Guerras santas y militancia boba
"Para que el mal triunfe, solo se necesita que los hombres buenos no hagan nada". 
 Edmund Burke
Cuando NORTE comenzó a publicar en marzo una pieza gráfica en la que adelantaba que el 2 de abril la edición del día iba a incluir un suplemento especial por el 40º aniversario de la guerra de Malvinas, se intentó desde las inefables redes sociales montar una operación de desprestigio contra este medio. Por WhatsApp circuló un mensaje que afirmaba que se iba a editar "un homenaje a Malvinas con una foto del genocida Galtieri". Y el o los autores analizaban: "¿A quién necesitan reivindicar? ¿La próxima foto que incluyan será la de Menéndez o la del asesino de Madres, Alfredo Astiz?", e instaban a un "repudio general desde todos los estamentos de la sociedad".

Efectivamente, el aviso de NORTE incluía una fotografía de Leopoldo Fortunato Galtieri como parte de un mosaico de varias imágenes representativas de la guerra del ’82. Era un resumen periodístico, ¿cómo podía no estar el rostro más visible de aquella decisión alocada de la dictadura? Con el criterio de los autores de la campaña contra este periódico, la película El Dictador, de Charles Chaplin, fue en realidad una reivindicación de Hitler. Y la afichería de Salud Pública contra el dengue, una defensa descarada en favor del mosquito que transmite la enfermedad. Como solía citar la mítica revista "Humor" en los tiempos de la censura castrense, la inteligencia del hombre es limitada, pero su estupidez no.
El diario ni se ocupó del tema porque la campaña tuvo un pobre eco y porque no valía la pena: la verdad quedaría expuesta una vez que los lectores tuvieran el suplemento en sus manos, como sucedió, y vieran con sus propios ojos si la publicación pretendía elogiar al régimen militar o si, como en los cuarenta años transcurridos, NORTE separaba el conmovedor sacrificio de los combatientes argentinos de la actitud ruin y demencial de quienes decidieron la guerra.
MILITAR LA NADA
De todas maneras, el episodio es útil para salirse de lo anecdótico y pensar en cómo este durísimo momento de la Argentina, transformada en un país pobre e insignificante, se ve agravado por la existencia de una militancia boba que, en lugar de ocuparse de lo importante y de tender puentes en una sociedad fisurada, solo alimenta el resentimiento, los desencuentros y las gloriosas batallas de la nada que se libran en esos épicos posteos de las redes. Todo un ejército de mentes destinado a mantener con vida una historia construida para el engaño, a disfrazar de épica lo que es miserable, a defender la idea de que empobrecer progresivamente a todos puede ser considerado un triunfo de la igualdad.
La simple lectura de los términos del mensaje mencionado al comienzo permite saber de dónde provino. Y además, con el valiente anonimato que permiten esos ciberterritorios. Pero vayamos más allá. Hay, como trasfondo, al menos dos elementos muy preocupantes. El primero es que esa precariedad intelectual y ese fundamentalismo no son patrimonio exclusivo de un sector, aunque el "progresismo" nacional lo llevó a la categoría de política pública. En nombre de otros supuestos valores, otras militancias, incluso las que se atribuyen una mirada más moderna y republicana de la realidad, esgrimen una intolerancia que está pintada con colores distintos pero que se construye alrededor de lo mismo: la sensación de que la verdad habita únicamente en la vereda propia.
El otro ingrediente desalentador es que esa forma de entender la acción política –a la que se viste con ropajes de idealismo pero que para nada es desinteresada- no tuvo un desarrollo espontáneo. Si esos operadores son así es porque así son los dirigentes en quienes se referencian. Y es lo más deprimente de esto: detrás de tantos discursos sobre la unidad, la necesidad de acuerdos y lo maravillosa que es la diversidad, los mensajes reales van en sentido contrario. La patria no es el otro. El otro es un maldito traidor a las purísimas banderas propias.
INCÓGNITAS A FUTURO
Lo hemos dicho varias veces desde este espacio. Semejante nivel de agresividad e incomunicación en el escenario de la política no tiene justificación, tanto por lo dramático del cuadro que muestra el país como por la corresponsabilidad que en ello tienen todas las principales organizaciones partidarias. Si en algo han coincidido, desde la recuperación democrática de 1983 hasta aquí, es en que todas hicieron aportes al fracaso y la decadencia. Discutir las proporciones en que cada uno lo hizo es, en este punto, una cuestión secundaria.
Lo concreto es que tanto el peronismo, como el radicalismo y el PRO, más sus satélites circunstanciales, han dejado huérfana a la clase media. El ciudadano que vive de su trabajo y que sostiene los valores del esfuerzo, la educación, la convivencia pacífica y el progreso carece hoy de representantes con poder real. Está excluido de las batallas por la superioridad ideológica y de las políticas que -alternada o simultáneamente- reparten hacia arriba y hacia abajo a costa de deprimir sus ingresos y todas sus demás vías de acceso al bienestar.
Que una nueva mayoría encarne las aspiraciones de esa franja social, la gran víctima del último medio siglo, es la clave que seguramente determinará si la Argentina se hunde de manera definitiva en la resignación de ser una republiqueta eternamente gobernada por terraplanistas o si recupera las condiciones que el siglo pasado la volvieron una nación envidiada por su pujanza productiva, su sistema educativo y su dinamismo social.
No es fácil encontrar señales que alimenten la idea de que eso aún es posible, pero las hay. La aprobación del acuerdo entre la Argentina y el FMI, en un Congreso hostigado por organizaciones violentas y con el oficialismo quebrado por una novela que parece guionada por Alberto Migré, mostró que tanto en el gobierno de Alberto Fernández como en la oposición hay figuras capaces de salirse de la tentadora sobreactuación tribunera y apoyar decisiones que no son gratas pero que son necesarias. Porque el problema no es el Fondo, sino la incapacidad crónica del país para ajustar sus gastos a sus ingresos; la tendencia nacional a reventar una y otra vez la tarjeta de crédito; la carencia de una estrategia de crecimiento que le permita pensar en grande con recursos genuinos.
En esos días, el presidente se resistió al salto al vacío al que lo empujaba su vice, y los referentes opositores acabaron haciendo el trabajo incómodo que deberían haber efectuado Cristina, Máximo y el resto de la estudiantina, pero al que renunciaron –eso sí, sin dejar cargos, fueros ni dietas- para cuidar sus chances personales en 2023. Gobernar sin plata es un juego que aburre a cualquier chico.
Más cerca en el tiempo, dirigentes del PJ, de la UCR y del macrismo mantuvieron una reunión informal que algunos medios denominaron "cumbre antigrieta", como para sintetizar la idea que los encontró: salirse de la guerra santa que proponen los referentes más extremistas y analizar si es posible constituir una alternativa. No todos los nombres de los asistentes dan para el entusiasmo, pero no deja de ser un paso interesante.
Es que, al fin de cuentas y parafraseando a Edmund Burke, para que triunfen los locos solo hace falta que










