Resistencia31°Min. 21° • Max. 31°

Caza de mariposas

86-Molfino.jpg

Daysi Vélez en realidad se llamaba Adrián Benítez y antes de morir murmuró: "Tenía una cicatriz el rubio."

Dos puntazos en la espalda le habían llegado al corazón. No le habían robado nada. Su cuerpo travestido fue hallado al costado de la ruta, hundido en un pastizal. Hay que reubicar a las chicas que laburan por acá, pensó el inspector Rivera echando un vistazo a la noche cerrada. Lloviznaba. Un aroma lejano a mentas le inundó las narices. Pensó, una vez más, que había llegado el tiempo de pedir su retiro de la Fuerza. Ya le eran insoportables las escenas de crimen.

 Un policía se cuadró desganado cuando pasó frente a él acarreando dos bolsitas con evidencia.

El vapor blanco que exhalaban los caños de escape de los dos patrulleros ascendía creando una cadena de fantasmas fugaces. Las cintas amarillas y negras flotaban bajo la llovizna. Dos policías, mirando el cuerpo semidesnudo del travesti, hablaban de reojo, sonriendo, un poco obscenos.

El inspector Rivera miró la hora, el forense se estaba demorando. Su libretita de apuntes estaba empapada. Antes de guardarla en el bolsillo, leyó la frase: "Tenía una cicatriz el rubio", y enfiló hacia la caravana inmóvil de los árboles nocturnos. La llovizna asestaba, cada tanto, filos helados, fastidiaba. 

Sacó una linternita y empezó a alumbrar el pasto desordenado y sucio de condones usados, puchos, pañuelos de papel hechos bollitos, algunos manchados con mierda y la mitad de una tarjeta de crédito, una gold de Mastercard. La tomó cubriendo su mano con el pañuelo y la alumbró. Solo se podía leer parte de la numeración, el final de un apellido, "etto", y el logotipo del Banco Galicia. Pensó que "etto" pertenecía a un apellido italiano, y que seguramente no tendría ninguna relación con el homicidio. Le llamó la atención un papel arrugado posado en la cresta de unas pajas bravas. Lo tomó y leyó:

"Se abrió la temporada de caza de mariposas".

Estaba escrito a mano, con una tipografía como la que dibujan los arquitectos. Introdujo sendos indicios en bolsitas plásticas. Miró la noche y la ruta, que la lluvia había convertido en lámina, y más allá, la licuadora de luces aproximando un nuevo patrullero.

Aquella era una zona oscura de las afueras. La ciudad se hallaba siguiendo la curva, donde se veían las primeras luminarias. Allí los travestis atendían por ventanilla. Un gran resplandor, más allá de las arboledas, marcaba la existencia de Lavallén. 

Sin idea alguna, regresó a la escena del crimen. Su linternita buscaba obsesiva alguna evidencia en el pasto. La llovizna se había aplacado. Lo único que nos faltaba, tener un asesino serial. Era el segundo travesti asesinado en dos meses, con el mismo modus operandi: acuchillados por la espalda.

Prendió un cigarrillo. El humo se lo llevó la brisa.

Llegó la ambulancia y apagó las luces del techo. Apenas distinguió en la negrura a dos hombres que lo saludaron con la mano. Uno era el sargento enfermero Careaga y al otro lo vio de espaldas.

Se acuclilló cuando la linternita iluminó un botón azul. Extrajo su pañuelo y lo tomó con cuidado. Lo alumbró pensativo, hamacando la cabeza. Miren nomás lo que tenemos acá, un botón de la sastrería policial. Tronó el cielo y se abrió de nuevo a la lluvia. Tiró el cigarrillo. Abrió una bolsita plástica de evidencias y lo introdujo y lo guardó en el interior del saco.

Avanzó hacia el cadáver rodeado ahora por Careaga y el otro forense. De lejos parecía que lo estaban carneando.

Saludó al sargento y el otro se puso de pie para presentarse.

-Encantado, inspector, soy el oficial médico Hugo Bonetto.

Era alto, la cara picada de viruela, rubio, y una cicatriz de diez centímetros le dividía el pómulo derecho.

Rivera le clavó la vista y le alumbró los ojos.

-¿Qué hace inspector? El médico sacudió la cabeza, fastidiado.

-Tenía que cerciorarme, disculpe, usted tiene cara de ser cliente del Banco de Galicia. 

El médico rió y dijo con sorna:

-¡Vaya! Usted es un detective de verdad. 

-Y también perdió uno de los botones de su uniforme… -el Inspector Rivera le señaló el ojal vacío-. Puede llamarme Tu Sam, con confianza.

El médico ya no sonrió, y empezó a mirar con desconfianza al inspector.

-Queda detenido doctor Bonetto, por su probable participación en el homicidio que tenemos frente a las narices.

Cuando el médico era introducido en uno de los patrulleros, Rivera le gritó:

-Cerraron la temporada de caza de mariposas, Doc.

Te puede interesar