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Viaje

Presuroso, has tomado el tren de las seis y te has sentado en el mismo asiento que aquel día. El vagón está medio vacío, podrías aprovechar una de las ventanillas pero prefieres el mismo sitio desde donde la viste, para no cambiar la suerte o para no alterar el lento orden del universo. Siempre has creído en eso, es tu raro dios privado.

A tus espaldas, un bebé lloriquea, volteas y es una joven madre que amamanta adormecida. Te sudan las manos y ya ni sientes el pecho, la tensión te lo ha adormecido y hasta parece que has perdido el corazón. Un tierno olor a pan entra al vagón y diriges tu vista al andén. En ese momento, el tren pega un cimbronazo y otro y otro, lanza su pitido y a los costados de tu andén pasan seis colimbas riendo y comiendo churros grasosos.

Temes que alguien repare en que no llevas equipaje, es muy extraño que un viajero que se trasladará cuatrocientos kilómetros no cargue siquiera un bolso, una mochila, una pequeña maleta. Como esas de cartón y madera que traen en sus puños dos hombres de campo, cruzando el centro del vagón, sudados y serios. Miras tu reloj, en minutos arrancará el maldito tren, no das más de ansiedad y miedo. 

Cubres tu reloj con la manga de la camisa -es un artefacto costoso, de oro, desusado en ese ambiente. No es que te cuidas de que te lo roben sino que, por un azar que sería desastroso, acabarían con el anonimato necesario que guardas para hacer posible el reencuentro con aquella mujer maravillosa, pálida, callada, como una dama de Vermeer.

Se vuelve a estremecer el tren, el sonido del pitido se alarga, un guarda en el andén hace señas con una gamuza verde. Es la señal, empieza el viaje. Suspiras y exhalas la angustia que, desde que amaneciste, evoluciona en tu pecho como un huracán tropical. Te retrepas en el asiento. La cuerina marrón está tajeada, despelechada, sucia de colores sospechosos de ser materia fecal, de bebé o de borracho. 

No te piensas cambiar de lugar porque no quieres cambiar la suerte: fue en esa butaca donde estabas sentado cuando apareció en el vagón la niña imposible, la dama de Vermeer. Llevabas entonces el mismo saco a cuadros, camisa blanca y pantalones color chocolate, y hoy llevas la misma indumentaria, el mismo perfume (Ralph Laurent) y las botas de caña corta, esas que tanto te gustan porque las usaban Los Beatles.

El tren avanza, aunque da toda la impresión de que apenas puede con su mole. Piensas (y temes) que algunas piezas del destino se desajusten y se cambie la dirección de los acontecimientos. Sería fatal; sudas, te quitas las gotitas de la frente. Recuerdas que ella asciende al tren en la primera estación, en Campo Azul; normalmente se tardan unos treinta minutos para llegar a ese punto. 

Cuando le contaste a Alex aquel viaje en el que descubriste a la dama de Vermeer, él quedó sorprendido por tu falta de audacia. Pero sí valoró la decisión. Me haces acordar a mi tío Hermes y su extraño viaje a Bombay, dijo. Él también quedó deslumbrado por una mujer hindú, oscuramente azulada, ojerosa, de ojos de tigra y una boca sensual y ansiosa por beber de otra boca. Siempre lo cuenta en el asilo, repantigado en su silla de ruedas de mimbre, dejando su pierna amputada a la vista.

Ves pasar los campos de trigo, los refucilos de los alambres, y todo está vacío. No hay vida en aquella comarca, pero evocas el otro viaje, verde, los acordeones que se oían lejanos, hombres y mujeres trabajando la tierra, estampidas remotas de caballos. ¿Qué se ha desplazado? –te vuelves a angustiar. El aroma del aire parece otro, éste –el de hoy- trae la memoria de flores trágicas, esas que se pudren en los cementerios y son devoradas por esos bichitos pequeños, negros y plateados, de dientes afilados.

Observas el resto del pasaje, la joven madre sigue durmiendo con su bebé también dormido y prendido a la enorme teta rosada. Más allá, sentado junto a la puerta, frente a él, un hombre enjuto, de sombrero gris, se abandona a la sombra que desploma el ala del sombrero, un semicírculo discreto que hace olvidar, incluso, los anteojos que porta. 

Lee unos papeles que ha sacado de su portafolio -imaginas que es un notario, un abogado, o tal vez un médico que repasa hojas enfermas de pacientes incurables. A tu espalda, varios asientos detrás, un hombre de aspecto basto y encallecido (sus brazos son potentes y peludos) escruta por la ventanilla como si quisiera entender qué significa esa naturaleza que se le expone tan fácilmente.

Un viboreo recorre tu espalda, tu cuerpo calcula que va llegando la hora de volver a tener ante tus ojos a la belleza de Vermeer, y parece que cada músculo tañe con campanadas sucesivas, llamándote. ¡Acude, muchacho!, dice tu cuerpo.

Una vez más, la sensación de que algo se ha movido y de que en ese desplazamiento cada momento que fuera planeado por el destino acabó por distorsionar la marcha lógica del tiempo y de los sucesos que acaecen en el espacio, lo aterran en silencio (que es el peor terror). 

¿Habrán cambiado de lugar las constelaciones? ¿Habrá muerto Dios en el momento en que este viaje se iniciara?

Hueles la arboleda de Campo Azul, está próxima. Ya distingues los cuises nerviosos que entran y salen de las malezas del borde del camino. Tierra de cuises, piensas por pensar algo, porque quieres huir de la imagen de la bella muchacha que ascenderá en la estación, en pocos minutos más.

El zarandeo del tren acentúa sus ruidos monótonos, el hombrecillo de sombrero lo observa con una tenacidad de entomólogo. Huye de sus ojos. Es como si me quisiera recordar de alguna otra parte, piensas.

El tren hace ya gruñir las vías de la estación, se sobresalta cuando pasa por su ventanilla el cartel que dice CAMPO AZUL y el clamor agitado de su corazón enloquece, sabe que de un momento a otro reaparecerá la dulce joven, tan bella, tan Veermer.

El tren se detiene y se hunde en un océano hueco de píos de pájaros y abanicos de sonido provocados por los árboles. Te asomas y descubres el andén vacío de toda vida. Nadie está allí.

La voz del hombrecillo de sombrero –súbitamente- te corta la ensoñación:

-¿Espera a alguien, amigo? –la familiaridad te fastidia y te confunde.

-¿Qué diablos le interesa? –respondes, penetrando la sombra que crea el ala del sombrero y se topa con los anteojos y con una mirada de ojos pequeños, negros, como de obsidiana.

-¡Oh, discúlpeme, señor! Si viajó en esta formación ferroviaria no tiene sentido que pretenda que alguien que desea que aparezca se corporice. Nadie vendrá por usted, ni por mí, ni por ellos -dijo el hombrecillo señalando con su dedo flaco.

Lo miras sin comprender, tu angustia ahora es pálida, de yeso. El hombrecillo te observa con una frialdad polar.

-Quién viaja en este tren, señor, ha sido olvidado. Usted ahora está a bordo del olvido. No espere más a nadie porque nadie concurrirá. Y cuando digo nadie, digo nadie por siempre jamás.

El pitazo de la locomotora puso en marcha la formación de vagones con un sacudón ruidoso. En un par de minutos, Campo Azul empezó a quedar atrás.