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El paseo

Es Gabriel meta pedalear su triciclo rojo. Tiene cinco años y se ha escapado de su hogar poco antes del amanecer. Lleva atada al travesaño que une las dos ruedas posteriores una urna de madera labrada; ha hecho un lío de nudos para que no se abra. Viene dando saltitos, tropezando con grumos de tierra y pequeños cascotes.

Tiene cinco años y no tiene miedo al avanzar hacia el monte, a esa hora en que la noche todavía cubre (ya sin ganas) el cielo del campo abierto. Era aquel verano que no llovía nunca. La sequía había oxidado los pastizales, los había convertido en espantapájaros enanos.

Pero a Gabriel no le importa. Va ceñudo, con trompa enojada, mientras sus ojos exploran los huellones resecos del sendero de tierra.

Mira atrás. Las lucecitas de su casa ya no se ven, no solamente han quedado muy atrás, sino que han sido tapadas por los arbustos de ramas dramáticas que rodean su patio. Solo se distingue la trompa azul de la Ford del abuelo, pero está tan oscuro que la trompa parece un dragón.

Cada tanto mira el cajoncito, que brinca al ritmo de los chirridos de las ruedas del triciclo.

Su papá había desaparecido hacía una semana, se lo habían llevado al hospital y nunca regresó. Un día su mamá y el abuelo trajeron la urna de madera labrada y la depositaron con delicadeza sobre la mesa del comedor.

-Este es tu papá –dijo la mamá, y soltó el llanto.

-Francisco murió, hijo, y estas son sus cenizas –dijo el abuelo, pasando su mano huesuda sobre la tapa recién lustrada.

Gabriel, desorbitado, temblaba frente a la urna, hasta que el abuelo levantó la tapa y, recién entonces, el chico vio el cúmulo de cenizas grises y amarillentas. No entiende, Gabriel, cómo su papá es ahora eso.

Se le llenan los ojos de lágrimas, se le sube un poco de miedo a la garganta, y piensa que todo es horrible. ¿Quién lo sacará a pasear ahora por las vías, o hasta el arroyo Palmera?

Cuando su mamá y su abuelo se despierten y no lo encuentren, saldrán enloquecidos llamándolo. Y cuando se enteren que sacó a pasear a su papá, lo van a retar hasta quedarse roncos y vendrá la penitencia sin tele.

Se lo imagina, y si bien se siente un hombrecito, el hombrecito de la casa (ahora con más razón), un terror infantil le quema el cuerpo. No quiere sentirse solo y mira de reojo el cajoncito anudado que salta aquí y allá, siguiendo la traza del triciclo.

Pero, al mirar la urna, le dan nuevas ganas de llorar y le duelen el pecho y la panza, y es entonces cuando pedalea con más fuerza para que el esfuerzo le borre la tristeza.

Hay más luz y la tierra ha abierto sus poros para que el calor que juntó a la noche salga al aire libre y suba al cielo.

Gabriel está ofendido, como si su mamá y su abuelo hubieran cometido un horrible crimen a sus espaldas. No le avisaron que su papá había muerto en el hospital. Y lo que trajeron a la casa apenas era ese polvo gris raro.

Lo primero que Gabriel pensó fue con quién pasearía por el monte, con quién pescaría en el arroyo Palmera.

La mamá y el abuelo lo abrazaron casi hasta asfixiarlo, pero Gabriel no pudo soltar una sola lágrima. No es que tuviera bronca, simplemente no sentía nada. Fue él el que tapó la urna, se la colocó debajo del brazo y les dijo a su mamá y a su abuelo:

-Papá ahora va a dormir en mi habitación.

Y se encerró dando un portazo. Colocó la urna en su mesita de luz y se tiró a la cama.

Gabriel se deslizó rápidamente en una suave duermevela. Todo se fue poniendo verde, veía pasar velozmente árboles, cercas, vacas, casitas, caballos galopando y su papá le sonreía, y con un dedo le señalaba nubes con cabeza de perro. Aquel viaje en tren fue maravilloso. Antes de dormirse, habló con su papá:

-Papi, hoy te saco a pasear en triciclo.

De pronto, se detiene. Está cansado, tiene sed. Tuvo la previsión de llevar una botellita de plástico con agua colgada a su espalda. Toma agua, mira la urna de madera labrada.

Se le acerca, y se arrodilla, y le saca con las manos el polvo que juntó en el camino. Lo vuelve a mirar y lo acaricia, y en voz muy baja, dice: papá.

Se agacha y besa la madera. Se incorpora y vuelve a pedalear. La mañana está alta y se imagina que su mamá y su abuelo ya lo estarán buscando, a los gritos. Imagina que su papá se está divirtiendo con el paseo y decide contarle el cuento de Otto, el volador de hipopótamos.