Mayo

Entre las dos vertientes que actuaban en nombre de la independencia -una militar, otra intelectual, que van a diferenciarse en los primeros años de la revolución- existía un punto sobre el que "no hubo señalada división. Ninguno de los grupos criollos representaba un interés económico particular. Más bien, todos eran favorables a una mayor liberalización de la economía", en palabras escritas por John Lynch en "Las revoluciones hispanoamericanas". Comerciantes y estancieros porteños compartían este punto de vista en oposición a los grupos del interior, donde la agricultura y las débiles industrias dependían de la protección colonial.
En julio de 1809 asumió el último virrey del Río de la Plata, Baltasar Hidalgo de Cisneros, y su decisión más trascendente, en noviembre, fue autorizar el comercio libre con Inglaterra por el término de dos años, a condición del pago de impuestos de los importadores británicos y la intermediación de un comerciantes español radicado en la ciudad como consignatario.
La decisión tuvo el apoyo del Consulado y el Cabildo, es decir del conjunto de instituciones de la colonia, y como respaldo teórico el alegato planteado en la "Representación de los Hacendados" de Mariano Moreno. En lo que constituye una defensa del programa económico de las clases y los sectores interesados en acrecentar la exportación, Moreno esboza una política proteccionista. Afirma que "la venta de las telas de nuestras provincias no decaerá, porque el inglés nunca las proveerá tan baratas ni tan sólidas como ellas", y propone una "reglamentación" según la cual todo importador fuera obligado a exportar la mitad de los valores importados en frutos del país, pero que el virrey no la pone en marcha.
Este era el ideario de los revolucionarios en los prolegómenos de Mayo, caracterizado por una retirada sistemática (pero no total) de los monopolistas, pero jamás al punto de afirmar que "la emancipación económica de Buenos Aires estaba decidida antes de que su emancipación política empezara" (Lynch, 1980). Si por "emancipación económica" se entiende la implantación del librecambio reclamada por Gran Bretaña y el crecientemente poderoso lobby de comerciantes británicos, esta se va a operar con Rivadavia.
La revolución
El 13 de mayo de 1810 un navío inglés trajo la noticia de la ocupación de Andalucía y Sevilla por los ejércitos franceses y la disolución de la Junta Central, que nombró en su lugar al Consejo de Regencia. Fue el momento escogido por el movimiento criollo para desplazar al virrey, carente de toda autoridad. La revolución se inició el 18 y el 19 de mayo, por iniciativa de la milicia criolla, que exigió un cabildo abierto. Recordemos que un cabildo abierto reunía a funcionarios, eclesiásticos y propietarios, no era una expresión de soberanía popular. Fueron convocados en este caso 450 personas y concurrieron, según uno de los cronistas, 234, todos ciudadanos "importantes": "Había 70 funcionarios y eclesiásticos, 25 abogados y profesionales, 59 comerciantes, 59 militares y 21 ciudadanos ordinarios" (Marfany, 1966). Según el relato del propio Cisneros, de una población de cincuenta mil almas y once mil adultos, los revolucionarios eran unos tres mil y los militantes comprometidos en la Plaza Mayor, unos seiscientos.

Luego de un intento de constituir una junta con la presencia del virrey, desbaratado por la milicia criolla, se constituyó la junta presidida por Saavedra. "La mayor parte de los grandes comerciantes defendieron la continuación del status quo, aunque muchos otros favorecían el cambio revolucionario. Y en ambos lados había gentes de gran riqueza y posición social. En el conjunto del grupo, veintinueve estaban a favor del virrey, cincuenta en contra. El sector militar era más homogéneo. De los sesenta presentes, solo diez defendieron al virrey, casi todos peninsulares; el resto, dirigido por Saavedra, la mayor parte oficiales de la milicia formados durante las invasiones británicas, votaron por un cambio de gobierno" (Lynch, 1980). Para un observador oficial de la marina inglesa a quien cita Lynch, "el gran poder, que son las tropas, está en posesión de un partido".
La Revolución de Mayo surgió de un compromiso inestable entre fracciones con importantes puntos en común. Saavedra planteó que "No quede duda de que es el pueblo el que confiere la autoridad o mando", y Castelli sostuvo, en una misma sintonía, que la ausencia de un gobierno legítimo provocaba "la reversión de los derechos de soberanía al pueblo de Buenos Aires", una doctrina propia del pensamiento liberal de la época pero de audaz ruptura política en el caso de una colonia (Marfany, 2006). ¿Pero acaso el nuevo gobierno no se colocó bajo la autoridad y el nombre de Fernando VII, adoptando un hilo de continuidad con la monarquía, aunque sin la unanimidad de sus integrantes? La razón de la "máscara", según explicó Moreno tiempo después, fue impedir una contrarrevolución española y asegurarse el apoyo de Gran Bretaña. Pero en este punto valen los hechos. La Junta de Gobierno debutó aplastando el golpe contrarrevolucionario de Liniers en Córdoba, conectado a las autoridades españolas del Alto Perú, y fusiló al propio Liniers y a toda la línea mayor de la conspiración, un acto no menor si se considera el respeto ganado por el exvirrey en el Río de la Plata.
