Romy Schneider y mi madre

Todos, seguramente, recordarán a Romy Schneider. Austríaca, hermosa y distinguida, casi no hubo hombre de mi generación que no la hubiese amado. A este particular sortilegio concurría un conjunto de razones que sería tedioso enumerar, pero que se podrían resumir en una sola: la sensación plena y desarrollada de estar frente a un ser que compendiaba, en su esencia, un pasado majestuoso, perdido en el devenir de los años, y un futuro de bordes amenazantes e inciertos.
La explicación a esa sensación procedía, probablemente, de la irrepetible belleza de la austríaca, y de la noción, muchas veces presentida, de un fin trágico y próximo vinculado a la fugacidad que comporta toda perfección humana.
El 29 de mayo de 1982, a los 43 años de edad, se la encontró muerta en su residencia parisina. No se efectuó ninguna autopsia, y fueron muchos los que pensaron que había fallecido por suicidio con barbitúricos o de resultas de una crisis cardíaca causada por estrés: la temida miocardiopatía de Takotsubo. Apenas diez meses antes había muerto trágicamente, a los catorce años, su hijo menor, David Haubenstock, atravesado por una lanza de la verja de entrada que custodiaba la casa de la actriz.
Veintisiete días antes de la muerte de Schneider, un domingo 2 de mayo de 1982, mi madre recibió sepultura a pocos metros de la tumba de mi hermano Ricardo. Las circunstancias de las dos tragedias, la de Schneider, y la de mi madre, fueron diferentes, pero el sentido, las edades y los paralelismos, casi los mismos.
Cuarenta y nueve días antes de la muerte de mi madre, mi hermano, con dieciocho años, había fallecido por un aneurisma cerebral. Pocas semanas después, y frente a la tumba de Ricardo, Martha Seibelt, mi amada madre, sufrió un paro cardíaco del que su corazón nunca se recuperaría. Como Romy Schneider, la actriz a la que mi madre había admirado tanto, y a la que había hermanado su propio destino.










