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La compra-venta de simulacros

"Creo que hay mucho de simulacro en la política. Veo con mucha frecuencia una gran capacidad de generar espacios de diálogo y muchos más objetivos, diagnósticos y propuestas comunes que las que después se ponen en situación cuando eso se hace público". Lo dijo días atrás, en una visita a NORTE, la rectora de la Universidad Nacional del Nordeste, Delfina Veiravé, como parte de un extenso diálogo que se publica en las páginas 14 y 15 de esta edición.

Veiravé -quien se aproxima a la finalización de dos mandatos al frente de la principal universidad de la región, dejando múltiples logros y marcando varios hitos- no hablaba de oído. Se refería a la experiencia directa vivida en las jornadas de trabajo y debate del Consejo Económico y Social del Chaco, en el que la estructura académica tiene representación.

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Como se sabe, el Cones es un órgano al que nuestra provincia le dio rango constitucional y en el que participan el gobierno, entidades de la actividad eco[1]nómica privada (producción, industria, comercio, servicios), el gremialismo y otros sectores. Nació con la idea de ser un foro que desde su diversidad elabore diagnósticos y propuestas sobre las cuestiones relevantes del presente y del futuro del Chaco. Así, sus aportes deberían ser herramientas útiles para que las gestiones gubernamentales de turno puedan avanzar en la ejecución de acciones que apunten a lo estructural y que, por haber sido debatidas en un origen multisectorial, tengan asegurada una base de consenso sólida a los fines de su instrumentación.

Como ocurre con otras creaciones de legisladores y constituyentes (por ejemplo, los organismos de contralor), el Cones también tiene repleta la mochila de las buenas intenciones y no tanto aquella que guarda sus logros concretos. Atravesó, hasta aquí, etapas desparejas. Posiblemente lo más destacado de su labor sea lo realizado en su momento en materia de contribuciones técnicas para el desarrollo de diferentes cadenas de valor, como la forestal y la textil.

Es en ese ámbito en el que Veiravé percibió lo que describe de una manera tan precisa.

Los más rudos de la cuadra

Con sus palabras, la rectora habla en su condición de testigo de uno de los grandes defectos del ejercicio político en nuestro país y en el Chaco. El simulacro al que se refiere es esa práctica insólita, pero que se ha asumido como natural, mediante la cual los interlocutores encargados de influir en las políticas públicas o de resolverlas son capaces de un cierto grado de entendimiento a puertas cerradas y de hacerlo desaparecer instantáneamente cuando el debate queda a la vista de todos. Como si el acuerdo estuviera mal visto o no sumara en términos partidarios y -a la larga- electorales.

Esa circunstancia tiene otros testimonios de diferentes actores que, sin estar conectados entre sí al momento de hablar de ello, refieren lo mismo. En negociaciones políticas, institucionales, gremiales, la predisposición al consenso es mucho mayor en las reuniones reservadas que en las declaraciones que luego se hacen a la prensa y que en las posiciones públicas que se asumen sobre los temas abordados.

Está claro que para buena parte de la dirigencia -diríamos que para casi toda la que conocemos- lo que rinde mejor es tratar de ser el más rudo de la cuadra. El consenso se asume como una muestra de debilidad. Darle una parte de la razón al otro es perder una porción de la razón de uno, se analiza.

Por supuesto que esa fórmula no es ingenua. Citamos de nuevo a Veiravé: "Tenemos que establecer otras metodologías para la construcción de poder, porque las que se utilizan están muy orientadas a construir el enemigo". Y es, posiblemente, la clave de todo lo que hemos dicho hasta aquí en este texto. El discurso político, desde hace muchísimo tiempo, es en nuestro país la construcción de un enemigo. En la Argentina no hay adversarios políticos, hay enemigos. La diferencia entre una categoría y otra es bien conocida. Con el adversario se compite, se discute, se confronta. Con el enemigo no hay coexistencia posible. Sí o sí uno de ellos debe imponerse exterminando al otro.

Distintos no tan distintos

El lenguaje de la enemistad está instalado con firmeza en la vida cotidiana de los argentinos, e intoxicó la convivencia no solo de oficialistas y opositores, sino también la de la gente común. Se arruinaron relaciones familiares y de amistad en pos de esa guerra montada por generales que en el fondo no tienen banderas muy distintas. Al menos si uno se guía por los resultados que unos y otros dejaron al cabo de sus gestiones: más pobreza, menos empleo genuino, más clientelismo, más subdesarrollo.

Hacer política dibujando todos los días la cara del enemigo en las paredes y las pantallas es mucho más fácil que lograr adhesiones mostrando un plan de gobierno, un proyecto de crecimiento sostenido, una propuesta para la integración de esta sociedad partida y pauperizada. Desde ese punto de vista, el discurso de la enemistad constante es, también, un costoso (para la sociedad) acto de holgazanería.

Cambios

La rectora de la Unne cuenta que, en algunas carreras, y sobre todo en las de ingeniería, reciben cada vez más pedidos de graduados que desean completar los trámites necesarios para internacionalizar sus títulos.

Lo hacen, claro, porque se preparan para dejar el país y desarrollar sus profesiones en territorios que les den la certidumbre de que podrán trabajar y vivir de aquello para lo cual estudiaron largos años. Cada ingeniero que emigra es una pérdida enorme. Son recursos humanos altamente calificados, que el Estado formó a un elevadísimo costo y que terminarán siendo aprovechados por otros.

Veiravé dijo que, al comentar su preocupación por esa situación, algunos interlocutores le sugirieron, como respuesta, instrumentar para ese papeleo el cobro de un arancel lo suficientemente oneroso como para desalentar los trámites de los egresados. Obviamente, no es la salida. "Hay que mostrarles que hay un futuro", resumió ella. Eso también es difícil. Y es que, en verdad, dejar atrás el país que tenemos y convertirlo en una nación seria y próspera no es un plan de viaje que tenga por delante caminos fáciles. Todas las opciones imaginables son arduas, y posiblemente ninguna garantiza el éxito. Sobre todo porque cualquier trayecto exigirá una cualidad que no está en nuestro ADN: la perseverancia, incluso con la consciencia de que no seremos nosotros los que veremos el punto de llegada.

La dificultad mayor, sin embargo, no es esa, sino que los cambios dependen de que los ciudadanos comencemos por modificar nuestra manera de entender el compromiso con el país. Hay allí muchos desafíos, y uno de ellos es salir del juego de sobreactuaciones que vemos a diario. Quienes se ofrecen a conducir el país, la provincia, una ciudad, deben demostrar que están en condiciones de hacerlo. Y si para eso basta una foto, un eslogan y una guerra santa, el problema no es completamente el candidato. Parafraseando a una vieja sentencia popular, si los simulacros se venden es porque alguien los compra.

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