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Curva peligrosa

Sergio Massa ya está instalado en el centro del poder político nacional. Su aterrizaje en el Poder Ejecutivo se formalizó con una ceremonia que tuvo todas las características de una asunción presidencial. Un Alberto Fernández sombrío puso en funciones al jefe del Frente Renovador, uno de los accionistas principales de la coalición armada por Cristina Kirchner en 2019. Massa, rutilante, parecía sumar energía con el sonido de cada captura fotográfica.

El clima de nuevo ciclo era tan intenso que por un momento todos quienes se amontonaron para el acto en Casa Rosada olvidaron que afuera el país quemaba. Tanto que el mismísimo Massa ingresó a la sede gubernamental en un vehículo golpeado a puñetazos y patadas por un grupo de manifestantes concentrado junto a las vallas del exterior. Uno de ellos, un joven de clase media, se largó a llorar tan pronto un cronista televisivo le preguntó por qué había actuado así. "Ni estos, ni Macri, ni los periodistas tienen idea de lo que es levantarte y no saber si tu familia va a comer", dijo, quebrado.

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Son anécdotas de un tiempo lleno de señales, especulaciones, riesgos y operaciones. Es difícil saber qué cosas son auténticas y cuáles forman parte de un intento de "crear clima". Pero lo que parece indiscutible es que la tensión en las calles se incrementó sustancialmente en lo que va del año, y particularmente en los últimos meses con la aceleración del proceso inflacionario. Los precios pusieron cuarta y el grueso de la población se siente cada vez más lejos de alcanzarlos. Para millones de personas el problema ya no es tener que privarse de algunos gustos, sino estar imposibilitados de acceder a cuestiones básicas.

A los comedores comunitarios ya no llegan solamente niños, también van sus padres, sus hermanos mayores, los abuelos, a buscar un vaso de leche o un plato de comida. Los hospitales públicos se saturan porque atienden a su población de siempre, pero también a trabajadores con empleos en blanco que tienen obra social pero no pueden pagar el "plus médico" que se cobra en clínicas y consultorios, ni comprar los medicamentos. En las calles se hacen más visibles los jóvenes, adultos y viejos que ofrecen algo al paso en los semáforos o revisan bolsas y contenedores de residuos para conseguir algunos pesos en las chacaritas.

Un dirigente pyme del Chaco contaba que un importante dirigente piquetero nacional, con relevante rol en el gobierno de Alberto Fernández, le confesó: "Yo tengo contenida solamente a diez por ciento de mi gente". De esa manera indicaba que nueve de cada diez integrantes de su movimiento social no tienen resueltas las necesidades más elementales del día a día. Si eso sucede con un aliado importante del presidente, ¿qué queda para el resto?

CRISIS VORAZ

Este momento social, que tiene bajo zozobra no solamente a las franjas más postergadas sino también a trabajadores de ingresos medios y a empresarios pequeños y medianos -a los que se les queman los libros para la interminable reinvención a la que se ven obligados desde hace muchísimo tiempo para lograr la subsistencia de sus emprendimientos-, esmerila todo con voracidad. La asunción misma de Massa ya parece un suceso lejano, envejecido por la crudeza de la crisis, por las incertidumbres que no se despejan, por la ansiedad de quienes esperan alivio y por la persistencia de las pujas internas del Frente de Todos.

Esas turbulencias en el vuelo apenas iniciado del superministro no son poca cosa, si se tiene en cuenta que para muchos Massa es la última carta que puede jugar Alberto para rescatar su gestión. Siempre es difícil saber cuáles son los límites en la política, y los medios solemos subestimar esa elasticidad, pero en verdad cuesta imaginar cómo lograría sostener el presidente su autoridad formal si se le derrumbase un cambio que se presentó como la gran jugada disruptiva que podía salvar del colapso a la gestión.

"Hay 2023", repiten algunos referentes oficialistas, como un conjuro. Si no fuera por el número de año, sería la misma expresión que el peronismo se dedicó a sí mismo a partir de 2018, cuando la situación económica y social se le iba definitivamente de las manos al gobierno de Mauricio Macri, que parecía imbatible luego de ganar las elecciones parlamentarias de 2017. "Hay 2019", decía la entonces oposición. Era reconocer que hasta allí se veía al ’19 como el escenario de una nueva derrota en las presidenciales, y un modo de mostrar el entusiasmo recuperado por la posibilidad del regreso al poder. La diferencia entre aquel momento y este es que la frase actual no parte de una fuerza que batalla desde el llano, sino de la coalición que gobierna desde hace dos años y medio. Esta vez la lectura subliminal es que el FdT ve como muy probable que el año próximo las urnas lo castiguen. El nuevo rol de Massa lleva consigo su esperanza de que esas perspectivas se reviertan.

