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Amontonamientos en la cornisa

Observar la realidad actual inclina a sentir que aquel tiempo dramático previo a diciembre de 2001 dictó lecciones que nos atravesaron sin dejar huellas útiles.

Es bien sabido que los cambios en la Argentina funcionan a fuerza de traumas. Son las grandes desgracias (políticas, económicas, sociales, naturales) las que movilizan decisiones innovadoras que, hasta esas catástrofes, no aparecían en la agenda de nadie o quedaban postergadas indefinidamente por el juego de amagues al que es tan adepta nuestra clase dirigente. Eso sí, se trata habitualmente de transformaciones que tienen un destino muy parecido al de las dietas para bajar de peso. Los cambios arrancan con fuerza y consignas drásticas, pero poco a poco van granulándose hasta quedar convertidos en arena que se lleva el viento. Y un día, sin casi habernos dado cuenta, volvemos a estar en el punto de partida.

Este presente nacional, con tantos puntos en común con los tiempos previos al estallido de finales de 2001, confirma ese hábito. De hecho, observar la realidad actual inclina a sentir que aquel tiempo dramático dictó lecciones que nos atravesaron sin dejar huellas útiles. 

Pum para arriba

Ahora los datos de inflación acentuaron las luces de alarma. El 6,7% de marzo estuvo por encima incluso de las proyecciones que hacían semanas antes las consultoras que manejaban los números más pesimistas. Para hallar un índice peor hay que meterse en el túnel del tiempo y aterrizar en abril de 2002, con una variación de precios del 10,4%. Eran los meses post-convertibilidad. El "uno a uno" había estallado por los aires, Fernando de la Rúa ya se había ido en helicóptero y la recesión golpeaba duro. Aun así, en aquella ocasión la inflación interanual era del 18%. Hoy se sitúa tres veces por encima de ese valor.

En confluencia, la pobreza, aun con la leve reducción de los datos difundidos en marzo, se mantiene en estratos inflamables, y pocos dudan de que con una remarcación tan caliente en los productos de la canasta familiar la situación social tiene todas las posibilidades de empeorar antes que de dar señales de restauración.

Incluso en el oficialismo son inhallables las voces que defiendan el esquema actual como un modelo aceptable de "crecimiento con inflación", una dupla que era reivindicada por algunos economistas heterodoxos en décadas pasadas. Hoy prácticamente nadie ve a la inflamación constante del costo de vida como un efecto apenas antipático de transformaciones de fondo beneficiosas. La inflación le quita previsibilidad a la economía, lo que es decir que retrae los planes de inversión privada, impone una actitud conservadora sobre la generación de nuevo empleo (o sobre el blanqueo de los trabajadores informales) y dinamita día a día el ánimo social por la pérdida de poder adquisitivo real. 

El NEA, peor

En el Chaco el rebote de los males federales siempre es mayor. El relevamiento del Indec marcó que en el Nordeste la inflación fue mayor al promedio del país, alcanzando un 7,2%, con el agravante de que es la región con los salarios más bajos. Para complementar esa información, ayer se difundió el "Indice Barrial de Precios", referencia que elabora el instituto Isepci, ligado al Movimiento Libres del Sur. Midió que en marzo el costo de la canasta básica de alimentos, bienes y servicios que debe consumir cada mes una familia chaqueña tipo (dos adultos, dos chicos) se aproximó a la línea de los 90.000 pesos. Más precisamente, 88.427 pesos. Son 5.272 pesos más que el valor medido en febrero.

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Una protesta social en la rotonda de las autovías 11 y 16, en febrero de este año. (Foto Héctor Flores)

Ese informe tiene otros datos importantes de considerar. De acuerdo al estudio, la inflación interanual en el Chaco fue del 54,1%, pero la variación de precios trepa a un promedio del 65,1% si se consideran solamente alimentos. Como ocurre con los datos oficiales difundidos por el Indec, lo que más remarcaciones recibe es lo que más esencial: lo que las familias comen.

Por eso los movimientos sociales redoblaron su presencia en el centro de Resistencia en las semanas recientes. El "piquetódromo" constituido de hecho en los alrededores de Casa de Gobierno ya no da abasto. A este paso, habrá que habilitar un sistema de turnos para que las diferentes organizaciones puedan manifestarse allí.

