Un desafío histórico
El dato de inflación de abril difundido por el Indec la semana pasada despejó las dudas sobre la cifra final pero no sorprendió a nadie. Desde mediados de ese mes ya se tenía noción de que el número volvería a ser muy alto. La única buena para el gobierno, aunque parezca una paradoja, es que la medición de marzo había sido históricamente tan mala (la peor desde abril de 2002) que la difundida el jueves al menos permite hablar de "desaleceración" en la suba de precios. Bajar del 6,7% mensual al 6,0 no deja margen para el festejo, pero de momento habilita a hablar de un cambio de tendencia en un síntoma del descalabro económico que se convirtió en el más amenazante para la paz social del país y para las chances electorales del fisurado Frente de Todos mirando a 2023.
De todos modos, la magnitud del problema se mantiene en niveles de alarma. De hecho, aunque el nuevo índice es inferior a su anterior inmediato, el registro inflacionario de abril vuelve a romper marcas: el 58% de incremento en los precios -tomando como referencia al mismo mes de 2021- es la variación más alta de las últimas tres décadas. Viajando hacia atrás en los almanaques, recién en enero de 1992 se encuentra al dato superior más cercano en el tiempo. En aquella ocasión la inflación interanual había sido del 76%.

La otra cara de la moneda, y la que más importa, es el deterioro de los ingresos de la población. Alrededor, la incertidumbre es el signo de los tiempos.
Líderes globales
La inflación de 2021 (53,8%) situó a nuestro país como la quinta economía con mayor suba promedio de precios en el mundo. Como para tener una idea de en qué liga estamos jugando, peor que nosotros solamente estuvieron Venezuela, Zimbabwe y Sudán, y por debajo siguen en la tabla de posiciones Sudán del Sur, Irán, Liberia, Haití, Angola y Uzbekistán.
Desde hace tiempo, la evolución de los precios es en las encuestas el problema que los argentinos consideran como el más importante de la actualidad. La pobreza, la inseguridad, el desempleo y la corrupción quedaron relegados por la persistencia y agravamiento de un fenómeno que –con escasísimas pausas- se volvió crónico.
Un informe reciente de la consultora Focus Market, expone que la caída del salario real, medida en dólares fue en los últimos siete años de nada menos que el 86%. Siempre con una mirada referenciada en la principal moneda extranjera, la entidad da otro dato que impacta: en 2015 el decil (es decir, el diez por ciento de la población total) mejor posicionado de la Argentina tenía un ingreso promedio mensual de 3.083 dólares (en aquel momento 44.160 pesos, tomando una cotización promedio de ese año), mientras que hoy percibe 487 dólares (98.481 pesos). No solo que los números hablan de dos realidades extremadamene diferentes, sino que además el contexto inflacionario también es distinto: la inflación anual de 2015 era del orden del 25% y en 2021 duplicó ese guarismo.
Para dar una perspectiva de lo que eso significa en el marco regional, la consultora (dirigida por el economista Damián Di Pace) señala que el ingreso promedio de los uruguayos es de 1.840 dólares, el de los chilenos es 763 y el de los brasileños, 267. Entre los argentinos es 159 dólares. Es verdad que medir estas variables locales con la moneda norteamericana tiene su letra chica a considerar, pero es una referencia pertinente de tener en cuenta.
Hablemos en pesos. El mismo trabajo apunta que en el último trimestre del año pasado el ingreso per cápital total de la población fue de 32.192 pesos mensuales, menos de la mitad del costo de la canasta básica familiar en ese tramo de 2021. El decil más pobre tuvo una percepción media de apenas 5.953 pesos, equivalentes a unos diez paquetes de yerba de un kilogramo.
Recuperación relativa
En este escenario, el gobierno es consciente de que se juega su suerte en lograr que el impacto del granizo inflacionario provoque la menor cantidad posible de abolladuras en la capacidad de compra de los hogares. Los movimientos sociales y los sindicatos también meten presión, en una puja que semeja al perro que se muerde la cola. Las mejoras en las remuneraciones y programas asistenciales, al no sustentarse en mayor productividad ni en una fortaleza estructural de la economía, terminan siendo más alimento para el monstruo inflacionario.
