True crime: la fascinación del mal
Un libro que cambiará la manera de ver el true crime (crimen verdadero). ¿Por qué nos fascina la violencia y en particular el asesinato? ¿Cuánto hay de ficción y de realidad en los productos que se presentan bajo la etiqueta de true crime?

Al buscar la respuesta a estas preguntas, Vicente Garrido nos ofrece un extraordinario análisis del crimen a partir del relato característico del true crime: la mente criminal, la escena del crimen, los investigadores, las víctimas, el juicio y la condena.
Partiendo de numerosos ejemplos literarios y audiovisuales, desde las novelas de Truman Capote y Norman Mailer hasta las series más famosas de Netflix y HBO, pasando por crónicas y ensayos de expolicías y periodistas de investigación, el autor nos devela cómo el estudio del true crime, por medio de los principios fundamentales de la criminología y otras ciencias afines, nos permite reflexionar sobre la naturaleza de la violencia humana.
Ante el aumento exponencial de las series documentales o de ficción basadas en crímenes reales, así como de la novela policíaca y negra, Vicente Garrido analiza más de sesenta productos culturales, entre libros, películas, series, podcasts, etc., para mostrarnos no solo la narrativa propia del true crime, sino lo que este género puede enseñarnos sobre la maldad.
Vicente Garrido Genovés nació en Valencia, España, en 1958. Es catedrático acreditado de Criminología en la Universidad de Valencia, así como una de las autoridades más reconocidas en el ámbito de la criminología violenta. Fue consultor de Naciones Unidas y asesoró en diferentes casos a la policía y la Administración de Justicia. Entre sus libros destacan El rastro del asesino, Cara a cara con el psicópata, Los hijos tiranos, Asesinos múltiples y Nuevos perfiles criminales.

PRIMERA PARTE (FRAGMENTO) EL FENÓMENO DEL TRUE CRIME
En esta primera parte empezamos con dos novelas de ‘no ficción’. En el capítulo 1 (Pasión por el crimen) presentamos dos libros que tienen en común la obsesión de sus autores por explorar crímenes reales. En Furious Hours, Casey Cep investiga el afán de Harper Lee por escribir la historia criminal con la que retornaría a las librerías, un tema que fascinaba a la autora de Matar a un ruiseñor.
Lee ya contaba con la experiencia de moverse sobre el terreno, como puso de manifiesto la ayuda decisiva que prestó a su amigo Truman Capote cuando se desplazó con él al estado de Kansas para investigar el homicidio múltiple de los Clutter, que daría lugar a la obra fundacional del género: A sangre fría.
Sin embargo, Harper Lee, que creció asistiendo al juzgado donde su padre ejercía de abogado, no pudo culminar su tarea. Aunque quería escribir sobre un asesino en serie al que la policía nunca pudo echarle el guante y que tuvo que ser ajusticiado mediante un acto de venganza privado, Lee, al final, fue incapaz de hacer frente a todas las dificultades que se le presentaron.
En la segunda obra analizada, La auténtica Lolita, Sarah Weinman nos lleva al corazón creativo de una novela que marcó la segunda mitad del siglo XX: Lolita, y lo hace revelando que existió una verdadera Lolita, un caso criminal del que Nabokov se sirvió para culminar la obra que le había obsesionado durante muchos años.
El capítulo ‘True crime’ nos introduce en el fenómeno del crimen real y su enorme expansión de los últimos años. ¿Qué es el true crime y qué nos enseña? ¿Qué tienen en común las obras audiovisuales que están captando el interés de millones de espectadores? ¿Qué es lo que nos atrapa de una serie documental o de ficción basada en hechos reales?
El capítulo 3 se ocupa de la exitosa serie de ficción True Detective (primera temporada). Puede sorprender que en este libro nos ocupemos de una serie que es totalmente ficción, pero es que True Detective ejerció una enorme influencia en el estilo que el true crime iba a adoptar, y además presenta muchas de las obsesiones y angustias que el producto del crimen real lleva ante los lectores y (sobre todo) los espectadores.
Representa de forma extraordinaria la filosofía existencial que subyace en series como The Keepers, Creedme o Chernobyl, y en novelas como Ifigenia en Forest Hills o Läetitia o el fin de los hombres, todas las cuales comentaremos a lo largo del libro. El capítulo 4 (y último) aborda, por razones obvias, A sangre fría.
Analizamos la obra de Capote teniendo en cuenta sus claves narrativas y la relación existente entre el crimen real y su representación artística, así como la importancia de que el autor se involucre en la vida de los personajes sobre los que escribe, algo determinante en esta novela.
PASIÓN POR EL CRIMEN
Casey Cep, Furious Hours: Murder, Fraud and the Last Trial of Harper Lee (Horas furiosas: asesinato, fraude y el último juicio de Harper Lee), Londres, Random House, 2019.
Cuando el reverendo Willie Maxwell, de cincuenta y dos años, asesinó a la hijastra de su tercer matrimonio, Shirley Ann Ellington, de solo dieciséis, estaba lejos de saber que esta iba a ser su quinta y última víctima debido a que cometió un monumental error de cálculo o, si se prefiere, que no fue capaz o no creyó necesario conocer bien a la familia de la adolescente.
Porque, de haber averiguado el carácter del tío de Shirley, Robert Burns, se habría guardado mucho de cometer ese homicidio, y el día 20 de junio de 1977, una semana después de que matara a Shirley, no se habría convertido en el último de su vida.