GOBERNADORES EN ALERTA

Entre los más preocupados por el panorama están los gobernadores. Los que integran el FdT se cansaron de esperar y alzaron la voz para reclamarle a Alberto que enderezara el rumbo antes de que fuera tarde. "Si no hacés algo, en dos semanas no vas a estar", llegó a decirle uno de ellos cuando todavía Silvina Batakis llevaba adelante su vida de mariposa en el Ministerio de Economía y se llevó a cabo una reunión entre Fernández y los mandatarios.

Fue tras ese encuentro que el presidente se vio a solas con Jorge Capitanich, una charla de aproximadamente una hora que no tuvo contenido oficial. Por eso no se difundió siquiera una foto de ese mano a mano. No fue, aparentemente, una charla tranquila. El gobernador chaqueño dijo en su momento que el diálogo fue solamente para hablar de la situación económica y acercar algunas ideas sobre cómo atenderla. Pero habría habido más que eso: un fuerte reclamo por la desconexión que desde las gobernaciones veían entre el agravamiento de la crisis y las reacciones del jefe de Estado.

El meneo podría haber acelerado la decisión de Fernández de recurrir a Massa, una alternativa que ya se había barajado ante la salida de Martín Guzmán pero que aquella vez quedó descartada por la resistencia a aceptar las exigencias planteadas por el hombre de Tigre. La nueva disparada del dólar y de los precios, más las presiones internas, hicieron que lo que antes era inaceptable pasara a ser viable.

El reclamo de los gobernadores no es mera comodidad. Hace rato que perciben que las "zonas de confort" tienen el tamaño de una baldosa. Los intendentes también reportan que el horno no está para bollos. En realidad ni para cualquier otro panificado.

La provincia del Chaco tiene equilibrio fiscal y una buena reserva de recursos (se habla de dos masas salariales enteras del sector público), pero si los índices inflacionarios se mantienen indomables cualquier previsión quedará corta. La variación de las partidas de coparticipación fue muy buena en julio, con un incremento nominal interanual de casi 100 %, pero el monstruo inflacionario mastica de manera insaciable. Por ejemplo, obligará tarde o temprano a renegociar acuerdos salariales y a destinar importantes sumas a cumplir con las "cláusulas gatillo". Las pautas salariales de principios de año se fijaron cuando la proyección inflacionaria era de 50 a 60%, y ahora los cálculos hablan de un piso de 90% cuando se agote 2022, con una base de arranque muy alta para 2023. Hasta ahora el gobierno de Capitanich se fue adelantando a los planteos sindicales, moviendo hacia adelante incrementos pautados para otros meses del año y agregando recomposiciones.

Esa estrategia logró que, pese a un contexto tan recalentado, el sector público se mantenga con actividad casi normal y –el milagro mayor- que el ciclo escolar marche sin mayores contratiempos. Con todo el desbarajuste económico actual, en otros tiempos el sistema educativo hubiese estado paralizado por medidas de fuerza. En vez de eso, la provincia hasta logró un inicio sin sobresaltos del nuevo horario del nivel primario, que agregó una hora diaria más de clases. ¿Qué falta? Ayer, al visitar este diario para una entrevista a fondo (parte de la cual se puede leer en nuestra edición de hoy y tendrá otros capítulos en las jornadas siguientes), el propio gobernador reconoció que la deuda es la calidad. Están las inversiones en infraestructura y la accesibilidad. Hay que seguir subiendo niveles.

El mar de fondo en cada tema es el temor a que la realidad estalle. Las variables que inciden en la vida cotidiana de la gente común hacen hoy esa clase de sonidos que los argentinos aprendimos a temer como al mismísimo infierno.

Lo que logró la inminencia de los peores peligros es que aparezcan en el debate público cuestiones casi nunca aceptadas e incluso consideradas una extravagancia neoliberal, como la necesidad de que cualquier programa de gobierno prevea un equilibrio entre recursos y gastos. Decir que no se puede vivir con déficit fiscal dejó de ser una herejía apátrida.

El país está en la entrada de una curva peligrosa. Ya ni importa quién maneja, hay que rezar para que lo haga tan bien como nunca antes en su vida.

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