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Bésame mucho

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La mujer que hablaba apagó la colilla del Marlboro en el cenicero. El rouge había manchado el filtro. De niño llegué a creer que lastimaban al cigarrillo, que ésa era la sangre del cigarrillo. Yo era muy fantasioso y papá –al escuchar mis comentarios- me miraba con sus ojos saltones y decía en voz baja: Para mí, vos me saliste medio loco.

Me acuerdo que era el largo verano que no llovió nunca; la sequía endurecía los caminos de tierra y levantaba polvaredas que, tras el paso de los autos, quedaban suspendidas en el aire por unos minutos. Y me acuerdo que era jueves porque era el día en que la abuela compraba helados como bajativo.

Ella, la mujer que ensangrentaba cigarrillos, vestía de azul, se veía mucho más joven de lo que era y fruncía los labios cada vez que terminaba una frase, como si besara el aire. Me parecía encantador ese gesto. El pelo negro de raros reflejos rojizos rodeaba su cara de rasgos delicados. Tenía dos lunares en el cachete izquierdo y sus ojos eran de color ámbar, lo cual le confería una mirada dulce y apremiada. Parecía desearte sin respiro.

Me recordaba a mamá, digo, ese glamour que, según papá, era propio de una mujer con aire aristocrático. Mamá había muerto dos años antes y que esa mujer estuviera en el living parecía un milagro. Por momentos fantaseaba que mamá nos estaba visitando.

La mujer de azul hablaba con la abuela María sobre unas propiedades que le quería comprar, unas hectáreas cercanas a Colonia Baranda. En un momento dado, la abuela la llamó Azucena, fue así como me enteré de su nombre. El corazón tembló, un calor intenso me puso colorado y fijé entonces mi mirada en sus ojos. Me sentí pillado y bajé la vista. Un nuevo escozor desató mi sangre al descubrir sus perfectas rodillas blancas. Imaginé que sonreía, que se burlaba de mí. Mis hormonas habían explotado, diría después papá.

Me hacían usar pantalones cortos. Ya tenía casi trece años y le había pedido mil veces a papá que me comprara unos de hombre, me cargaban en la escuela y ahora Azucena estaría juzgándome como si fuera un nene de mamá, de patas peludas.

Cuando terminaron el cafecito, Azucena y la abuela se pusieron de pie y empezaron a despedirse. Duró como diez minutos el asunto, besos, promesas, compromisos de compra, bajo los caireles de cristal de la ampulosa araña que colgaba sobre el living. Azucena no me dio ni cinco de bolilla, me dijo chau con un movimiento de deditos, hizo un mohín como si me tirara un beso, me dio la espalda, y se perdió en el pasillo rumbo a la salida, taconeando. 

Dejó tras de sí un perfume raro, exótico, inolvidable. Y también me dirigió una última mirada. Fue como si abandonara sus ojos en mis ojos, como si me hubiera pedido que se los guardara. 

Con artilugios le sonsaqué a mi abuela el domicilio de Azucena. A la tardecita, a la hora de las chicharras y del calor de noviembre, pasé en bici unas noventa veces frente a su casa. Ni una señal de ella. La casa cerrada era mortificante y me recordó a los mausoleos de los cementerios. Me deprimí, pensé que estaba loco, que me imaginaba cosas: ella ¿por qué repararía en un pendejo que usa todavía pantalones cortos?

Escribí poemas ("Tengo en mi corazón, encendido, quemándome, tu cigarrillo y tu boca roja dibujada en el filtro"), dejé de jugar picados con los vagos de la canchita Argoitía y me dediqué a padecer a Azucena en el Anfiteatro del Parque 2 de Febrero, en soledad, deseándola sin poder sostener en mi mente una sola imagen de ella desnuda; yo jamás había tenido sexo, e imaginarlo era como imaginar una calle de Bombay.

Cuando cumplí los trece me regalaron mis primeros pantalones largos. Papá me enseñó a afeitarme con Legión Extranjera mientras me hablaba, en murmullos incompresibles, de la erección, de cuidado, no las dejés embarazadas, de que el pito no se mete en cualquier lado, guarda con la sífilis, que después se te va a caer a pedazos.

Aquella tarde salí a la calle perfumado (papá me dejó usar su Old Spice), sintiéndome un hombre, y de pronto, me sacudió una brusca nostalgia por mis soldaditos de plomo y mis cuarenta y cinco bolitas: supe que jamás volvería a jugar con ellos.

Recordé las palabras de la abuela:

Ya tenés una gran juventud adentro, y tenés que cuidarla y solo acercarte a personas que te despierten confianza, que te gusten y que te quieran. 

¿Mi abuela hablaba de Azucena, de que tenía que acercarme a ella? ¿Mi abuela sabía que yo estaba enamorado?

Un calor volcánico me paralizó cuando estaba por salir de casa. Estaba decidido a ir a buscarla, estaba dispuesto a decirle que la amaba y que quería hacer el amor con ella, que la diferencia de edad no me importaba, que la felicidad era otra cosa.

Ya en la esquina vi su auto estacionado. Un Rambler Ambassador celeste brillante como un yate en alta mar. Temblaba cuando toqué el timbre. Un perro entró a ladrar como si estuviera drogado. Casi salí corriendo. Me contuve. Me faltaba el aire. Era muy fea la sensación de que el cuerpo se me había disuelto como el gas de un globo. Y el perro, ensañado, rasguñando la puerta de entrada, no paraba de ladrar. Hasta que la puerta del Edén finalmente se abrió.

Echó al perro de una patada, sus ojos se abrieron de sorpresa y sonrió con su boca roja y húmeda y cruzó los brazos rosados ocultando sus pechos. El deshabillé negro transparentaba su piel pecosa y podía percibir su respiración recorriéndole el cuerpo.

Me preguntó qué estaba buscando, me hizo pasar, me invitó a sentarme en un sillón del living y desapareció en la zona de las habitaciones. Regresó cubierta con una bata lila con estrellitas y se sentó a mi lado, entrelazando sus manos y dejándolas reposar en sus rodillas.

Fue en ese instante en que me desmayé. Volví en mí cuando su voz me susurraba y me hacía oler un pañuelito impregnado con su perfume. Ella había prendido un cigarrillo. El filtro tenía la marca de su rouge.

Una vez recuperado, no tenía fuerzas para decir una sola palabra, la miraba espantado, con lágrimas en los ojos, frío como un pingüino.

Entonces ella me dijo, acariciándome una mano.

-¿A qué viniste?

Mi silencio daba vértigo.

-¿Te gusto?

Me había convertido en momia, me veía desorbitado y tieso y ya no sentía nada. Solo quería huir.

Acercó su boca a mi mejilla y me dio un beso suave, tibio, con olorcito a pasta dental.

Fijó sus ojos en los míos y me dijo:

-Sos muy lindo, vas a tener novias hermosas, todas las que quieras…

No puedo dar cuenta de cómo me fui de su casa. Una niebla romántica me impedía revivir los pocos minutos que duró la despedida. Agarré la bici y empecé a dar vueltas por las calles. Creí que jamás me detendría.

Cuando la luna roja de la sequía tropezaba con las copas de los árboles, regresé a casa confuso de amor y melancolía. 

¿Alguien habrá besado tantas veces a una mujer inalcanzable?

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