tomando de a una, observando las placas metálicas identificatorias que estaban sujetas con unos remaches, aunque solo dos la tenían. 

Ambas correspondían a mujeres, una a Sally Oswald de Stewart y la otra a Megan Stewart Oswald, que habían fallecido hacia veintitrés y seis años. Se percibía a simple vista que a la tercera se la habían arrancado violentamente.

Recordó vagamente que su madre tenía una amiga llamada Megan y supuso que se trataría de ella. Calculó que la otra sería su madre. Pero de la última no tenía idea. Como tampoco cuáles podrían haber sido las razones por las que se encontraban en su placard. Ahora, el problema era qué hacer con ellas.   

Al día siguiente caminó unas cuadras, hasta la Parroquia del Carmen. No llevó las urnas; quería asegurarse de que se las recibirían antes de trasladarlas. Lo atendió un cura, bastante amable, a quien le explicó la situación. Pero el hombre no lo dejó explayarse demasiado y, sin vueltas, le dijo que el departamento de su madre correspondía a la jurisdicción de la parroquia de San José, a un par de cuadras de ese lugar. 

A pesar del fracaso, se dirigió optimista hacia ahí. Sentía que iba a resolver la situación; por lo menos, le habían dado esperanzas de que podría dejar las urnas en una parroquia y que se ocuparían de ellas. Al llegar, lo hicieron esperar un largo rato hasta que lo atendió una mujer, que parecía trabajar en la parte administrativa, quien le informó que, por la ubicación donde habían aparecido las urnas, debía intervenir la parroquia de San Nicolás de Bari, que también se encontraba en la misma zona. 

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Sin perder del todo la calma, se encaminó hacia este nuevo destino. El cura que lo atendió fue terminante en cuanto a que la jurisdicción correspondía a la parroquia Del Carmen y que era quien debía hacerse cargo del asunto. Sus buenos modales fueron ostensiblemente dejados de lado y tampoco le aportó ninguna solución. 

No tuvo nada más que hacer. Ni los llamados telefónicos posteriores a una y otra parroquia lograron que los curas se pusieran de acuerdo y definieran a quien correspondía hacerse cargo. Ninguno quería quedarse con tres urnas con cenizas de personas fallecidas hace tiempo, y una de ellas sin siquiera el nombre ni la fecha del deceso. Pensó en dejarlas subrepticiamente en las escalinatas o entre los bancos de alguna de ellas, pero le faltó decisión o le sobró culpa.

Más tarde, se le ocurrió llamar por teléfono a un cura, el padre Rojas, con quien tenía una ínfima relación, pero igual lo atendió con cortesía y le propuso que llevara las urnas a Resistencia y las dejara en la Parroquia Mayor, donde una vez a la semana se celebraba una ceremonia en la que se depositaban las cenizas de los difuntos en un cinerario, para su descanso en un lugar sagrado.

Al anochecer del día siguiente, ante la falta de una opción mejor, abordaron con Agustín el micro con destino a Resistencia, con una maleta más que cuando fueron. Era una valija negra, notoriamente ordinaria, pero de buen tamaño, que guardaba las tres urnas, bien ceñidas entre sí con cintas de embalar.

Al llegar, su esposa no consintió que ingresara en la casa con las cenizas de personas desconocidas, por lo que, inmediatamente, se dirigió a la parroquia, donde lo invitaron a dejar las urnas en un depósito hasta la tarde del otro día, cuando se realizaría la celebración, en la cual debía estar presente para vaciarlas en el cinerario. 

Se preparó con esmero para la ocasión. Se puso un saco azul y una corbata levemente maltratada por dobleces persistentes, e ingresó al templo media hora antes del comienzo del oficio, ya que debía hacer los trámites previos en la oficina parroquial.  

Cuando le pareció que todo iba encaminado, los problemas siguieron sucediendo. Como no sabía el nombre de una de las personas, tuvo que invocar al padre Rojas y dar una serie de explicaciones lastimosas hasta que, tras largas suplicas, la mujer que se encontraba a cargo accedió a que fuera registrada como María Stewart y adosó a la urna una cinta de papel con el nombre escrito con marcador.

Después, debió sacar las tapas de las urnas, que se encontraban fijadas con unos tornillos robustos que, por el paso del tiempo, parecían soldados. El cura de la parroquia, que estaba al tanto de la situación, se apiadó de él, le facilitó una caja con herramientas y resignó su oficina para que pudiera hacer el trabajo.  

Tras un esfuerzo arduo logró remover los tornillos y, con el saco de costado y la corbata desprendida, corrió a ubicarse en la fila, de unas veinte personas, que debía ir avanzando hacia el cinerario al finalizar una breve ceremonia religiosa. 

Cuando la hilera comenzó a moverse, intentó cargar las tres urnas, pero le resultó imposible, sin correr el riesgo que se cayera alguna. Además, con las tapas apenas apoyadas, ya sin los tornillos, el desparramo de cenizas hubiese sido inevitable. Entonces debió ir trasladándolas de a una y volver por las otras. Mientras, las demás personas seguían pasando: llegaban hasta el lugar, sacaban la tapa, volcaban las cenizas adentro, tapaban la urna, daban media vuelta y se iban.  

Finalmente, satisfecho por haber superado la sucesión de momentos agónicos, se plantó con decisión frente al cinerario, tomó una urna, dejó las otras dos en el piso, sacó la tapa y empezó a sacudirla vigorosamente. Pero no hubo caso. Las cenizas se habían solidificado y transformado en una especie de mármol, con unas leves protuberancias, formadas por algunos minúsculos trozos de huesos. 

Tuvo que recurrir, otra vez, a la caja de herramientas del cura. Se fue corriendo hasta su oficina, sacó un destornillador grande y volvió. Comenzó a clavar con saña la punta en la primera urna, como si estuviese picando hielo. A medida que se resquebrajaba la capa superficial se levantaba una especie de polvareda que invadía el ambiente. El saco azul fue mutando a blanquecino a medida que golpeaba y rascaba cada vez con más fuerza.

Al terminar, volcó el contenido de la primera urna en el cinerario, siguió con la segunda y, con la última, fue tanto el ímpetu que se le escapó de las manos y todo fue a parar al fondo del gran recipiente. El cura, que observaba desde un costado, se sobresaltó y exclamó:

-¡Ehh, hijo! Se va a meter usted también… 

Con la cara pegoteada de transpiración y cenizas, solo atinó a mirarlo con inquina y le entregó el destornillador en propia mano. Después, se agachó, recogió las dos urnas vacías y se dirigió a toda prisa hacia la vereda, con el aspecto y el humor de un rudo calero que finaliza su jornada de trabajo. El cura primero lo siguió con la mirada y luego fue tras él. Cuando llegó a la vereda le gritó:

-¡Hijo, hijo! Espere un poco.

Vicente se detuvo con pocas ganas y, mientras se secaba la frente con la manga cinérea del saco, pensó: "¿Que pasa ahora?".

El cura se acercó con gesto bondadoso y trató de consolarlo:

-No se sienta mal, hijo. Hizo una obra de bien. Eran almas en pena y ahora van a poder descansar en paz.

Vicente lo miró y, sin ánimo jocoso, le dijo su verdad:

-Sí, padre, y yo también. 

*Abogado. Autor de la novela judicial "El Jurado Siete (7)".

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