Como el lapacho florecido
Cuando tenemos la oportunidad de salir de la ciudad podemos advertir cosas interesantes. Ya en la ruta, en la zona noreste de nuestro país, al mirar a los costados es muy probable que en determinadas épocas del año veamos un lapacho florecido. Debido a que su follaje es totalmente distinto al resto de los árboles del monte, sobresale porque sus flores lo distinguen del resto.

TAMBIÉN DEBERÍAMOS DIFERENCIARNOS DEL RESTO
Como el lapacho florecido se diferencia del resto de los árboles, los cristianos deberíamos también diferenciarnos de quienes no lo son. No lo decimos desde el punto de vista peyorativo, sino desde el punto de vista del impacto que deberíamos dar ante el resto de la sociedad, porque Cristo nos pide que seamos la luz y la sal del mundo.
Cuando Pablo le escribe a los Corintios, en su primera epístola, les recuerda que todo es lícito para los creyentes en relación a su sistema de alimentación, pero no todo conviene; todo es lícito, pero no todo edifica. Así también en el resto de nuestro comportamiento social, no todo edifica, de manera tal que, con el fin de salvara al resto, ninguno debería buscar su propio bien, sino el del otro.
NO SEGUIR LA MANERA DE VIVIR DE LOS INCRÉDULOS
Siguiendo aquella enseñanza, pero en relación a nuestro comportamiento personal y social, Pablo recomienda a los creyentes presentar sus cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios; y que no nos conformemos a la manera de vivir que el mundo tiene, sino que permanentemente seamos transformados por medio de la renovación del entendimiento que nos da el conocer las Escrituras. Antes éramos carnales pero ahora deberíamos ser espirituales, buscando el fruto del Espíritu que es: amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza, y actitudes semejantes.
También nos recomienda que cada uno de nosotros no tengamos más alto concepto de sí mismos que el que debiéramos tener, sino que pensemos de nosotros con cordura, conforme a la medida de fe que Dios repartió a cada uno.
SER COMPRENSIVOS CON QUIENES SE EQUIVOCAN
Respecto a esto último, muchas veces podemos equivocarnos cuando increpamos a quienes creemos que no cumplen con lo que Dios quiere; cuando en realidad lo aconsejable sería que revisemos nuestra propia conducta para estar seguros que en nuestro testimonio de vida los demás puedan observar frutos espirituales.
Generalmente existe una tendencia a reprobar al resto, y si bien somos llamados a contender de manera ardiente por la fe que ha sido dada a la iglesia, deberíamos, sin consentirlas, ser comprensivos con las faltas de los demás, exhortarlos con cariño y amor; e interceder por ellos delante de Dios.
No deberíamos olvidar el encargo del apóstol Pablo, que dijo: Golpeo mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre, no sea que habiendo sido heraldo para otros, yo mismo venga a ser eliminado.
Recordemos al lapacho florecido que se diferencia del resto de los árboles y tratemos de imitarlo. Dios nos ayude en ese intento.
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