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Sergio Schneider

Columnista

Disputas de no poder

La capital del Chaco fue, durante una hora y media, el centro de atención política de la Argentina. Lo logró Cristina Fernández, con su discurso en el Centro de Convenciones al recibir el doctorado honoris causa que le otorgó la Uncaus.

Una "clase magistral" - de estilo en estos casos - que arrancó con alguna pretensión académica pero que, a medida que iba siendo desplegada por su autora, se fue transformando en una combinación de anécdotas y misiles más o menos sutiles lanzados sobre Alberto Fernández y su gobierno, que es también el de la vicepresidenta (aunque todas las energías del kirchnerismo estén ahora centradas en ocultar este dato de la realidad).

A gusto con un auditorio colmado de hinchada propia, y explotando su innegable magnetismo, Cristina recurrió a sus recursos más eficaces para fascinar a su público. Confirmó, una vez más, que es la figura central de la política argentina.

Posiblemente inviable en términos electorales (sus niveles de imagen negativa la equiparan a la situación de Carlos Menem en 2003, capaz de ser el más votado en una primera vuelta presidencial pero sin chances de ganar la segunda) aunque insoslayable para todo lo demás.

Una de las filas que se formaron ayer, en todo el país, frente a las sedes de Anses, para que puedan tramitar el cobro de la ayuda de 18.000 pesos aquellas personas que no pudieron gestionarlo vía web.

De menor a mayor

La expectativa por el mensaje que daría la expresidenta se potenció porque quedó agendado justo en el final de una semana que volvió a mostrar una escalada en el bombardeo del kirchnerismo duro sobre la gestión de Alberto. El pico más alto había sido una afirmación de Andrés "Cuervo" Larroque.

"El gobierno es nuestro", planteó, refiriéndose al peso que tuvo Cristina para unificar al Frente de Todos en 2019, poner al actual presidente de candidato y aportar caudal electoral para el regreso a la Rosada. Por primera vez, Alberto contestó de manera directa a un ataque. "El gobierno no es de nadie", retrucó.

Cristina, anteayer, fue acomodando los cañones de a poco. Casi toda la primera mitad de su mensaje parecía dirigida a lo contrario de lo que estimaban los cálculos previos. Incluso cuando llegó el momento en que dijo que "lo que hay en el Poder Ejecutivo no es pelea, es debate", más de uno pensó que la vice había decidido frenar las hostilidades y distender el clima interno del peronismo.

Fue una ilusión pasajera. En pocos minutos, como si se tratara de un choque de box en el que de repente el púgil de mayor pegada encontrara la ocasión de soltar los brazos, descargó varios uno-dos en la mandíbula del presidente y sus principales colaboradores. Uno de esos instantes fulminantes fue al aprovechar una queja dirigida los medios ("siempre me asocian a emociones negativas, dicen que soy mala") para asestar un furibundo cross.

Fue cuando dijo que jamás podría tener una "disputa de poder" con Alberto. ¿Porque lo estima? ¿Por respeto a su rol de jefe de Estado? No. Explicó que tal cosa sería imposible porque, simplemente, el presidente no es alguien con poder. Ejemplificó –y en ese punto sí su clase fue didáctica- que podría tironear porciones de poder con Sergio Massa, con Héctor Daer o con Emilio Pérsico, que tienen alguna estructura propia, pero no con el candidato que eligió, ya que "no representaba a ninguna fuerza política".

Está claro que nadie podría objetarle la veracidad de su afirmación. Pero lo útil de la afirmación es que allí parece estar el nudo de todo el desencuentro del presente. Alberto, un hombre sin poder real, sin pertenencia al espacio cristinista ("me había criticado duramente desde el año 2008", no se privó de recordar), recibe el regalo de su vida: aspirar a la presidencia de la Nación frente a un rival (Mauricio Macri) desmenuzado por el fracaso de su gestión, y actúa como si no debiera nada a nadie. Nos falta saber qué hablaron los dos cuando ella le hizo el ofrecimiento y él lo aceptó.

Aun así, podemos deducir, por las palabras vertidas en Resistencia, qué es lo que esperaba ella: que Alberto instrumentara obedientemente las políticas que le dictara su vice. Alguien podría decir que, en realidad, Cristina no pedía tanto, y que lo que esperaba era decisiones compartidas. Tampoco se le podría reprochar tal cosa.

Al fin de cuentas, es la dueña de la pelota, que es lo que vienen clamando sus voceros circunstanciales. Pero eso implica rebelarse a la circunstancia nada menor de que, en lo formal, la pelota fue registrada a nombre de Alberto. Por eso la respuesta de Gabriela Cerruti, desde Casa Rosada, fue posiblemente la más inteligente que el albertismo dio hasta ahora: "Nosotros no discutimos la Constitución".

