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¿A mano con Pitágoras?

No hizo falta que Belmonte abriera el email alojado en su casilla de mensajes para entender que en él había algo singular. Que el remitente fuera Pitágoras era más que un mero indicio.

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Pero Pitágoras no era Pitágoras, sino un exalumno suyo de una escuela secundaria de Barranqueras -donde dictaba clases de filosofía hacía más de una década-, ahora novel Licenciado en Ciencias Matemáticas de la UBA, con especialidad en Geometría Aritmética. Por lo menos, así se presentaba.  

La aclaración era pertinente, pero no necesaria y, mucho menos, incuestionable: el nombre Pitágoras obedecía a que el maestro griego era filósofo y matemático, y eso, pretensamente, los igualaba en esta situación.

El asunto consistía en que éste Pitágoras era, además, un hacker informático, que había logrado ingresar en su cuenta y modificar la contraseña de la billetera digital de la inversión que Belmonte había realizado en bitcoins; y para poder rescatar sus fondos lo retaba a deducir el nuevo código de acceso que había introducido, a partir de una serie de pistas que enumeraba: Madre Patria, hospital, Rossi, hpt., bctz. ?75, letrero.

El mensaje concluía con la advertencia de que únicamente tendría una oportunidad, replicando la manera en que él había actuado cuando era su profesor de filosofía, en ocasión de un examen de final de curso. Para eso, había procedido a anular ocho de los diez intentos que ofrecía el sistema, dejando uno para que constate la inoperancia actual de su propia clave y otro a fin de que introduzca la que debía inferir. 

Belmonte intentó ingresar en su cuenta empleando su contraseña de ocho dígitos, con letras, números, no consecutivos ni iguales, una letra mayúscula y un símbolo: BeLm+514. Pero no hubo caso. Pitágoras no mentía.

El primer impulso que experimentó fue reprocharse por su incursión en un ámbito tan ajeno al suyo. Si bien la inversión no era de una suma tan importante, ni siquiera alcanzaba a la mitad de su sueldo mensual, el problema era la vejación que conllevaba. Su fantasía de tratar de entender qué eran y cómo funcionaban las criptomonedas lo había puesto en esta situación. Y hasta ahora no había entendido mucho, pero sí que ante el olvido o pérdida de la contraseña no había remedio posible, ya que no existía un administrador que le pudiera proveer de otra, como ocurre cuando se trata de recuperar el acceso a una cuenta bancaria u otros servicios digitales respaldados por una entidad. Esto no ocurría en el universo Bitcoin. Solo el titular, mediante su propia contraseña, podía desbloquear un pequeño disco duro llamado Iron Key, donde se alojan las claves privadas de la billetera digital. De lo contrario, los fondos quedan suspendidos indefinidamente en el ciberespacio, salvo que, en este caso, Pitágoras decidiera disponer de ellos.

Al día siguiente, la certeza de haber sido burlado, y su humillación consecuente, lo impulsaron a examinar las pistas incomprensibles que Pitágoras le ofrecía. Al cabo de un rato se dispuso a aceptar el desafío y participar del juego propuesto. Aunque no sabía ni cómo empezar.

Podía entender que "Madre Patria" se refería a la estatua que se erige en el límite entre Resistencia y Barranqueras y que el hospital debía tratarse del Perrando de Resistencia o el Eva Perón de Barranqueras; pero la referencia a "Rossi" lo desconcertaba.

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Al examinar en la computadora un plano digital de las ciudades se percató de la existencia de una rotonda de nombre Villa Rossi, en Barranqueras; entonces, se convenció de que el hospital debía ser el de esa ciudad, porque los otros puntos se situaban dentro de ella. 

Pasaron los días y no se le ocurría nada. Dibujó un plano en una hoja de papel, unió los tres puntos, y el resultado fue un triángulo perfecto. Y se acordó de Pitágoras, del auténtico, y de su teorema, que enuncia que en todo triángulo rectángulo el cuadrado de la hipotenusa es igual a la suma de los cuadrados de los catetos, y, efectivamente, en este caso, se trataba de ese formato de triángulo, porque tenía un ángulo de 90 grados, el de la esquina del Hospital. Pero no estaba seguro de que tuviera algo que ver.

