Una pirámide social con base cada vez más ancha
Las reiteradas crisis macroeconómicas transformaron a la Argentina en un país con ciudadanos más empobrecidos. A mediados de los años 70, tres de cada cuatro argentinos pertenecían a la clase media.
Hoy, más de la mitad de la población tiene ingresos que no cubren la canasta básica alimentaria. En un escenario tan poco alentador, es fundamental actuar con prudencia y madurez cívica para evitar una mayor conflictividad social y poder retomar el camino del crecimiento con equidad.
Los últimos indicadores de la economía no dejan margen para el error: la inflación del mes de julio alcanzó un nuevo récord y es el registro mensual más alto de las últimas dos décadas. Según las mediciones oficiales, el mes pasado arrojó 7,4% de inflación y de esa manera el incremento de los precios en los primeros siete meses del año fue de 46,2%.
Con estos números, la inflación interanual ya llega a 71% por ciento. Como se podrá apreciar a simple vista, la situación es preocupante. En este escenario persiste un dato curioso: todavía muchos argentinos se ven a sí mismos como integrantes de la clase media, pese a que sus ingresos familiares los ubican más bien cerca de la base de la pirámide social. Los cambios que experimentaron en las últimas décadas la economía, la sociedad y el mercado laboral fueron configurando, entre otras cosas, un nuevo protagonista: el trabajador al que, aún con empleo formal, sus ingresos no le permiten cubrir las necesidades básicas.
Si alguna vez hubo alguna intención de construir un país con una sociedad más equitativa, eso quedó en los libros de historia. A mediados de los años 70, más precisamente antes del golpe de Estado del 76, la sociedad argentina era saludablemente más homogénea. La dictadura se encargó de fragmentarla para beneficiar a unos pocos y para ello amordazó la opinión pública y prohibió toda actividad política o sindical; de esa manera tuvo el camino para allanar en forma drástica la participación de los asalariados en el PBI.
Con el regreso de la sociedad a la vida democrática los intentos realizados para recomponer el tejido social no lograron sentar las bases de una recuperación del entramado social a largo plazo. El serbio Branco Milanovic, uno de los economistas contemporáneos que más ha estudiado el problema de la desigualdad, sostiene que ese problema se ha convertido en uno de los principales a resolver en los países de Occidente. Y Argentina, lamentablemente, no es la excepción.
Según Milanovic, en las naciones con altos niveles de desigualdad la marcada concentración del ingreso en pocas manos refuerza el poder político de los pocos que más tienen, y eso hace que los cambios a favor de los sectores más postergados en materia de política tributaria, en el financiamiento de la educación pública y en el gasto en infraestructura sea menos probable.
Esa observación puede complementarse con un dato aportado hace unos años por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) al analizar la falta de equidad en los países. Según esa organización, un niño que nace en un hogar pobre de la Argentina necesitará al menos seis generaciones para mejorar sus condiciones de vida y salir de la trampa que representa pertenecer al grupo más postergado.
El estudio analizó variables relacionadas con los ingresos, la posibilidad de acceso a una vivienda digna y a servicios de salud, entre otros factores considerados indispensables para garantizar cierto grado de movilidad social ascendente.
El análisis, que se llevó a cabo en 36 países, entre ellos la Argentina, concluye que en la mayoría de las naciones observadas la movilidad social entre generaciones prácticamente no existe desde la década del 90.
En las últimas décadas el país padeció una recesión cada tres años. Y cada vez que eso ocurrió, millones de argentinos volvieron a caer en la pobreza y la indigencia. Salir de esa situación demandará tiempo y por eso es importante que los representantes de las distintas fuerzas políticas y los referentes de los diferentes sectores de la comunidad comprendan que no es momento de enfrentamientos estériles.
La historia enseña que la conflictividad social tiende a aumentar en las sociedades más fragmentadas socialmente que sufren un continuo aumento de la desigualdad.










