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El gran escritor desconocido

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Hay que escribir más, leer más y escribir más, nos decía el escritor Vallejo, el único que teníamos en muchos kilómetros a la redonda y el único, entonces, que podía dictarnos un taller literario. Fue lo más claro que escuchamos de él. Su estilo era confuso y algo barroco. 

Si bien Vallejo mostraba un parche en un ojo, aquello no era más que un detalle que buscaba hacerlo memorable. Digo que no era tuerto. Gordo y alto, Vallejo usaba trajes claros o blancos, grandilocuentes, como un actor de reparto paseando por una escena de Casablanca.

Sorpresivamente, un día cerró sus clases de taller y dejó de escribir. Ahora que vive en nuestra ciudad un escritor como Felipe Llanos, lo menos que podemos hacer es honrarlo con nuestro silencio literario.

Se inmoló como un bonzo, comentamos con mi primo Cachito. Felipe Llanos… no nos sonaba.

En verdad, desconocíamos a tan insigne escritor, y la curiosidad y el intenso misterio nos empujaron a tratar de ubicarlo, pero Vallejo puso en secreto el domicilio de Felipe Llanos, su persona y sus fotos (que, de por sí, eran inhallables).

Todo empezó en el comienzo del verano del ´65, en Saladillo, provincia de Buenos Aires. Yo había nacido allí y allí pasé buena parte de mis años jóvenes. Con el Loco Yáñez soñábamos con ser escritores y seguíamos a Vallejo como a un Moisés literario. De modo que, perdido por perdido, le pedíamos que nos leyera textos del famoso escritor Llanos y que nos contara sobre su vida.

El único texto del enigmático de Felipe Llanos que alguna vez nos leyó Vallejo era escueto y más bien estúpido. Uno esperaba más de un escritor tan festejado por nuestro escriba pueblerino.

El texto decía: "…en plena canícula, sedientos como camellos mitológicos, el hombre expresó: siento el olor de una palmera macho. Y olisqueó por doquier tras un poco de sombra, carajo…". Aunque parezca mentira, Vallejo se veía francamente extasiado.

Después de ese desencanto, siguió la saga de momentos extravagantes de la vida de Llanos, que para Vallejo no eran momentos extravagantes sino simplemente acaeceres lógicos de la existencia de un genial artista. Toda esa gesta relatada por nuestro amigo me evocó aquella serie de Chaplin: "Carlitos vigilante", "Carlitos boxeador", "Carlitos presidiario", etc.

Felipe Llanos viviendo frente al lago Di Como, Llanos herido por un jabalí en Tanzania, Llanos enfermo de tifus en el Amazonas, ganando el premio Pluma de Oro en Bélgica, Llanos el que le ganó una partida de ajedrez a Borges (todavía veía algo), Llanos retando a duelo a Mujica Láinez, Llanos cabalgando junto a Rabindranath Tagore en una estancia de Cañuelas, y finalmente, su inesperado exilio en Saladillo, cuyo epicentro (finalmente lo supimos) era la casona de dos pisos de piedra gris de Vallejo.

La mayoría nos acostumbramos a convivir con ese hombre invisible, enormemente invisible, según Vallejo.

De a poco, muchos empezaron a sospechar que Vallejo sufría de arterioesclerosis que, sumada a su vasta soledad, lo convertían en un fértil recipiente de locura.

Una tardecita arribó al bar de los Molfino un Vallejo desaforado. Encaró al doctor Armendáriz que bebía su cognac vespertino y le preguntó, casi aleteando, qué podía administrarle a una persona que padecía de vómitos y diarrea. Armendáriz, en su mesurado estilo, le dijo que, primero, había que revisar al paciente in situ para saber cuál era la dolencia.

No se puede medicar salvajemente, añadió, bebió un sorbo de su cognac y preguntó quién era el doliente. Vallejo dijo que se trataba de un gran artista que se alojaba en su casa.

Vamos a verlo, dijo el médico, y Vallejo fue terminante: un sonoro ¡no! pareció rebotar en las paredes del antiguo bar.

-¡No me grite en el salón! –alzó la voz Manuel Molfino detrás de la barra, hojeando un diario anarquista.

-¡Cállese usted, Molfino, que de fino no tiene nada!

Y se marchó tras ese fácil chascarrillo.

Todos nos miramos apenados. La demencia de Vallejo crecía como una planta carnívora, devorando su lucidez. El Loco Yáñez recordó el poema del maestro sobre la locura, y que hoy parecía una premonición:

"Ya en Sidón cunden aquellos epigramas

¡terrástica locura que alcanzó a quienes los escribieron!

Mirad el dedo mitológico que acusa

A las mentes ya sin fuerzas

Debilitadas por los extravíos.

No seréis los elegidos por Caronte,

Quedaréís para siempre

Encerrados en los muros

Del delirio…"

Ningún discípulo pudo desentrañar ese desconcertante latigazo poético. Vallejo era oscuro como una noche de noviembre sin luna. El Loco Yáñez ya había comenzado a leer a Julio Cortázar y el tipo nos divertía mucho más. Además, sus palabras se deslizaban deliciosas y suaves sobre textos que parecían arroyos.

Esa tarde del bar y del incidente con el doctor Armendáriz fue la última aparición pública de Vallejo.

A las semanas, la preocupación nos llevó a la casa de nuestro desquiciado amigo. La puerta estaba semiabierta. Entramos. Recorrimos el pasillo alfombrado casi en puntas de pie. Ya en la sala un vaho a cerrado flotaba en el silencio. Decidimos salir de la casa. Empezó a molestarnos un sentimiento malsano a profanación.

Desde el primer piso bajó una voz grave. Estábamos ya en el pasillo cuando lo vimos: un hombre de anchos hombros, bajo, gordo y en pijama, nos dijo que Vallejo había dejado la ciudad, que se hallaba en Pergamino.

Fue allí a escribir lejos de todo, desea iniciar su propio misterio. Como el mío, dijo, señalándose el pecho. Tienen que saberlo, una vez que te conocen y te han leído lo suficiente, toda esa materia se convierte en una masa de chistes y mentiras.

-¿Volverá Vallejos?, preguntó el Loco Yáñez.

-No –dijo, tajante, el gordo desde lo alto- Yo ahora soy Vallejos. Felipe Llanos vive y escribe en Pergamino.

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