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El principal problema

Los últimos datos de inflación publicados por el INDEC no sorprendieron a nadie, pero el 6% que registró abril encendió más de una luz de alerta: esa cifra elevó la medición interanual al 58%, es decir, el registro más alto de los últimos 30 años. No es casual que los sondeos de opinión muestran que, en la percepción de la ciudadanía, la suba constante de precios se ha convertido en el principal problema de la economía.

Si bien es cierto que ese 6% que arrojó la medición de abril es, de alguna manera, algo que se esperaba, la lectura del actual escenario económico toma otro color cuando se observa que el acumulado interanual trepó a un 58%, ya que para encontrar una cifra similar hay que hacer un esfuerzo de memoria y remontarse al ciclo económico previo al programa de convertibilidad en la década del 90. Pero eso no es todo. Hay más indicadores que hacen ruido: para el primer cuatrimestre el registro muestra un 23,1 por ciento, un número muy alto para cualquier economía. Si, por obra de un milagro, se logra estabilizar la suba de precios en un 4% mensual el registro anual llegaría a un 60%, mientras que si la aguja se clava en el 5% se llegaría a un 80 % anual, pero si se estabiliza en el 6% mensual, eso arrima el indicador en un 100% anual. Algunos economistas advierten que una de las características de un proceso inflacionario que comienza a complicarse es cuando se deja de hablar de registros anuales para empezar a ver con preocupación el índice mensual. Y eso es algo que, lamentablemente, está ocurriendo actualmente. No es casual, entonces, que la dinámica inflacionaria hoy sea la principal preocupación de la sociedad.

¿Si la inflación anual se ubica por arriba del 60% cuál es el riesgo de espiralización de ese proceso? En estos momentos esta es la pregunta del millón. La única manera de evitar ese escenario es con medidas que actúen como un ancla, es decir, que eviten que se agrave el descontrol de precios. Los más memoriosos recuerdan que en los momentos previos a la temida espiral inflacionaria que asestó un duro golpe al gobierno de Raúl Alfonsín, el ciudadano de a pie había perdido la noción del valor monetario de las cosas, es decir, no sabía si un producto era caro o barato. Lo que se espera, entonces, es que en el corto plazo el gobierno nacional adopte medidas que actúen como un freno de mano para detener el proceso inflacionario. En otras palabras, que evite que la economía se descontrole.

En general hay coincidencias respecto al diagnóstico de la situación actual, pero lo que preocupa es que no se observa una unidad de criterio sobre cómo salir de esta dinámica inflacionaria. Otro dato que inquieta es que el Banco Central muestra serias dificultades para acumular dólares, una condición necesaria aunque no suficiente para empezar a tranquilizar a los distintos actores de la economía. Esa debilidad se traduce en una necesidad de avanzar con una devaluación más rápida del peso, con todo lo que eso significa, especialmente para el bolsillo de la gran mayoría de la población, que ya viene padeciendo los efectos de los altos índices de inflación.

El escenario actual, por cierto, está muy lejos de ser el mejor. Solo resta esperar que se adopten medidas para evitar males y sufrimientos mayores para los sectores más desprotegidos y que no se produzca ningún episodio, interno o externo, que detone una escalada de precios aún mayor. Por eso es importante que se actúe sin demoras para evitar la tormenta perfecta. Todavía se está a tiempo. El margen de maniobra no es muy generoso, pero si la dirigencia en general comprende que lo mejor que se puede hacer en este momento es devolver la confianza a los distintos actores de la economía y tomar conciencia de que ya en los difíciles años 80 se tenían estos niveles de inflación, entonces hay esperanzas de tomar otro camino para no entrar en un régimen inflacionario de características todavía más preocupantes.

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