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De la bondad

El martes 4 de abril de 1871 sería el prólogo perfecto de la Semana Santa más trágica de la historia argentina. Un recrudecimiento extremo en la cantidad de  contagiados y muertos por la fiebre amarilla, recrudecimiento que solamente podría ser explicado por la ciencia médica decenas de años más tarde, obligó al cierre de todas las iglesias de Buenos Aires y a la restricción de las acciones sacerdotales a la estricta asistencia de enfermos, moribundos y muertos.

El miércoles 5, al atardecer, el anciano preceptor religioso de Lucio V. Mansilla, el franciscano Héctor Señorans, visitó al militar en su casa de la calle Balcarce. Señorans era un hombre excepcionalmente piadoso y rígido, pero tenía rasgos de elocución y una cultura enciclopedista que divertían y deleitaban a Mansilla. Las conversaciones nocturnas entre los dos se prolongaban mucho más allá de la medianoche, y a Mansilla le costaba mucho despedirse entonces de aquel hombre de cuerpo tan diminuto, pero de tan inconmensurable cultura y compasión. 

El religioso había llegado ese día a la casa de Mansilla después de haber suministrado la extremaunción a cuatro moribundos de la parroquia de Catedral al Sur, y había cambiado su fisonomía, de natural bondadosa y sonriente, por una máscara rígida y severa de la que no era deudor el aplomo. Acostumbrado desde muy joven a dar muestras de respeto a las personas acomodadas, el anciano cura había querido disipar la mala impresión que su semblante podía causar a Mansilla, diciendo nada más comenzar la cena:

 -Son los signos del cansancio, excelencia. Discúlpeme. Tuve el peor de los días, y el más desdichado de los desenlaces. Esta siesta se nos ha ido al Reino de Dios, Tomás, un huérfano de tres años y ojos límpidos y celestes como el más hermoso de los cielos.

 Mansilla, que estaba paladeando lentamente el vino servido en una copa grabada con emblemas olímpicos, interrumpió abruptamente el movimiento, y dijo con tono conmovido:

 -Dios mío, ¿por qué huérfano?

 -Su padre murió hace poco más de un año de cólera –contestó Señorans, con lágrimas en los ojos-, y su madre, hace dos semanas, por la acción del vómito negro. El único consuelo que tenemos es que el niño nunca lo supo. Se durmió pensando en que ella volvería pronto para acunarlo.

 -¿Quienes sobreviven de esa familia? –preguntó con tono decidido Mansilla.

-Una hermana del niño, llamada Carmen, un abuelo y dos tíos –respondió Señorans-. Son de la parroquia de Monserrat.

-Quisiera hablar con ellos, padre  –Mansilla estrujó una de las servilletas. Creo que puedo hacer algo por esa niña.

-Dios no olvidará tu acción, Lucio –dijo como toda respuesta Señorans.

-¿Recuerda aquella ópera de la que le hablé hace poco más de un mes? –preguntó Mansilla. 

-La recuerdo muy bien, hijo. Creo que me dijiste que se llamaba "El pastorcillo de Flandes", y que la habías visto en Bruselas hace muchos años.

-Sí, esa misma –Mansilla orientó la mirada hacia el cornisamento del techo-. Era, estoy seguro de habérselo dicho, una alegoría de orden moral. 

Un pequeño pastorcillo flamenco busca la huella de su padre perdido en los caminos inferiores de la montaña en la que vive con su madre. Son muchos los peligros que enfrenta el niño: los lobos hambrientos al pie de los pinos, las ventiscas de invierno que vuelven idéntico todo el paisaje, los cazadores solitarios en busca de presas, y el propio miedo paralizante que obstaculiza cada uno de sus pasos. El pastorcillo llega a una gruta oscura y maloliente cerrada con ramas de abeto. Un fulgor mortecino llega desde el fondo de la oscura oquedad en la piedra. El pastorcillo tiembla de miedo y frío pero decide apartar las ramas de la entrada y entrar en la gruta. Al llegar al interior más profundo del recorrido encuentra a un viejo anciano sentado al pie de una  fogata. El anciano pregunta: ¿Qué buscas en el interior de esta montaña? El pastorcillo responde: Busco a mi padre, perdido en algún lugar del mundo. El anciano dice entonces: Sigue buscando, él está herido y agonizante en alguna de las montañas de los Alpes. El pastorcillo asiente y sigue su búsqueda en los inviernos sucesivos de su larga vida.

Ese es el final de la ópera -Mansilla miró a los ojos de Señorans-, creo habérselo dicho. Probablemente, la niña huérfana de la que hablamos tenga más suerte que el pastorcillo en su extenso camino.

-Nada quisiéramos más que eso, hijo. Mañana mismo hablaré con su familia ¿Cómo se llamaba el autor de la ópera? –preguntó Señorans.

-Van der Liden, creo que Pieter. Cuando viví en Bruselas era un autor casi desconocido. El día del estreno de su obra éramos unos veinte diablos en la sala, además del elenco. Espero haya tenido más suerte en los años siguientes.

-Seguramente la tuvo, Lucio –aventuró Señorans-. La alegoría de la obra así lo merece y Dios nunca olvida a sus hijos justos. 

-No estoy seguro de eso, querido padre. Mire en lo que se ha convertido Buenos Aires por la acción de este flagelo. Los ancianos abandonados por los hijos, los huérfanos desasistidos de toda caridad, los saqueos diarios y desvergonzados, todo este teatro agónico de las voluntades encontradas me hacen pensar en la inexistencia de la bondad divina de Dios y en el destino miserable de todas sus creaciones. Discúlpeme padre estas palabras, e interceda ante Dios para que no castigue mi orgullo. No sé muy bien cómo puede ver y juzgar él todo lo que estoy diciendo.

-Como ve y juzga todos los actos de sus siervos -respondió Señorans-: con compasión. ¿Cómo puedes pensar que lo haría de otra manera? Recuerda Lucas 6:37: "Perdonad, y seréis perdonados". Ese es uno de los arcanos fundamentales de esta religión que te enseñé desde niño. Si en tu alma condenas, serás condenado; si perdonas, la contrición y la absolución vendrán de suyo. El catolicismo es una religión de esclavos que rompen cadenas, no olvides este antiguo precepto. 

 Señorans abrazó a Mansilla y concluyó diciendo:

-Tienes un solo deber en esta tierra: ser generoso. La felicidad es la recompensa de tal virtud. Recuérdalo, y recuerda a este antiguo preceptor. Voy a partir, tengo mucho trabajo por delante y me siento algo enfermo.

Señorans caminó hacia la salida y se obligó a no volverse hacia su viejo alumno. Sabía, por medio de ese conocimiento definitivo que otorgan el sufrimiento y el amor, que no volverían a verse nunca más. Empujó el pesado portal de la casa de Mansilla con el último resto de sus fuerzas. Arriba del campanario principal de la iglesia vecina, un poco hacia la derecha y surcado por el vuelo de los gorriones crepusculares, el cielo entero era un azul de bienvenida.