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La figurita difícil

En el juego de la realidad argentina presente, Sergio Massa logró sortear las primeras amenazas en su misión de evitar que todo volara por los aires, si bien la partida recién comienza y –como si se tratara de un videojuego- los niveles siguientes irán incrementando los desafíos. La habilidad del jugador se va poniendo cada vez más a prueba, y el margen para errores, distracciones y torpezas se va estrechando. Para el ministro eso es, hoy por hoy, la vida misma.

Tampoco es que Massa haya logrado demasiado. Su mérito no está tanto en lo que logró que suceda, como en aquello que –de momento- logró impedir. En concreto, esquivar una disparada extrema de variables como dólar e inflación, que hubiera terminado de empujar la economía nacional por la ladera. Algo que, si ocurriera, tendría correlato indefectible en los niveles de agitación social.

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El dólar blue, que en julio tocó los 350 pesos, viene por debajo de la línea de los 300 pesos, y piruetas como el dólar-soja, combinadas con gestos hacia sectores exportadores, lo vienen manteniendo por debajo de la línea de los $300. En un país que prácticamente no tiene moneda propia, no significó extinguir el incendio pero sí controlar el avance de las llamas, por la incidencia que la divisa norteamericana tiene en todas las cadenas de nuestra economía.

En una nación gobernada bajo criterios de razonabilidad, haber estado al borde del colapso hubiera significado la implementación inmediata de medidas dirigidas a frenar con urgencia la navegación rumbo al témpano, más la elaboración –a continuación- de un plan de reformas de fondo que despeje el futuro y opere como vacuna preventiva de largo plazo.

No es, claro, el caso de la Argentina. En vez de ese conjunto de políticas y acciones, en lugar de una revisión del pasado reciente, y no tanto, que permita detectar dónde están las falencias que nos trajeron hasta aquí, lo que hay es mucho menos que eso. Apenas la dosis mínima necesaria de pragmatismo como para que el barco no se hunda y los músicos puedan seguir tocando sobre él.

CULTURA DEL PARCHE

Lo que sorprende –aun en un contexto homicida para la capacidad de asombro del ciudadano comúnes justamente eso: que se continúe apostando a esquivar la barranca, pero sin dejar de ir a toda velocidad mordiendo la banquina. La inercia poderosa de una inagotable cultura del parche. Posiblemente por eso, de alguna manera, el gobierno y su coalición se mueven ahora con agendas y mensajes propios de otra realidad. Como si la crisis fuese un viejo recuerdo y no una amenaza explosiva que bajó el volumen pero se mantiene activa.

La insistencia en el proyecto de ampliación de miembros de la Corte Suprema de Justicia, la chicana del Banco Central a los exportadores que recibieron dólares de la soja, la insólita reunión de funcionarios y kiosqueros por la escasez de figuritas del Mundial, transmiten la preocupante sensación de que la desconexión entre gobernantes y gobernados es total. La inflación que se proyecta para 2022 ya está en el orden de 100%, la pobreza se arrima a involucrar a 50% de la población y una familia tipo (dos adultos, dos menores) necesita un ingreso de 120.000 pesos mensuales para cubrir gastos básicos.

El desempleo se mantiene en niveles relativamente bajos (6,9%), lo cual tiene dos letras chicas importantes de considerar: las estadísticas oficiales registran como personas con trabajo a una gran parte de los beneficiarios de planes sociales y hay una franja significativa de los asalariados que aun teniendo empleo son pobres. La aceleración inflacionaria no augura que esto vaya a mejorar, sobre todo en el sector de trabajadores en negro, que se incrementan en número (el empleo no registrado representa aproximadamente 40% del total, pero viene creciendo a mayor velocidad que el empleo registrado).

Las evaluaciones de la calidad educativa, más allá de los intentos de desacreditarlas, sirven como referencia de lo que se percibe en cualquier hogar: la escuela dejó de ser una herramienta valiosa de promoción social y pasó a ser –en muchos casos- una reafirmación de la condena a la postergación permanente para miles de chicos.

SIN MÁRGENES

Con todo ese combo, ¿qué margen hay para que el gobierno y la oposición continúen el juego electoral de un 2023 que todavía no llegó pero que lo impregna todo desde el año pasado, tan pronto concluyeron los comicios de 2021?

En la vida real, el margen para la racionalidad y la paciencia se torna diminuto. La consigna de sustituir con emisión la falta de productividad casi agotó sus posibilidades de sustentación. El consumo comenzó a dar señales preocupantes, con caídas en julio y en agosto, que algunas consultoras sitúan –para el segundo de esos meses- en 7% interanual. Eso pese a la manera en que el proceso inflacionario empuja al gasto inmediato para reducir la pérdida de poder de compra de los pesos. La única manera de encontrar precios convenientes es adquirir las cosas hoy, ya que es seguro que las encontraremos más baratas que mañana.

Por el lado de los salarios, fuera del paraíso estatal nadie puede hacer magia. La idea de "alinear precios y salarios" –el latiguillo kirchnerista, como si tal cosa fuera una mera cuestión de voluntad- ya era difícil con índices inflacionarios anuales de 30%, pero se torna directamente imposible con una marca que se proyecta a los tres dígitos. ¿Cuántas empresas pueden darles a sus empleados mejoras nominales de 100% en una Argentina de consumidores empobrecidos, cargas impositivas desbordadas, serias dificultades para acceder a bienes e insumos, ausencia de financiamiento viable y reglas de juego que cambian permanentemente?

Esta nueva Argentina, pobre y sin rumbo, es la que no aparece en las pantallas de los que gobiernan. El presidente del país dijo que lo que sucede es "una crisis de crecimiento", y aunque la frase parece dicha treinta años atrás, fue pronunciada hace menos de tres meses (el 30 de junio de 2022). Entonces, ¿cómo esperar soluciones de quien ni siquiera sabe de la existencia del problema?

La situación es notablemente compleja. No hay, en rigor, un gobierno, sino varios. El de Alberto, el de Cristina, el de Massa. Tampoco la oposición muestra referentes aglutinantes, atomizada por la carrera de posicionamientos frente a la posibilidad cierta de la llegada al poder el año próximo. No hay un liderazgo claro arriba, ni lo hay abajo. Pero, además, el diálogo es visto entre las principales figuras de uno y otro lado como una demostración de debilidad que está prohibido mostrar. ¿Tendrá que explotar algo para que la situación se vea de otro modo?

Si algo traumático sucediera, todos lamentarán no haber tenido tiempo de encarar una manera de evitarlo. No será porque comprendan la gravedad de lo provocado, sino porque estarán en peligro sus continuidades en cargos y bancas.

Aun así, deberían saber que ese tiempo es ahora, este presente en el que todavía se puede hacer una maniobra que nos devuelva a la ruta. La figurita del álbum que todavía es posible conseguir hoy y que puede llegar a convertirse en inhallable mañana.

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