Hay que admitir que el dilema gubernamental no es sencillo. Cambiar los modelos que vienen fracasando desde hace por lo menos medio siglo, y que lograron atravesar todos los recambios políticos, requeriría reformas que ninguna fuerza con chances electorales reales se animó hasta ahora a plantear. Significarían arrimar la Argentina a la manera en que funcionan las cosas en el mundo que envidiamos, pero la situación social deja un margen de maniobra diminuto. Inexistente si se considera la ausencia de un clima de consenso político que ni siquiera está visible hacia adentro de las principales coaliciones.
Otro estudio que grafica mucho la situación es el trabajo realizado por el Centro Estratégico Latinoamericano de Geopolítica (Celag). Explica con solidez de qué manera el empate eventual entre aumentos nominales de salarios e índices inflacionarios no significa que se reparen los daños sufridos. Como ejemplo cita que a octubre de 2021, cuando se cumplieron los primeros 22 meses de gestión de Alberto Fernández, el salario mínimo fue recompuesto en un porcentaje que equiparaba la variación de precios producida en ese mismo período, pero para entonces un trabajador que percibiera esa remuneración había perdido 94.000 pesos –a valores actuales-, es decir 2,4 salarios mínimos actuales.
Ahora los índices inflacionarios del primer cuatrimestre vuelven a abrir la posibilidad de nuevos retrocesos. Con las subas próximas previstas para el salario mínimo, de aquí en más la inflación no debería superar el 2,1% mensual para evitar otra pérdida de valor real. Una meta que nadie ve como alcanzable. En el mejor de los casos, se espera que la tendencia a una baja en los registros mensuales se mantenga, aunque sea con una curva descendente suave. Ya sería suficientemente bueno.
La pelea por conservar capacidad de consumo es despareja. Los salarios que mejor la llevan son los del sector público. Detrás van los de la actividad privada formal, y luego, generalmente bien alejados, los de los trabajadores informales. Por caso, análisis de consultoras como LCG y CIFRA indican que con relación a 2015 los salarios privados cayeron a fines de 2021 un 16%, los estatales un 23,6% y los informales un 30. Tomando noviembre de 2017 como referencia, la caída promedio fue del 22,4%, con un 19,4 para los trabajadores registrados y 34,4% para los informales.
Si ponemos en foco el primer trimestre de este año, los salarios privados crecieron un 14,6%. Un reajuste nada desdeñable, que leído por trabajadores de otros países sabría a aumento envidiable. Pero en esos tres meses la inflación acumulada fue del 16,1%. Unicamente el sector público tuvo una mejora promedio en las remuneraciones superior a la línea de la variación de precios: el 18,1%. Si se toman valores interanuales, en marzo, cuando la inflación de los doce meses previos fue de 55,1%, los privados registrados alcanzaron un 56,4% y los no registrados se quedaron en el 41,6. Los estatales tuvieron una mejora del 63,8%.
En el Chaco, a tono con la política federal, la gestión de Jorge Capitanich vino cerrando paritarias en base a las perspectivas inflacionarias de cada momento, que se fueron desactualizando progresivamente. Como prácticamente todos los acuerdos se celebraron con cláusulas de resguardo, se acumularán compromisos de reacomodamiento salarial que se deberán afrontar antes de la conclusión de 2022.
El desafío, nacional y provincial, es atender ese foco de conflictividad sin dejar de dar señales que atiendan en alguna medida la necesidad de que el sector privado expanda la actividad y la generación de empleo, que en el último año creció pero da señales de aletargamiento. Todo en un marco de restricciones impuestas por el acuerdo celebrado con el Fondo Monetario Internacional pero, centralmente, por la realidad misma. Los gobernadores rezan para que la coparticipación crezca por encima de la vara inflacionaria; las empresas para que sus costos dejen de crecer, el mercado interno se recomponga, se alivie la irracionalidad impositiva y la política acepte acostarse en el diván de algún terapeuta.
Cada vez cuesta más calzar al país de fantasía en el tablero del mundo verdadero. Hay por delante un desafío digno de los más asombrosos malabaristas chinos.










