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Insípida o amarga, ya no sabe

Cuando nos hemos quedado sin sabor, no sabemos nada más. Podríamos saber, en futuras ocasiones, pero la sabrosura de la vida se nos niega al día de la fecha. ¿Sabremos otra vez, quizá mañana? ¿Cómo saber, si hoy no nos sabe la que nosotros sabíamos? ¿Sabrá que sabemos que ya no nos sabe? Papila de mi corazón, ¿volverás a saber como sabías...?

Carta de postres

No era mi sabor

su preferido.

Descubre, inventa

a cada momento

una golosina:

chupaba un helado

de frenesí y pistacho

cuando la conocí.

Me dijo entonces tú debes

saber a barro de helecho y a suela.

Puso un nido de nieve en mi lengua

la primera vez que nos separamos.

Como siempre cambia de gustos, yo

también he cambiado desde ese día.

Fui metal y fui ola y fui abeja,

fui hueso y ya no soy coral,

ya no soy relincho de un tren nocturno

ni tengo el sabor tranquilo

del té de las tardes.

Es que, en cada encuentro

y en cada despedida, me crea,

como elige en la carta

el postre que prefiere.

Hoy ha elegido uno raro,

un trozo de hielo, solo.

Mañana,

cuando le apetezca yo de nuevo,

¿a qué voy a saber?, ¿sabré a libro

de poemas amarillento,

a un sentimental pecio del pasado,

un galeón en miniatura

dentro de una botella?

Hoy le mandé un retrato mío:

no sé ya si soy.

Dile,

retrato, dile

¿a qué sabe la nada?

*Poema de Fulgencio Martínez López 

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