En enero de 1811, sin Moreno, la Junta creó el Comité de Seguridad Pública para perseguir a la oposición y denunciar a los contrarrevolucionarios. En 1812, la Junta de Gobierno enfrentó una conspiración aún más seria que la de Liniers, comandada en esta oportunidad por Álzaga, que fue derrotado y ejecutado junto a otros cuarenta cabecillas. Una de las primeras decisiones de la Junta fue organizar la expedición militar al Alto Perú para aplastar quizá el centro mayor del poder colonial español. Las instrucciones que desenvolvió Castelli en esta misión incluyeron medidas revolucionarias. El 25 de mayo de 1811, junto con Bernardo de Monteagudo, proclamó en las ruinas de Tiahuanaco la liberación del indio y la independencia de América, y dio conocer un decreto planteando la igualdad absoluta de indígenas y nacionales, el reparto de tierras, el establecimiento de escuelas en los pueblos y la exención de cargos e imposiciones (Chávez, 1956).
Castelli, en una de sus acciones más osadas, proclamó la independencia del Estado respecto del clero e hizo fusilar a las cabezas de la masacre contra las rebeliones patriotas en Cochabamba y La Paz, expulsando al resto de los generales comprometidos. La acción del ejército libertador en ese momento provocó la reacción de peninsulares y criollos, unidos en su defensa del régimen social fundado en la "encomienda" y el robo de tierras, con el recuerdo a sus espaldas de la gesta de Tupac Amaru. Belgrano va a asumir luego la comandancia del Ejército del Norte, a plantear una política de rechazo a las medidas de Castelli y a renovar el compromiso furibundo con el clero, los terratenientes y los dueños de las minas. Ello expresa una fractura política más general en el campo de los patriotas.
"Forzoso es decir", sostiene José María Paz, uno de los jefes del segundo Ejército Auxiliar al Alto Perú, en sus "Memorias", "que la aristocracia del Alto Perú nos era desafecta, desde que Castelli, con poquísimo discernimiento, la ofendió provocando los furores de la democracia". En lugares como Potosí, "el progreso de sus trabajos se fundaba en la mita y otros abusos intolerables, que un sistema liberal debía necesariamente destruir". La clase dirigente -peninsular o criolla- del Alto Perú "entró en conflicto con la concepción política de Castelli, al extremo de preferir la derrota antes que convertir al indio en soldado y ciudadano" (Peñaloza, 1955).
La Revolución de Mayo se concretó como fruto de un proceso político en el que confluyeron los regimientos patriotas, los estancieros y los comerciantes plantados contra el monopolio español, y contó con el apoyo del capital británico. Pero el proceso que se inaugura el 25 de mayo no estuvo dictado linealmente por el Foreign Office o los comerciantes ingleses. Recordemos que el 6 de noviembre de 1809 el virrey Cisneros había resuelto el comercio libre con Inglaterra por dos años, fijando como condición la intermediación de un consignatario español establecido en la ciudad y el pago de impuestos (considerables). La Junta surgida de Mayo liberalizará las condiciones de actuación de los comerciantes ingleses, permitiendo su permanencia indefinida en el país, antes sometida a plazos, pero mantendrá la exigencia del consignatario español con ciertas posibilidades de traslado de esta función, lo que habría llevado, según algunos autores, a una sustitución de comerciantes españoles por nacionales. Al cabo de quince días se redujeron los impuestos de exportación sobre los cueros y el sebo (del 50% al 7,5%, y al cabo de seis semanas se levantó la prohibición de exportar metálico. Casi al mismo tiempo se resolvió la libre exportación de harina, con su consecuencia sobre el consumo. Estas medidas fueron saludadas por los estancieros, comerciantes y grupos vinculados con la exportación, entre ellos los británicos. Es un hecho que, más allá del orden jurídico heredado de la colonia, el comercio con extranjeros -principalmente ingleses- tendió a liberalizarse.
Vaticinando este proceso, el mismo 25 de mayo "no hubo ninguna duda sobre la manera como los británicos recibieron estos acontecimientos. Los barcos de guerra británicos que se hallaban en río se engalanaron con banderas. Una salva de cañonazos dio la bienvenida a la Revolución", describe Ferns.
En poco tiempo, las consecuencias de la competencia internacional se hicieron sentir en todo el virreinato. Mercancías de todo el mundo comenzaron a destruir en Buenos Aires y sus adyacencias la producción local y aun la explotación de cereales. Los pobres eran, sin embargo, las grandes víctimas del planteo económico. A medida que aumentaba la salida de productos para el exterior, se hacía más y más difícil vivir con el mismo dinero que antes. Así se fue acumulando el odio al extranjero, al que se consideraba causante de la situación, y al gobierno porteño, ejecutor de las malas nuevas.
*Fragmento de "La revolución clausurada – Mayo 1810 - Julio 1816" (Ed. Biblos, 2013)










