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Sergio Schneider

Columnista

¿Cuál patria?

Sabemos que no son buenos tiempos para las palabras. No lo son en la mayor parte del mundo que conocemos, no lo son tampoco en nuestro país. Pero si decimos "patria" todo se complica más.

Hay tantas connotaciones para la palabrita y tanto uso interesado de ella, que puede significar mucho o prácticamente nada. Puede servir para coronar una idea específica o su opuesto más absoluto.

En los ’70, en nombre de la patria asesinaba la ultraizquierda y también invocándola asesinaba la ultraderecha. Con todo, patria continúa siendo una expresión cotizada en el lenguaje político. Es una unidad lingüística tentadora de utilizar. El desgaste no le consumió por completo su capacidad de impacto ni el aura sagrada. Las autoridades juran por la patria.

Los candidatos suelen decir que se postulan no por un interés personal sino para servir a la patria. En las grandes fechas nacionales, nuestros representantes nos instan a esforzarnos más por la patria. Nadie dice patria, frente a un micrófono, sin sentirse un poco prócer.

Un grupo de soldados todavía en territorio continental, en el sur de nuestro país, preparándose para ser embarcados hacia Malvinas, en 1982.

Cuarenta años

Ayer, en los actos por las cuatro décadas exactas cumplidas desde la recuperación transitoria de las Islas Malvinas, la palabra –como era de esperar- volvió a rebotar en todas las ceremonias oficiales. Y de nuevo pudimos comprobar qué diferente suena cuando sale de la boca de un excombatiente a cuando brota de un mensaje de ocasión.

La guerra de 1982 es uno de los hitos más controversiales de nuestra historia. La recuperación de Malvinas fue parte de una torpe maniobra de la dictadura militar, que planeó la acción con el objetivo de ganar respaldo popular en un contexto que le era fuertemente adverso: la política económica del régimen era desastrosa (con destrucción de la industria nacional, pérdida de empleos, endeudamiento feroz e inflación anual de tres dígitos) y las violaciones a los derechos humanos cometidas durante la represión ilegal ya eran ampliamente conocidas dentro del país, luego del silenciamiento logrado en los primeros años mediante una férrea censura.

El cálculo hecho por el general Leopoldo Fortunato Galtieri y otros jerarcas de la dictadura era que derribar el dominio inglés sobre Malvinas iba a tapar todo lo demás en el ánimo colectivo, y que el conflicto no llegaría a traducirse en una confrontación bélica porque Estados Unidos se pondría del lado de la Argentina.

Este último delirio quedó rápidamente derribado. El gobierno de Ronald Reagan jugó abiertamente a favor del de Margaret Thatcher. Los resultados son conocidos. En lo que no se equivocaron Galtieri y compañía fue en la reacción social. El desembarco del 2 de abril fue apoyado masivamente, no solo por el ciudadano común sino también, incluso, por figuras políticas que el régimen veía como enemigas.

En la plaza central de Resistencia, aquel día, hubo una concentración espontánea a la que asistió el gobernador militar de entonces, José Ruiz Palacios, y también el gobernador destituido en el golpe de 1976, Deolindo Bittel, quien saludó al coronel interventor. Malvinas como causa era algo que estaba por encima de todo.

Así también lo entendieron artistas como el magistral Atahualpa Yupanqui, prohibido en los medios, y que aun así participó desinteresadamente de programas y campañas de apoyo a la posición argentina. En las radios volvían a sonar cantantes populares que estaban en las listas negras del "Proceso de Reorganización Nacional".

Es que había una nueva prohibición, la de reproducir canciones en inglés, y los operadores de las emisoras no sabían cómo llenar las programaciones. Cuando las fuerzas argentinas se rindieron, todo volvió a la normalidad, y regresaron los palos y disparos en las calles contra las manifestaciones de obreros y de familiares de presos políticos y desaparecidos.

El sueño de Galtieri terminaba de caerse a pedazos, y la dictadura se vería pronto forzada a permitir el retorno democrático.

Cuerpo y alma

El origen sucio de la decisión de volver a izar la bandera argentina en Malvinas manchó casi toda la memoria sobre aquella guerra. Eso, más la derrota, generó una reacción social en gran medida enfermiza. Se mezclaron la condena al camino de las armas, la frustración, la sensación de haber sido víctimas de un descomunal engaño, las muertes de tantos jóvenes, la negación.