Volvamos a la posición kirchnerista. El argumento es que el presidente, sobre todo en las cuestiones económicas, no abrió el juego a los socios mayoritarios del Frente de Todos. Faltó debate. ¿Pero cómo que falta, si es justamente lo que dice Cristina que está ocurriendo, no pelea, sí debate?

Si hacemos el esfuerzo de creerle, es un curioso intercambio de ideas en el que no hay intercambio ni ideas. Ni siquiera un cruce de llamadas telefónicas. Solo chicanas y un juego de descalificaciones riesgoso, porque el resultado es un presidente debilitado frente a una crisis monumental y, día por medio, también ridiculizado.

Un hombre que, pese a todo, continúa esperando en la esquina con una docena de flores marchitas en la mano (el mismo viernes del discurso de CFK, horas antes, el presidente volvió a abogar por la unidad durante un acto en Ushuaia: "Trabajemos juntos, eso es lo que nos hace falta").

Abajo pasan cosas

El problema principal -casi ni hace falta decirlo- no es si la telenovela peronista terminará con separación definitiva o fogoso reencuentro, sino la irresponsabilidad de mantener fisurado al gobierno en un momento crítico del país.

Las filas de ayer en las sedes de Anses de toda la Argentina para completar el trámite de cobro del "refuerzo" de 18.000 pesos anunciado para trabajadores precarizados y otros grupos, volvieron a exponer cuál es la situación social, por si alguien la hubiera olvidado.

Todo el tiempo los datos que se van conociendo sobre la realidad de fondo son angustiantes. Los más acuciantes son los de inflación y pobreza, fuertemente ligados. Si la primera no cede, la segunda tampoco descenderá.

Es cierto que la guerra de Ucrania y otros factores externos han recalentado las economías de todo el mundo, pero para el grueso de las naciones el problema continúa expresándose en índices inflacionarios interanuales en rangos de un solo dígito, mientras que en la Argentina las proyecciones privadas para 2022 ya hablan de un piso del 60%.

Los pronósticos más negativos no descartan un escenario más complicado aún. El mix de baja productividad, elevado gasto público, ingresos bajos, remarcaciones constantes en la canasta básica y pobreza extendida, ¿cuánto más podrá sostenerse sin un sacudón social?

El crecimiento veloz de figuras como Javier Milei es apenas un síntoma –si se quiere el menos candente, porque al menos ocurre dentro de los márgenes del sistema democrático-, peromarca que para muchos argentinos ya comienza a ser mejor opción saltar al vacío que esperar que los bomberos controlen el incendio del edificio.

La oratoria de Cristina, como las manos de un prestidigitador, deslumbra para ocultar lo principal: su propia responsabilidad en el fracaso nacional. Una responsabilidad que no le es exclusiva, pero que comparte. Como ella misma recordó el viernes, su sector gobernó el país de manera continuada durante doce años, antes de la llegada del macrismo, y ahora nuevamente está en el poder, con una fórmula de gestión elegida por ella.

Su inteligencia debe haberle advertido que las diferencias con su caballo de Troya podían surgir. ¿Su plan B era este, cruzarse de vereda y condenar? Si no es pelea y es debate, tienen que sentarse y debatir. Primero, ella y su presidente, luego los equipos y los dirigentes de ambos.

Después, ellos con una oposición que también se muestra obnubilada por el carácter súper electoral del 2023, y especula con quién ocupará el camarote del capitán en el Titanic. Lo dijo bien en su exposición: "Que nadie se haga la víctima, víctima es quien no puede comer, llegar a fin de mes".

En este país que los grandes partidos convirtieron en lo que tenemos hoy, las disputas del poder, finalmente, quedaron convertidas en esto: las disputas del no poder. Un juego de estrategias para desentenderse del resultado que tuvo resistirse durante décadas a hacer lo que hacen los países verdaderamente serios.

En medio del desastre, la economía da algunas señales que alimentan una esperanza de mejoría, si bien la propia Cristina le bajó la nota ayer al optimismo gubernamental (dijo que lo de 2021 "no fue crecimiento, sino recuperación" frente al derrumbe de 2020).

Esas señales de vida, si es que lo son en su sentido más profundo, ¿no merecen ser custodiadas con un espíritu de acuerdo, de desprendimiento de las aspiraciones personales, de reducción de los egos a valores ambientalmente sustentables? Quienes encuentren el camino para salir de semejante embrollo sí que podrán dar cátedra.