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Jamás seré un adulto

Estaba borracho. Una vez más, Walter, su marido, estaba de últimas. Era la tarde, no más de las seis, cuando Mónica volvió del trabajo y encontró a su esposo pegando puñetazos sobre la mesa, diciéndole a Marcos, el hijo de ambos, que tenían que gustarle más las mujeres. Estaba enardecido. 

Marcos tenía ocho años. Asistía confundido a las palabras enrojecidas de su padre y no encontraba resquicio para responderle nada, básicamente porque sentía una enorme vergüenza cuando de hablar de mujeres se trataba. Mónica sabía que a su hijo le gustaba Vero, una compañerita de grado, porque lo había intuido al observar cómo la miraba cuando se despedían a la salida de la escuela y porque Marcos la nombraba muy seguido. Estaba segura de que solía visitarla en su casa. Mónica estaba chocha con su hombrecito, tan discreto.

-Contale a tu mamá lo que te estaba diciendo -balbuceó el padre mientras buscaba, al parecer, un cigarrillo suelto en el bolsillo de su camisa manchada de sudor.

Marcos bajó la cabeza y salió corriendo de la cocina en el momento en que estallaban los gritos de Mónica iniciando una discusión que solía ser interminable. Walter hacía girar el vaso en la mano, pero no bebía. 

El rostro de Mónica se difuminó hasta perder toda femineidad. Apoyó  las manos sobre la mesa, pateó a un costado la silla; poco a poco sus facciones comenzaron a reaparecer en su cara y formaron una perfecta expresión de furia.

Lloriqueando, Marcos salió de su casa y empezó a caminar enojado, harto. Odió a la gente caminando, los bocinazos de los autos, la bulla de los gorriones en los árboles, los pequeños insectos que flotaban en la humedad.

Oía los latidos de su corazón, lo cual lo inquietaba, era un miedo que imaginaba en algún fondo de su cuerpo. Tuvo terror de oír los latidos de los corazones de la gente que caminaba por la calle. Un revoloteo de alas lo arrancó de la angustia, alzó la vista y distinguió seis o siete palomas que se precipitaban hacia el alfeizar de una ventana de cortinas roídas y sucias. Creyó ver a una anciana estática como un maniquí. Le arrojaba trozos de pan a las palomas y por momentos parecía que su intención era atraparlas.

Llegó a la casa de Vero, tocó el timbre, y tras soportar a la mamá y a una tía que vivía allí, se encontró a solas con su amiguita. Hacía un calor tremendo, pero un raro fresco se había establecido bajo la poderosa copa del ibirapitá. Allí tenían un banco de plaza y una mesita circular de piedra, titilante de venecitas. Vero y Marcos quedaron en silencio, como siempre al principio, hasta que Marcos habló:

-¿Tus papás se pelean?

Vero frunció el ceño.

-Mi papá murió hace años.

-Cierto –respondió avergonzado Marcos.

Silencio.

-¿Tus papás se pelearon? –la vocecita de Vero sonó tierna.

Había momentos que no soportaba a Vero, le parecía que era medio dulce de leche, como que lo empalagaba. Vero hablaba y Marcos, de a poco, como en los sueños, se imaginó grande, un adulto, como su papá.

La cocina de azulejos verdes, la mesa de fórmica con un breve mantelito bordado, una jarra para agua convertida en florero, aroma de sopa del mediodía, la mesada con una cafetera italiana y cuchillos ensartados en un taco de madera, los repasadores colorinches colgados de ganchitos también colorinches, y girando sobre sus talones, ella, Vero.

Era alta y se veía rellenita (no quería pensar la palabra "gordita") y sonreía mientras se desataba el delantal que decía: Mamá. 

-Mi amor, te tengo una sorpresa para la cena… -se veía bonita y su voz seguía siendo muy dulce de leche.

Pero, ¿ya tenían hijos? ¿Por qué en el delantal rojo, en letras blancas se leía Mamá?

La madre de Vero gritó:

-Chicos, ¿no quieren un juguito de naranja?

-Sí, dale mami -dijo Vero.

Los ojos de Vero eran casi verdes, no muy claros, como el estanque del parque, y a Marcos le gustaba mirar sus brillos, no le gustaba pensar que le gustaban esos ojos, sino que le gustaban los brillos. También le parecía bien la nariz pequeña que tenía, incluso le parecían bien los rulos y la boca rosada. Y listo, dejaba de pensar en todo eso. Se sentía cuidado por ella, ya tenía casi nueve, era más grande.

-¿Qué sorpresa? –preguntó Marcos hojeando el suplemento deportivo del diario. El mate ya estaba frío.

-¡Brócolis gratinados! –exclamó Vero, evidentemente feliz, porque Marcos notó que un brillo brillaba en sus brillos.

-¿Hay carne, una milanesa o algo así? –Marcos corriendo con una mano el mate helado.

-Te digo que voy a preparar unos brócolis, la carne cae muyr pesada en la cena.

-¿Brócolis solos?

-Gratinados, con quesito derretido…

La sonrisa de Vero parecía congelada en sus labios rosados pintados de rojo. Temblaban anhelando una respuesta, la aprobación de Marcos ante su cena de brócolis solos gratinados. Marcos había bajado la cabeza y se retorcía los dedos de las manos, por dentro algo crecía velozmente como una locomotora.

A pesar del fresco que creaba la sombra del ibirapitá, Marcos notó que estaba transpirando. Vero le contaba de su amiga Laura, que se habían peleado, que siempre se ponía insoportable, que era una malcriada.

El olor del pelo de Vero le encantaba, con eso no podía batallar. Se alarmó, no sabía en qué momento Vero se había acomodado muy cerca suyo, se rozaban los codos, su respiración ya le despeinaba las patillas. Se preguntó cómo seguiría la guerra en su casa. Temía que el borracho de su viejo terminara golpeando a su mamá. Vero sintió en el cuerpo el temblor de Marcos.

-Marcos –dijo Vero, y lo abrazó.

-¡No me toques! –chilló, y con un manotazo se deshizo del cerco de los brazos de Vero.

Vero hizo un puchero y empezó a desenredar un llantito casi inaudible.

-Tenemos que comer sano, Marcos, vos andás con tu hígado a la miseria -Y lo abrazó por detrás, rodeándole el cuello.

Marcos se irguió brusco, hizo trastabillar a Vero, y con pasos largos se alejó de la cocina.

-¡Marcos! ¡Esperá! Llegó la factura de luz y la cuota del club!

Un viento húmedo sopló en el patio y agitó las ramas del ibirapitá.

Vero todavía dejaba ver las últimas lágrimas y había clavado su mirada en la punta de sus zapatillas.

-Vero, te quiero contar un secreto: yo no quiero crecer.