Salvar lo que queda
La Argentina no cambia sino a fuerza de catástrofes. Lo tenemos aprendido .
El devenir de los acontecimientos actuales hace temer que la ecuación vuelva a confirmarse. Mientras, el agravamiento cada vez más acelerado de la crisis económica –y su correlato social- no solo no moviliza a la clase dirigente hacia un entendimiento amplio acerca de cómo evitar que el avión se estrelle contra el suelo, sino que ni siquiera es un estímulo suficiente como para que la propia fuerza gobernante se encolumne detrás de una misma estrategia de salida. Digamos que no es sorprendente.
La historia nacional, una vez concluidas las gestas de la Independencia, no se caracterizó precisamente por la grandeza "transversal" de las principales figuras de cada época. La tradición argentina es que la fracción que accede al poder ignora o busca aplastar a las que están fuera de su círculo de sociedades y alianzas. Gobernar se ha entendido, generalmente, como un acto de dominación.
Tal vez el último intento más o menos real de un gobierno "de unidad nacional" (fórmula tantas veces repetida en boca de nuestras personalidades) haya sido el que ensayó Juan Domingo Perón en sus conversaciones con Ricardo Balbín, el caudillo radical, cuando el líder justicialista regresó al país luego de 18 años de exilio y encaró en 1973 su tercer mandato presidencial. Pero era un Perón acabado físicamente, que moriría al año siguiente, desbordado por una realidad huracanada.
Llegaría la dictadura, y fue necesario el trauma de Malvinas para que el país asumiera que la democracia era el único camino posible para volver a ser una nación civilizada. El fuerte liderazgo del primer presidente del nuevo Estado de derecho, Raúl Alfonsín, alimentó la idea de un "tercer movimiento histórico" que aglutinara a las fuerzas populares en un proyecto común. La tan repetida como frustrada aspiración de una versión argentina de los Pactos de la Moncloa, que en España permitieron dejar atrás el primitivismo del régimen franquista y fecundar un proyecto de nación próspera y moderna.
Sin embargo, esa semilla nunca habría de germinar aquí. Por un lado el alfonsinismo, al ratificar en 1985 la supremacía electoral de 1983, cayó en la crónica tentación de los partidos políticos argentinos de interpretar el apoyo de la ciudadanía como el otorgamiento de un carné de superioridad definitiva. La soberbia radical se conjugó con las reticencias del peronismo más ortodoxo, que nunca le perdonó a Alfonsín haberle quitado el invicto en las urnas.
Otro sector del PJ, más renovador y referenciado en Antonio Cafiero a partir de 1987 (cuando el justicialismo volvió a ganar y se perfiló para el retorno al poder en 1989), tuvo actitudes generosas (como la solidaridad con el gobierno ante el alzamiento militar carapintada en la Semana Santa del ’87) que no fueron capitalizadas luego, y la ocasión se dejó pasar.
La salida apresurada del poder por parte del presidente de la UCR, en el ’89, volvió a retratar la incapacidad nacional para el consenso y la facilidad para la conspiración. La hiperinflación fue aprovechada por dirigentes partidarios y gremialistas del peronismo (ya con Carlos Menem convertido en nuevo líder y candidato presidencial, tras su asombroso triunfo sobre Cafiero en la interna justicialista de 1988) para terminar de empujar al gobierno ladera abajo, avivando la agitación social y la disparada cambiaria que exterminó el crédito del presidente saliente.
Los ‘90
Las elecciones del ’89 se adelantaron a mayo de ese año, y Menem ganó con holgura. El incendio inflacionario le dio margen para aplicar una política económica totalmente opuesta a la que había predicado en la campaña. Tras asumir, acuñó una frase para la historia: "Si hubiera dicho lo que pensaba hacer, nadie me hubiera votado". Un salmo memorable en la biblia de la política nacional.
Menem también tuvo su propia híper, a poco de arrancar la gestión, con Erman González como ministro de Economía. Pero llegó Domingo Cavallo con el Plan de Convertibilidad bajo el brazo, y la imagen del presidente se gardelizó tan pronto los índices de costo de vida bajaron a niveles históricamente bajos.
