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Roberto Arlt y el origen de "la cana"

"¡Rajemo, chochamus, que viene la cana!". Una esquina bonaerense, una barra de atorrantes que se encuentran allí a diario, piropeadores incansables de las minas que pasan sonrojándose (por lo menos si son novatas) y con la mirada al suelo, pero siempre con respeto. La barra de la esquina.

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Siempre alertas a la aparición de los uniformados que cumplían con la ridícula ordenanza policial del 10 de abril de 1889, que por conductas indecorosas "que ofenden públicamente el pudor con palabras, actos o ademanes obscenos" serían pasibles de 50 pesos de multa; ni tampoco a la bravura de la policía de antaño, porque sin titubear el sargento pelaba la "charrasca" (el garrote) en cualquier contingencia. Las mujeres no escapaban a las generales de la ley: eran reprendidas "faldas cortas y escotes inmorales", niñas compartiendo juegos con varones y parejas "a los besos" en la vía pública, calles y plazas (los zaguanes, cómplices de jóvenes enamorados).

Roberto Arlt, uno de los escritores argentinos más importantes en mi niñez/adolescencia/juventud (tal vez porque fue "periodista de diario" toda su vida) está en mi podio literario argento, al que siempre acudo en noches de insomnio y en días de largos viajes. 

Roberto Godofredo Christophersen Arlt nació en Buenos Aires el 2 de abril de 1900 y falleció el 26 de julio de 1942 (casualmente el mismo día de la muerte de Evita, diez años antes, a quien reporteó como actriz en numerosas oportunidades). Fue velado en el Círculo de la Prensa —Rodríguez Peña 80, en CABA—, el mismo edificio donde hoy funcionan el Instituto Patria y las oficinas de CFK. Asistieron cientos de porteños a despedirlo, sus lectores incondicionales. Los días que publicaba sus "Aguafuertes" (crónicas ciudadanas) el diario "se vendía el doble". Podía cubrir un accidente de tránsito, entrevistar a una actriz, hacer notas en mercados, relatar una velada de box o una corrida de toros en España. 

Fue expulsado de la escuela a los ocho años y se volvió autodidacta. Escapó de su hogar a los dieciséis. Trabajó en revistas (junto a Alfonsina Storni, Leopoldo Marechal, entre otros); fue ayudante en una biblioteca; pintor, mecánico, soldador, portuario, y manejó una ladrillería. Fue además inventor: su sueño era crear "medias que no se corran, para mujeres". Fue cronista de la Guerra Civil Española, igual que Hernest Heminway, otro contador de historias universales. También estuvo en el África, enviado por el diario El Mundo a cubrir guerras y demás. 

En su momento se lo tildó de desprolijo por mostrar estilo tan innovador, irónico, con humor y a la vez mordaz, usando lo vulgar, el idioma de la calle, para la descrioción. Como no tuvo formación académica, fue denostado por sus pares del Grupo Martín Fierro (que integraban Ricardo Güiraldes y Jorge Luis Borges). Arlt integró un tiempo el grupo Boedo, al que pertenecían Leónidas Barletta y Raúl González Tuñón, grandes cronistas y escritores de la época, seguidores de la obra de Dostoievsky. 

Su trabajo como periodista, escritor y autor teatral le valió una inmensa popularidad entre la gente de a pie, identificada con su lenguaje callejero y directo: "Contar y escribir como si fuera un cross a la mandíbula", solía decir sobre su estilo, agregando que lo suyo era "la prepotencia del trabajo": ingresaba en la redacción a las diez de la mañana y se retiraba pasadas las once de la noche. Su imagen también respondía a su crítica postura social y literaria: se negaba a usar sombrero y mantuvo siempre el cabello largo, pero dejando caer un mechón sobre la frente, pequeño gesto de rebeldía. Al igual que Rodolfo Walsh, era un adicto al ajedrez.

Pese a ser atacado por la crítica y la intelectualidad de la época (y años después, ninguneado), al día de hoy se lo considera fundamental en el curso de la literatura argentina del siglo XX. Se lo nombra como el primer autor moderno de este país, y Ricardo Piglia, César Aira o Roberto Bolaño lo han reconocido como "un adelantado".

Escribió, entre otras cosas, "Las Aguafuertes Porteñas", artículos diarios entre el 19 de mayo de 1928 y el 24 de abril de 1933 en el periódico El Mundo (Buenos Aires), en los que redactaba anécdotas risueñas del quehacer ciudadano, mientras escribía sus libros, obras de teatro y textos que fueron llevados al cine, como "Los siete locos". 

Entre otras obras de Arlt podemos mencionar "El juguete rabioso", "Los lanzallamas", "Los siete locos", "El jorobadito", "Aguafuertes vascas". Obras de teatro como "Saverio el cruel", "La isla desierta", "Trescientos millones", que aún se pueden ver en teatros porteños. De "Tratado de delincuencia" extraje esta "Aguafuerte" donde devela el término "la cana", tal como se llama hasta hoy a las fuerzas policiales, y su accionar sobre los "malechores y delincuentes juveniles" que jugaban a la pelota, cartas, la rayuela, la escondida, a las bolitas en la vía pública.  

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Ahí viene la cana

Por Roberto Arlt

Ha fallecido el comisario Racana, que diera origen con su nombre a la imagen "¡Ahí viene la cana!". Así se lo contó, en cierta oportunidad a Josué Quesada el dicho comisario, quien narra que cuando era oficial inspector se había hecho popular en ciertos barrios por sus razzias contra los malandrinos. Y los chicos, en cuanto a la distancia veían aparecer la figura del comisario, lanzaban el grito de alarma: "¡Ahí viene Racana!". Pero tanto usaron al apellido, que éste terminó por desgastarse y la R y la A se fusionaron en "la".

Grito de alarma

El grito prosperó primero entre los pibes que jugaban al football en medio de la calle. De eso hace muchos años, cuando aún no existía el subterráneo y los terrenos que hoy cuestan cincuenta pesos la vara estaban ocupados por hornos de ladrillos. Jugar al football en medio de la calle o en las calzadas fue siempre un juego prohibido y perseguido por la policía de aquellos buenos tiempos. Los ladrones, entonces, tomaban el sol en las esquinas del arrabal; los vigilantes los conocían, pero como un ladrón era más peligroso que un muchacho, "la cana" se ensañaba con los futuros Tarasconi, Tesorieri, Monti, Paternoster, Ferreyra y Ochoa.

Perseguía a los menores y a la pelota, más a la pelota que a los menores. Se hacía en cualquier vereda un partido de gambeta y pechazo y, cuando la partida estaba en lo mejor y se habían roto varios vidrios y atropellado a innúmeras comadres que venían de la carnicería, al trote de su jumento escuálido aparecía "la cana". La cana designaba al gremio de polizontes; no se refería a uno en especial, sino a la policía. Más tarde el gremio de investigaciones se designó con el nombre de la "yuta", y "ahí viene la yuta" fue un término de alarma entre los ladrones, como el anterior lo fue entre los "footballers" callejeros.

Indignación

Recuerdo que no había grito que indignara más a los vigilantes que "Ahí viene la cana". La susodicha indignación, casi siempre, recaía sobre la pelota de jugar al football, que secuestraba el "chafe" y gloriosamente llevaba bajo el brazo hasta la comisaría. En aquellos tiempos ese procedimiento era una forma de hacer méritos, como lo hacen hoy los agentes de tráfico encajando una multa por cualquier pavada.

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