Con ese combo más la perversión ilimitada de los organizadores de la guerra, los que sobrevivieron a los ataques ingleses, al frío y al hambre, regresaron al país escondidos por el régimen.

Los devolvieron a sus ciudades en horarios desolados, les dieron órdenes de no contar nada que fuese negativo para las Fuerzas Armadas, como los estaqueamientos a los que eran sometidos algunos soldados a modo de castigo o el hambre extrema que sufrían porque los alimentos que llegaban a las islas eran acopiados en Puerto Argentino y no llegaban a los frentes de batalla.

En la televisión de Resistencia, algunos de aquellos conscriptos de 18 y 19 años que volvían con los ojos llenos de muerte, eran entrevistados con tres preguntas básicas: su nombre, en qué lugar de las islas habían estado y si aquí los esperaba alguna novia.

En todo ese universo de sensaciones encontradas, lo que nunca estuvo en discusión fue el sacrificio infinito de esos chicos, lanzados a una aventura demencial que recién pudieron dimensionar cuando la vida les cambió los interrogantes de cualquier adolescencia por la disyuntiva de matar o morir.

Lo único puro de Malvinas fue esa entrega, que a sesenta chaqueños les significó quedar enterrados en las islas, y a otros muchos regresar con el cuerpo y el alma mutilados.

Banderas

Ya hemos cumplido 38 años de vigencia ininterrumpida del sistema democrático. En la semana que pasó, el Instituto Nacional de Estadísticas y Censos difundió los nuevos datos de pobreza en el país, que se corresponden con la situación relevada en el segundo semestre de 2021. A nivel país los índices mejoraron, pero en el Chaco se incrementaron.

La pobreza medida en el Gran Resistencia fue del 52,0%, mayor que la del primer semestre del año pasado (cuando había sido del 51,9). La variación fue de apenas 0,1 punto porcentual, pero el ruido está en que se mantiene en un nivel elevado (de hecho la capital del Chaco vuelve a ser la de peor situación social de la Argentina) y que la provincia quedó a contramano del giro decreciente nacional.

Pero además, es muy significativo lo que ocurrió con la indigencia, que de un semestre a otro pasó del 16,9% al 19,4. También en este punto nuestra provincia muestra un triste y abrumador liderazgo.

La segunda capital más indigente está lejos: es Santa Rosa, con 13,8. Tampoco está el consuelo de mirar lo que sucede en el resto del nordeste. Formosa, aun con todo lo que se cuestiona de su gobierno y sus modos de gestión, marcó una pobreza del 45,0% y 12,8 de indigencia. En Corrientes los números para esas categorías fueron 27,3/7,6 y en Posadas 34,1/3,8.

En concurrencia con estas cifras, un informe sobre el mercado laboral difundido en marzo, también con datos del Indec, marcó que nuestra provincia es la jurisdicción del NEA en la que más creció la desocupación.

Los números son inquietantes, porque implican que hay en el Gran Resistencia 217.523 personas pobres, de las cuales 81.184 son indigentes (es decir, no acceden a la alimentación mínima diaria que requieren).

Y si trasladásemos los porcentajes del área metropolitana al total de la población provincial (un ejercicio solo a los fines referenciales, ya que la heterogeneidad del distrito impide saber si estaríamos equivocándonos por exceso o por defecto), tendríamos un panorama de alrededor de 548.000 chaqueños pobres y –de ellos- a aproximadamente 204.000 indigentes.

Todo esto en una provincia que está entre las más asistidas (en relación a su cantidad de habitantes) por las políticas sociales federales. ¿Son los números de una desgracia que acabará cediendo a la insistencia de las mismas medidas encaradas hasta aquí o la prueba de que hay un modelo agotado que demanda cambios urgentes? ¿Mejorarán los datos cuando se conozcan los indicadores de este primer semestre de 2022?

Lo que está claro es que la patria, se entienda como se la entienda, no peligra ni sufre daños desgarradores solamente cuando un enemigo externo la ataca. Hay batallas silenciosas que se libran todos los días y en las que quedarse sin horizontes se puede parecer bastante a morir. Malvinas fue y seguirá siendo una bandera que fue capaz de flamear por encima de cualquier grieta.

Parece haber llegado la hora de que lo mismo suceda con las islas que forman las esperanzas de la gente común. Defender a la patria, hoy, es darle motivos a esa ilusión de paz, trabajo, justicia y educación que late, pese a todo, entre la tierra y las alturas del poder.