Cuando consultó a su colega de matemáticas, el profesor Iriarte, sin darle muchos detalles de la razón de su interés por el teorema de Pitágoras, éste le explicó que era importante saber, por lo menos, las medidas de dos de sus lados para poder determinar el tercero.

El sábado a la tarde recorrió la zona en su auto. Con la ayuda de una aplicación de su teléfono celular midió la distancia entre los puntos y estableció que desde la rotonda de la estatua de la Madre Patria, por avenida 9 de Julio, hasta el hospital, había 981 metros; desde ahí hasta la rotonda de Villa Rossi, por avenida San Martín, 1013 metros; y desde este punto hasta la Madre Patria, por la avenida diagonal Eva Perón, 1410 metros. Si bien la exactitud de las medidas dependía de la precisión de la aplicación, no disponía de una manera mejor. 

Al llegar a su departamento, aplicó el Teorema de Pitágoras. Los catetos eran los que nacían del vértice del ángulo recto, que era el del hospital. El cuadrado de 981 y 1.013 le dio como resultado 962.361 y 1.026.169 respectivamente. Y, sumados ambos, 1.988.530 cuya raíz cuadrada, para obtener la hipotenusa, arrojó 1.410,152; coincidiendo casi a la perfección con su medición personal. Pegó un grito de alegría al comprobarlo, pero enseguida se dio cuenta de que seguía sin tener nada demasiado conducente. 

Con esos datos, el lunes volvió hablar con el profesor Iriarte, a quien le pareció  que, si estaban hablando de un triángulo rectángulo y de ángulos, las expresiones hpt y bctz podían ser abreviaturas de hipotenusa y bisectriz, que suelen ser utilizadas para denominarlas, aunque no de manera uniforme.

Belmonte se puso a estudiar estos temas. No tenía dudas de que la hipotenusa era la avenida diagonal Eva Perón y eso le sugería que podía ser un dato relevante. Y aprendió que la bisectriz de un ángulo es una semirrecta que divide al ángulo en dos partes iguales, que tiene su origen en el vértice mismo del ángulo, el del Hospital, y se proyecta indefinidamente.

Por lo tanto, la bisectriz, en su proyección, cortaría en un punto a la hipotenusa, o sea, a la avenida diagonal Eva Perón. Este razonamiento lo entusiasmó y pensó que en un ángulo de 90 grados la división ocurre a los 45 grados del ángulo y el corte se produce exactamente en la mitad de la hipotenusa, es decir, en este caso, a los 705 metros.

El lunes a la mañana salió temprano de la clase y se dirigió en su auto hacia Barranqueras para tratar de determinar en qué lugar preciso se producía ese corte. Puso en orden la aplicación de su celular y empezó a medir desde la rotonda de la Madre Patria, transitando lentamente por la avenida diagonal Eva Perón. El marcador le señaló esa distancia cuando se encontraba a la altura del 375 de la numeración urbana. Le subió un escalofrío al comprender que el enigma planteado con un signo de interrogación era el número 3, y lo había descubierto, lo cual significaba que tal vez en esa dirección hallaría alguna  repuesta.

Estacionó el auto unos metros adelante y caminó con ansiedad, aunque también con temor, hacia el lugar. Al llegar comprobó que se trataba de un local comercial donde funcionaba una agencia de quiniela y lotería, y se estremeció cuando leyó en la pared externa que se llamaba "La Clave". Más aún, al ver que un llamativo letrero rojo con letras amarillas le aconsejaba claramente "Siempre sumale 10 a tu número".

Después, la historia es conocida. Belmonte recuperó el acceso a su cuenta con la nueva clave BeLm+524, y Pitágoras, por fin, pudo decirle "Estamos a mano". Pero, luego, las versiones difieren. Una asegura que sí y la otra que de ningún modo. 

*Abogado, autor de la novela judicial "El Jurado Siete (7)". 

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