Seguramente, el reverendo murió consternado, asombrado; ni en un millón de años habría esperado morir como un perro en una iglesia, y menos aun cuando estaban celebrando el oficio por el descanso eterno de Shirley; pero, llegados a este punto, solo podemos concluir que, como sucede con tantos asesinos en serie, llegó un momento en que el reverendo sencillamente creyó estar protegido contra la acción de la justicia y que, en tanto en cuanto él fuera diligente en la ejecución de sus crímenes y no cometiera errores, su ‘negocio’ podría continuar por tiempo indefinido.
El escenario de esta historia es el sureño estado de Alabama, donde nació y creció Willie Maxwell, un americano negro que, después de trabajar durante años en la industria maderera y en los campos de maíz, comprendió que sus oportunidades sociales y financieras prosperarían si era capaz de destacar de algún modo, a lo que sin duda le ayudaba su rostro bien formado y una buena labia.
Así que un primer paso en ese sentido fue autoproclamarse pastor de una iglesia metodista, y el segundo casarse con una buena mujer que lo mantuviera y le diera la imagen de respetabilidad de un hombre casado. Por desgracia, Mary Edwards no solo fue su primera esposa, sino también su primera víctima.
La encontraron golpeada y estrangulada en su coche, cuando se disponía a ir a buscar a su marido, quien había llamado previamente a una vecina para pedirle que su esposa fuera a recogerle, pues había tenido un percance. El asunto pintaba muy turbio según la opinión del sheriff del condado y de la fiscalía, así que decidieron sentarlo en el banquillo de los acusados.
El juicio, sin embargo, fue decepcionante, ya que la vecina a la que el reverendo había llamado esa noche, la señora Darkis Anderson, principal testigo de la acusación, contó ante el jurado algo totalmente distinto a lo que había relatado a la policía: Maxwell fue declarado inocente.
Hubo un hecho crucial que explica el cambio inesperado de declaración de la señora Anderson: antes de que se iniciara el juicio, se había convertido en la segunda esposa de Willie Maxwell.
Fue una mala decisión por su parte, de eso no cabe duda, como el tiempo demostraría a no mucho tardar. Pero, en 1971, la segunda víctima fue un hermano del reverendo, a quien hallaron muerto en la cuneta de una carretera. Según el patólogo, la causa de la muerte fue un excesivo consumo de alcohol y la exposición a una meteorología adversa.
La segunda señora Maxwell tuvo que esperar hasta 1973 para recibir el premio por haber mentido en el juicio de su esposo, y llegó al final de sus días tirada en el suelo de su vehículo, no lejos de su casa. El forense certificó que la causa de la muerte fue ‘bronquitis aguda’, muy similar en sus síntomas a la asfixia.
Bueno, ¡dos esposas y un hermano en cuatro años, los tres fallecidos en sus vehículos! ¿Qué hacía la justicia? No cabe duda de que la fiscalía estaba irritada, aunque solo fuera porque apenas podía hacer otra cosa más que investigar y cerrar el caso: no había nada que incriminara al reverendo, al menos en aquellos años lejanos en la rural Alabama, a un universo de separación con respecto a la idea que hoy tenemos de un equipo forense al mando de la más deslumbrante tecnología.
La frustración de la ley estaba también motivada porque el móvil de esos crímenes parecía claro como el agua: Maxwell cobraba una importante cantidad de dinero de los seguros de vida que él previamente había suscrito a nombre de quienes iban a morir tiempo después.
En aquellos años, en muchos estados de la Unión, un individuo podía asegurar la vida de otro, incluso sin necesidad de que el asegurado supiera nada al respecto. Y Maxwell se había percatado de que ése era un negocio excelente: tan solo tenía que tener cuidado y estar lejos del lugar cuando se encontrara el cadáver.
Y, si las compañías de seguros se ponían intransigentes y, oliendo juego sucio, se negaban a pagar, el beneficiario se querellaba contra ellas e indefectiblemente salía ganando, porque, por mucho que fuera sospechoso que la gente asegurada por el reverendo contrajera poco después el hábito de fallecer, no existía base legal para negar el pago de las indemnizaciones estipuladas.
Así pues, nuestro hombre no veía más que beneficios en el negocio. Por supuesto, la comunidad de Alexander City, donde vivía, no paraba de murmurar, y muchos le tenían miedo, porque el reverendo tenía fama de dominar la práctica del vudú, así que era mejor no importunarle.
Entonces le llegó el turno a James Hicks, un sobrino suyo quien "inexplicablemente —escribió el reportero Ray Jenkins— se había salido de la carretera de la autopista del condado de Coosa, y las heridas que presentaba no podían explicar la causa de la muerte, razón por la cual los patólogos, desconcertados, llegaron a la conclusión de que había fallecido por causas naturales".
Ahora bien, esta vez la jugada no acabó de salirle bien, porque Maxwell había hecho el seguro de vida nombrando como beneficiaria a la madre del chico —su hermana—, confiado en que podría convencerla de que él gestionaría mejor el dinero; pero al final su hermana no estuvo de acuerdo y Maxwell no vio ni un dólar de la indemnización.
Esto explica que al año siguiente volviera a las andadas, esta vez con la hija de su tercera mujer, la joven Shirley. Y de nuevo poniendo en práctica el mismo escenario: aparentemente, Shirley había muerto porque el automóvil le cayó encima de la cabeza mientras cambiaba una rueda en una carretera del condado de Coosa, pero los forenses determinaron que ya estaba muerta antes de que el coche la golpeara.