Hasta ahora el Estado pudo, medianamente, dar respuestas a la presión de trabajadores públicos y piqueteros. Prácticamente todos los acuerdos salariales con los primeros incluyen la cláusula "gatillo" que permite tener un cierto grado de certeza sobre la recuperación de la pérdida eventual ocasionada por paritarias que se queden cortas en la estimación inflacionaria. En cuanto a la ayuda social, los montos también vienen adecuándose periódicamente. Este mes el gobierno nacional anunció, por ejemplo, un incremento del 50% en los cupos de compras de las tarjetas alimentarias. Pero con una inflación interanual que camina por encima de esos valores, nada es suficiente y la capacidad de respuesta de la caja estatal no es ilimitada. Mucho menos ahora en que el acuerdo con el Fondo Monetario Internacional –y las leyes de la razonabilidad- dejaron fuera de alcance (al menos en los papeles) el recurso de la emisión indiscriminada de moneda para echarle analgésicos a la fractura económica.

Otra perspectiva

¿Hay espacio para la esperanza? Se supone que para una pregunta semejante la respuesta siempre es afirmativa. Si además hay que agregarle datos a la fe, tanto a nivel nacional como en nuestra provincia los funcionarios enarbolan algunos indicadores, como el crecimiento del empleo privado, que alcanza niveles superiores incluso a los de la pre-pandemia. En ese terreno, el Chaco está entre los seis distritos del país en los que más creció el trabajo privado comparando enero de este año con febrero de 2020. Otra cifra que hacen flamear es el crecimiento económico durante 2021, que en el caso de la Argentina fue del 10,3%. Es cierto, comparado con un 2020 que tocó niveles subterráneos por la emergencia sanitaria mundial, pero los números son los números. Todos reconocen que el desafío es que la tendencia de recuperación se mantenga –aunque con cifras más moderadas- este año y el próximo.

Por otro lado, el acomodamientos de los problemas de endeudamiento de todos los sectores (el público en todos sus niveles, más empresas privadas), y particularmente el acuerdo con el FMI, evitaron entrar en zona de game over. Los resultados fiscales de nación y provincias mejoraron. Lo que los partes médicos suelen describir diciendo que el paciente "reacciona a algunos estímulos dentro de la gravedad de su cuadro". Sobre esto en particular, es probable que el principal mérito de Fernández haya sido lo invisible: la cadena de quiebras y cierres de empresas que evitó (y que hubiesen vuelto todo peor en lo social) con medidas de asistencia que seguramente el macrismo –por concepción- no hubiera instrumentado, como el programa que permitió a miles de pymes contar con una asistencia clave para cumplir con sus masas salariales.

En el Chaco, Jorge Capitanich presentó un combo de medidas dirigidas a suavizar el esmerilamiento inflacionario y a estimular el blanqueo de trabajadores privados que hoy están en la informalidad. El ministro Santiago Pérez Pons dice hoy en NORTE que el paquete pretende lograr que la cantidad de empleados formales del sector privado crezca en 40.000 personas de aquí a 2026. Las acciones, en general, van en un buen sentido, aunque algunas se puedan considerar más bienintencionadas que poseedores de grandes chances de éxito. El tiempo lo dirá.

Amontonados

Si se dejan por un momento de lado las cuestiones puntuales, una observación integral sobre la situación del país detecta tarde o temprano la falta de un plan de acción estructurado, amplio, que genere la sensación de que la Argentina tiene una hoja de ruta. Un plan de vuelo con consenso político y social que encolumne los esfuerzos y reparta cargas con un criterio de equidad, sin tirar los bultos más pesados sobre las mismas espaldas de siempre. 

Mientras eso no se construya, seguirá esta sensación de marchar rodeados de una densa neblina, cada uno tironeando lo suyo. O peor: la de estar amontonados, cada quien con sus circunstancias, credos, demandas y expectativas, en la cornisa de los acontecimientos. 

Como en los tiempos más definitorios de la historia de nuestra nación, la suerte colectiva va sujeta a la grandeza que haya o falte en las personas que detentan alguna cuota del poder de decisión. 

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