Desde una acumulación de poder que pocos jefes de Estado tuvieron en la Argentina, el riojano tampoco vio la necesidad de abrir el juego hacia la oposición, excepto cuando ingresó a la segunda mitad de su mandato y en el horizonte apareció el obstáculo constitucional para una reelección. Entonces Menem acordó con Alfonsín el Pacto de Olivos, un trato que habilitó el segundo mandato consecutivo a cambio de algunas reformas que, en teoría, iban a mejorar la calidad institucional, como la creación del Consejo de la Magistratura, el acortamiento de los mandatos presidenciales (de seis a cuatro años) y otras cláusulas plasmadas en la reforma realizada en 1994. Pero en la modificación del texto constitucional se agotó todo. Después, cada uno a su casa y a su juego.
El estallido
Menem ganó sin problemas su segundo turno en 1995 y las elecciones de 1999 llegaron con la economía cayéndose a pedazos. Recesión, desempleo y pérdida de competitividad internacional. Llegaba el tiempo de Fernando de la Rúa, a la cabeza de una alianza entre la UCR y el Frepaso, un conglomerado de peronistas disidentes y dirigentes de centroizquierda.
El nuevo presidente nunca logró controlar la crisis heredada, y la oposición se restregaba las manos viendo cómo las llamas avanzaban. En diciembre de 2001 el aislamiento fue todavía más evidente. Una convocatoria de De la Rúa a los gobernadores peronistas, intentando negociar con ellos una suerte de cogobierno de emergencia, tuvo como respuesta el vacío más absoluto. Los tiburones ya habían percibido que en el agua había sangre, y esperaban su momento. Un helicóptero despegando desde los techos de la Casa Rosada completó las señales, mientras la explosión de la crisis social provocaba decenas de muertes en las calles del país.
Llegó entonces la seguidilla de presidentes interinos que desembocó en la designación de Eduardo Duhalde, posiblemente el último hombre con sentido común que ocupó el Poder Ejecutivo Nacional. Aun con errores y vicios característicos, supo priorizar lo más necesario, escapar del fuego, y evitó alimentar esas confrontaciones que fascinan a la tribuna pero restan para todo lo demás. Tuvo en el Ministerio de Economía a dos personas a la altura de los acontecimientos, primero Jorge Remes Lenicov, a quien le tocó la ingrata misión de desconectar el respirador de la convertibilidad, y luego Roberto Lavagna.
Duhalde tuvo el gesto de autoexcluirse de la carrera presidencial de 2003. "Hubiese sido una inmoralidad", dijo la semana pasada, cuando recibió el doctorado honoris causa que le otorgó la Universidad del Chaco Austral y recordó aquellos tiempos. Se refería a que habiendo sido elegido por el Congreso mediante un acuerdo entre todas las bancadas, no podía aprovecharse de su alojamiento en el poder para alimentar una aspiración personal. ¿Alguien vio algo parecido en todo lo que hubo después y hasta nuestros días?
Por provenir de un hombre con su experiencia, que jugó un rol crucial en un momento dramático de la Argentina, otros tramos de su mensaje de hace días adquieren un valor singular. Por ejemplo, dijo, con tristeza, que el peronismo perdió su condición genética fundamental, la acción política en favor del trabajo y la producción. Y soltó una definición quirúrgica: "El problema no está en lo que la Argentina debe, sino en lo que la Argentina no produce".
Presente y futuro
Lo que sucedió más cerca en el tiempo no necesita repasos. De nuevo estamos parados en un presente que quema, y no vemos grandes ejemplos de predisposición al diálogo verdadero, ese que se convierte en hechos. Los hay, pero desparramados e inconexos a uno y otro lado de la grieta. Alguna vez, quizá, se dé un saludable reacomodamiento que agrupe en una vereda a los que de veras quieren construir una nación con progreso y equidad, con realismo y sin esperar que el planeta gire al revés de como lo hace, y en otra a los que esconden bajo banderas sagradas sus ansias de enriquecimiento personal y su manera patológica de entender el ejercicio del poder. Ojalá el año próximo tengamos la oportunidad de elegir no entre diferentes maneras de manifestar la locura y la mezquindad, sino entre hombres y mujeres capaces de potenciar todo lo bueno que aún pervive en esa porción de la ciudadanía que trabaja, produce e invierte, aun cuando todo le grita cada día que rinden más el delito, la holgazanería, la corrupción y la complicidad. Gente que ya ni siquiera pide que la asistan, porque lo que reclama es que, simplemente, dejen de llenarle de piedras el camino.










